jueves, 10 de abril de 2008

ALTERIDAD Y PREGUNTA ANTROPOLOGICA

ALTERIDAD Y PREGUNTA ANTROPOLOGICA

En lo que sigue se trata de esclarecer el significado que
tiene y que podría tener el término antropología desde
el punto de vista de las ciencias antropológicas como
parte de las ciencias empíricas.
Como es sabido, desde el surgimiento de las cien-
cias antropológicas como tales a fines del siglo pasado,
existe una gran maraña de denominaciones y, por ello,
también mucha confusión sobre su delimitación con
respecto a disciplinas vecinas. Hasta el día de hoy, la
palabra antropología tiene significados distintos en los
diversos idiomas europeos. En alemán, por ejemplo,
este nombre ha sido tradicionalmente sinónimo de
una sola rama de las ciencias antropológicas, a saber,
de la llamada antropología física o bioantropología,
mientras que en México el nombre evoca a menudo es-
pontáneamente el significado de otra de estas ramas,
a saber, de la arqueología. Por esto, muchos tratados
sistemáticos generales o históricos de las ciencias an-
tropológicas contienen una discusión sobre nombre y
definiciones de la disciplina que no es usual en otras
disciplinas científicas. A esto se agrega que en las dife-
rentes áreas lingüísticas se han usado por largo tiem-
po denominaciones especiales —piénsese, por ejemplo,
en la diferenciación habitual en Alemania entre Völker-
kunde [ciencia de los pueblos] y Volkskunde [ciencia
del pueblo], en las definiciones de etnología y etnografía
en Rusia y en la antropología francesa (que, por cierto,
se distinguen de modo diferente en cada caso) o muy
especialmente en la contraposición que se conformó
*
Unidad de Ciencias Sociales, Universidad Autónoma de
Yucatán.
entre las dos guerras mundiales entre la antropología
social británica y la antropología cultural norteame-
ricana.
¿Puede reconocerse o construirse un denominador
común a estas posiciones tan distintas? ¿Una pers-
pectiva que unifique el pasado como un panorama con
sentido y que al mismo tiempo permita vislumbrar el
perfil de un futuro posible?
Orígenes de la pregunta antropológica
Hay muchas preguntas antropológicas, si esto significa:
preguntas acerca del ser humano o sobre lo humano.
Así, varias disciplinas científicas y también ciertas
áreas o corrientes de la filosofía y la teología pretenden
tener como objetivo central una pregunta sobre el ser
humano. A éstas pertenecen, por ejemplo, la psicología,
la patología y la ecología, aun cuando a ellas tiene que
agregárseles el prefijo humano para distinguirlas,
como también a la fisiología, la etología o la geografía
de áreas de investigación no referidas primariamente
al ser humano. Otras ciencias tales como la economía,
la sociología o la politología son en un sentido más es-
tricto antropología, lo que considerado desde el punto
de vista etimológico, en primera instancia significa
únicamente tratado sobre el ser humano o conocimiento
de los humanos. Por tanto, para la caracterización de
las ciencias antropológicas, de las que aquí se trata, es
necesario indicar bajo qué aspecto se ocupan del ser
humano.
De hecho hay una pregunta antropológica, que ha
sido formulada una y otra vez de nuevo desde el inicio
de la vida humana en este planeta. Puede ser presen-
ESTEBAN KROTZ*

ALTERIDAD Y PREGUNTA ANTROPOLOGICA

tada a partir de las situaciones, a primera vista un tan-
to dispares, del encuentro de grupos humanos paleo-
líticos, del viaje, y de la extensión imperial del poder.
De acuerdo con lo poco que sabemos sobre la mayor
parte de la historia de la especie humana, ésta consistía
casi siempre de grupos relativamente pequeños, cuyos
miembros estaban separados y al mismo tiempo inte-
rrelacionados ante todo según aspectos de género, de
edad y de parentesco. Su vida entera era marcada
completamente por su comunidad. Durante miles de
generaciones los así llamados cazadores-recolectores
obtenían lo necesario para la vida —o sea, no sólo ali-
mentos, sino también medicamentos, materias primas
para herramientas, vestimenta y casa y hasta para los
adornos y los artefactos utilizados en el juego y cere-
monias religiosas— a través de la caza, la pesca y ac-
tividades de recolección. Pero de ninguna manera se
trataba aquí de hordas que todo el tiempo estaban
buscando alimento y apenas vegetaban en los márge-
nes de la sobrevivencia física; así se ha querido pre-
sentar esta era de la humanidad, la más larga hasta
ahora, desde la invención de la agricultura y más to-
davía desde la emergencia de la cultura urbana. Todo
lo contrario: dejando de lado excepciones, parece que
más bien se trataba de una forma de vida, que ente-
ramente puede ser caracterizada como buena vida.
Incluso ha sido calificada como la primera sociedad de
abundancia
aquella época de la historia humana en
la cual ciertamente no se creaban grandes almacena-
mientos de provisiones ni se acumulaba otro tipo de
bienes materiales —lo que no puede esperarse en un
modo de vida nómada—, en la cual, empero, normal-
mente ningún ser humano tenía que trabajar más de
cinco horas, incluso más bien menos, para la procu-
ración de la comida del día. Esta constatación es aquí
importante también porque de esta manera se evidencia
que estos cazadores y recolectores tenían, por así de-
cirlo, “libre” la mayor parte de sus días para otras
cosas (aunque, desde luego, no se daba una separación
como la existe en el presente, entre tiempo de trabajo
y tiempo libre).
Aunque carecería de sentido considerar pueblos
existentes todavía durante los siglos XIX y XX con tec-
nología paleolítica y economía de caza y recolección
como relictos congelados de épocas prístinas de la hu-
manidad (porque todas las sociedades humanas tienen
su historia, aunque ésta es determinada por ritmos
endógenos e impulsos exógenos diferentes en cada
caso y aunque esta historia se encuentra presente de
modo diverso en la memoria colectiva [Lévi-Strauss,
1988: 59]), el estudio de tales pueblos, empero, propor-
ciona elementos útiles para el conocimiento de la épo-
ca más temprana de la historia humana. Ante todo, de
este modo queda comprobado que relaciones que sue-
len ser presentadas demasiado rápido como necesarias,
no lo son. Así, por ejemplo, como lo ha demostrado de
manera impresionante C. Lévi-Strauss
, no existe nin-gún motivo para suponer una correlación necesaria o
incluso solamente predominante entre sencillez tec-
nológica o caza y recolección y capacidad del habla y
del pensamiento rudimentario u orientado exclusiva-
mente de modo utilitario. Visto de manera conjunta,
parece bastante acertada la suposición de que la so-
ciedad cazadora-recolectora nómada con su detalla-
da y precisa observación de la naturaleza y sus desa-
rrollados mecanismos sociales de cooperación y coor-
dinación exigía y, al mismo tiempo, impulsaba una
intensiva comunicación entre sus miembros, a pesar
de que sólo el hecho de la lengua misma, pinturas
rupestres y adornos paleolíticos así como restos de
ofrendas mortuorias de aquel tiempo han permane-
cido como escasas y casuales huellas de todo ello. Esto
significa que hay que suponer también para aquella
época de la humanidad la existencia de una rica re-
flexión y creación intelectual; tal vez incluso se daban
de manera más constante y con una participación
mucho más general de lo que es el caso hoy en día en
las sociedades llamadas “desarrolladas”.
Tal reflexión se ocupaba naturalmente también de
un suceso quizás no demasiado frecuente, pero que
ocurría una y otra vez: el encuentro entre uno o varios
miembros del grupo con miembros de otras comu-
nidades humanas. Como lo documentan descripciones
de este tipo de contactos de tiempos mucho más pos-
teriores todavía, estas situaciones constituían en pri-
mer lugar un problema cognitivo. Cuando los seres
vivientes no pertenecientes al grupo propio no eran
vistos de antemano como monstruos ininteligibles,
entonces había que aclarar si ellos o sus huellas eran
realmente de naturaleza humana. De acuerdo con las
clasificaciones muchas veces testimoniadas a lo largo
de la historia de tales contactos, podía tratarse aquí
tanto de seres vivos infrahumanos, por ejemplo, de
una variedad de animales especiales, como también
de seres suprahumanos, tales como espíritus, demo-
nios o dioses. El paso decisivo en esta reflexión consistía
siempre en ver a otros seres humanos como otros. Es
decir, precisamente a pesar de las diferencias patentes
a primera vista y a pesar de muchas otras, que emer-
gen sólo con la observación detenida y que pueden re-
ferirse a cualquier esfera de la vida, siempre se trata
de reconocer a los seres completamente diferentes
como iguales.
Exactamente éste es el lugar de la pregunta antro-
pológica de la que aquí se trata: la pregunta por la
igualdad en la diversidad y de la diversidad en la

Esteban Krotz

igualdad. Abundando un poco, este problema de iden-
tidad y diferencia humana también podría expresarse
así: es la pregunta por los aspectos singulares y por la
totalidad de los fenómenos humanos afectados por
esta relación, que implica tanto la alteridad experi-
mentada como lo propio que le es familiar a uno; es la
pregunta por condiciones de posibilidad y límites, por
causas y significado de esta alteridad, por sus formas
y sus transformaciones, lo que implica a su vez la pre-
gunta por su futuro y su sentido; finalmente es tam-
bién siempre la pregunta por la posibilidad de la inte-
ligibilidad y de la comunicabilidad de la alteridad y
por los criterios para la acción que deben ser derivados
de ella.
Una forma del contacto cultural como lugar de la
pregunta antropológica que se da en términos crono-
lógico y de historia civilizatoria mucho más tarde, es
el viaje.
Dejando de lado nuestro propio siglo, parece
que en todos los tiempos —al menos en lo que se refiere
a Europa— han sido los guerreros y los comerciantes
quienes han provisto los mayores contingentes de via-
jeros, pero también hay que recordar a los exploradores
y los mensajeros, los peregrinos y los misioneros, los
refugiados y los marineros; de modo más bien mar-
ginal y sólo en la época moderna de Europa se agregan
a ellos los aventureros y los artistas, los estudiosos y
los trabajadores migrantes. Estos viajeros proporcio-
naban en las regiones, que atravesaban y en los pue-
blos, donde permanecían, toda clase de impresiones
sobre las culturas de las que provenían. Esto sucedía
ya a través de su idioma extraño, sus ropas y armas,
sus costumbres alimenticias y ritos religiosos, sus
joyas y en dado caso su mercadería, sus relatos y sus
respuestas a preguntas asombradas. De regreso a sus
lugares de origen, eran entonces sus relatos y los obje-
tos traídos consigo —aparte de mercancías principal-
mente trofeos de toda clase—, los que daban noticia a
los que se habían quedado en casa de mundos extra-
ños, a menudo tan desconocidos como inesperados.
Por cierto, llamar al viaje una forma de contacto entre
sociedades y civilizaciones implica que siempre viaje-
ros concretos son los medios de este contacto, por lo
que estos encuentros entre culturas —y así todos los
encuentros entre culturas— y sus testimonios siempre
sólo difícilmente pueden ser separados de caracterís-
ticas de personalidad y de circunstancias de vida ca-
suales de cada uno de los viajeros.
El viaje como forma, como marco del encuentro
entre culturas, implica también siempre la posibilidad
del acostumbramiento a lo que primero resulta com-
pletamente desacostumbrado y de la aceptación de lo
hasta entonces desconocido; incluso puede darse el
caso de estar finalmente extrañado ante lo que alguna
vez había sido familiar. Empero, a causa de que tantos
viajes tienen un objetivo claramente definido no puede
ocasionar sorpresa que la experiencia del hecho del en-
cuentro a veces se desvanece en la conciencia del via-
jero, mientras que esta sorpresa es experimentada de
modo más intenso por quienes sólo tienen acceso a
otras formas de convivencia humana a través de la na-
rración de aquel.
La mención de este tipo de relación conduce a otra
forma de contacto entre sociedades conformadas de
modo distinto, que en la historia de la humanidad se
dio más tarde aún. Bajo ciertas condiciones, determi-
nados tipos de organismos sociales, a saber, civiliza-
ciones organizadas de modo estatal, parecen rendirse
casi de modo obligado al impulso hacia la expansión
absoluta. Esta persigue la mayoría de las veces una
combinación de intereses territoriales, demográficos,
económicos, religiosos y militares y está encaminada
hacia el aumento de prestigio de la sociedad en cues-
tión ante sí misma o ante las deidades y lleva a la
incorporación más o menos violenta de otros grupos
humanos. Así, los imperios que se forman de esta
manera institucionalizan un contacto cultural, pero
éste es por principio asimétrico. Sin embargo, hasta
ahora siempre ha habido un momento en el correr del
tiempo en el cual se ha revelado la fragilidad por prin-
cipio de una integración realizada sobre la base de una
comunidad sólo afirmada o exigida. Porque siendo
normalmente más esquema doctrinal que realidad po-
lítica, esta base usualmente no es capaz de disolver las
tensiones de las confrontaciones socioculturales que
resultan de la siempre intentada supresión de tradi-
ciones económicas, políticas y cosmológicas. El con-
quistador y el lugarteniente, el rehén y el recolector de
tributo, el colono y el soldado de las tropas de ocupación,
los inspectores y los funcionarios de las instituciones
necesarias para el aseguramiento de la hegemonía se
convierten en las figuras determinantes de esta forma
del contacto cultural. Los reinos de los sumerios y de
los babilonios, de los asirios y de los persas, de los chi-
nos y de los egipcios, de los romanos y de los aztecas
pertenecen a los ejemplos tempranos más conocidos
de tales imperios; pero a pesar de sus extensiones
enormes y de su esplendor, la importancia de todos
ellos no superó el carácter regional. Durante el siglo
pasado sucedió por primera vez que un tipo determi-
nado de sociedad humana, a saber, la sociedad indus-
trial europea, se extendió en pocas generaciones sobre
todo el globo terráqueo. Así, ésta inició una relación
directa, casi siempre impuesta con todos los demás
pueblos y en este marco incluso puso en contacto a
muchas culturas no europeas, que hasta entonces no
habían tenido conexión entre sí. Con esto se inició una
Alteridad y pregunta antropológica

La nueva era de contacto cultural de intensidad, multi-
plicidad y complejidad hasta entonces desconocidas,
uno de cuyos resultados fue la aparición de una forma
especial de la pregunta antropológica, a saber: las
ciencias antropológicas. Como en todas las formas de
plantear la pregunta antropológica, su categoría central
era la de alteridad.
Alteridad: experiencia y categoría
La pregunta antropológica de que se habla aquí, no
existe por sí sola. Más bien tiene que ser formulada.
También por eso ella no existe de modo abstracto, sino
depende siempre también del o de los encuentros con-
cretos de los que nace y de las configuraciones cultu-
rales e históricas siempre únicas, de las cuales estos
encuentros son, a su vez, partes integrantes. También
podría decirse que la pregunta antropológica es el
intento de explicitar el contacto cultural, de volverlo
consciente, de reflexionar sobre él, de resolverlo sim-
bólicamente. Pero esta manera de expresarlo tiene va-
lor sólo cuando puede evitarse el peligro de una doble
reducción. Por un lado, esto no se refiere a la “elevación
al concepto”, tan cara al racionalismo occidental, que,
dicho sea de paso, constituye sólo una entre muchas
formas de tal reflexión (por ejemplo, al lado del ritual,
de la imagen, de la poesía y del mito). Por el otro lado,
una comunidad no siempre y no sólo se expresa a
través de sus discursos, por lo que también en sus ins-
tituciones, patrones de conducta, formas comunica-
cionales y creaciones estéticas se puede encontrar,
por así decirlo, de modo materializado, tal reflexión.
Pero en la medida en que sea posible de algún modo
un enunciado general sobre los contactos culturales
—al menos en el área cultural occidental—, éste con-
siste en la demostración de que la pregunta antropo-
lógica a tratar aquí tiene su momento decisivo en la
categoría de la alteridad.
Esta alteridad u otredad no es sinónimo de una
simple y sencilla diferenciación. O sea, no se trata de
la constatación de que todo ser humano es un individuo
único y que siempre se pueden encontrar algunas
diferencias en comparación con cualquier otro ser hu-
mano (dicho sea de paso que la misma constatación de
diferencias pasajeras o invariantes de naturaleza física,
psíquica y social depende ampliamente de la cultura,
a la que pertenece el observador).
Alteridad significa aquí un tipo particular de diferen-
ciación. Tiene que ver con la experiencia de lo extraño.
Esta sensación puede referirse a paisajes y clima,
plantas y animales, formas y colores, olores y sonidos.
Pero sólo la confrontación con las hasta entonces
desconocidas singularidades de otro grupo humano
—lengua, costumbres cotidianas, fiestas, ceremonias
religiosas o lo que sea— proporciona la experiencia de
lo ajeno, de lo extraño propiamente dicho; de allí luego
también los elementos no-humanos reciben su calidad
característicamente extraña. El cazador paleolítico re-
conoce en seguida al extraño; el viajero medieval se
sabe constantemente en el extranjero y a su regreso
permite participar a otros de él mediante su narración;
conquistadores, lugartenientes y tropas de ocupación
ligan penosa y violentamente pueblos mutuamente
extraños en una unidad renitente.
Pero la experiencia
del extranjero no es posible sin el entrañamiento de la
siempre previa patria-matria,que se recuerda justa-
mente estando en el extranjero.
Por ello, desde el co-
mienzo el país extranjero se encuentra cargado de
tensión inquietante: extraño es el extranjero, son los
extranjeros primero siempre. Pero esto no tiene que
quedar así: la nostalgia es —al menos, en la modernidad
europea, época que proporciona la perspectiva en cu-
yos términos aquí se habla— algo tan difundido como
el anhelo por lo lejano; el rechazo angustiado se en-
cuentra tan testimoniado como la partida colmada de
ansia e incluso el éxodo definitivo.
Alteridad no es, pues, cualquier clase de lo extraño
y ajeno, y ésto es así porque no se refiere de modo ge-
neral y mucho menos abstracto a algo diferente, sino
siempre a otros. Se dirige hacia aquellos seres vivientes,
que nunca quedan tan extraños como todavía lo que-
dan el animal más domesticado y la deidad vuelta
familiar en la experiencia mística. Se dirige hacia
aquellos, que le parecen tan similares al ser propia
que toda diversidad observable puede ser comparada
con lo acostumbrado, y que sin embargo son tan dis-
tintos que la comparación se vuelve reto teórico y prác-
tico. En esto, tanto la historicidad de la existencia del
ser humano individual como de las sociedades abre la
dimensión del tiempo, a menudo sólo captada de mo-
do poco claro y que se hace más visible en el caso del
viajero: cuando repite su viaje, entonces frecuente-
mente llega a la conclusión de que el extranjero ha
cambiado; además, puede ser más fácil para él que
para quienes visitó o para quienes se quedaron en
casa, percibir su propio tiempo de vida como trans-
curriendo.
Alteridad, pues, “capta” el fenómeno de lo humano
de un modo especial. Nacida del contacto cultural y
permanentemente referida a él y remitiendo a él, cons-
tituye una aproximación completamente diferente de
todos los demás intentos de captar y de comprender el
fenómeno humano. Es la categoría central de una pre-
gunta antropológica específica.
Contemplemos bre-
vemente algunas de las características más importantes
de esta categoría, al mismo tiempo, si es lícito decirlo
así, total y dinámica.
Un ser humano reconocido en el sentido descrito
como otro no es considerado con respecto a sus parti-
cularidades altamente individuales y mucho menos
con respecto a sus propiedades “naturales” como tal,
sino como miembro de una sociedad, como portador de
una cultura, como heredero de una tradición, como
representante de una colectividad, como nudo de una
estructura comunicativa de larga duración, como ini-
ciado en un universo simbólico, como introducido a
una forma de vida diferente de otras —todo esto signi-
fica también, como resultado y creador partícipe de un
proceso histórico específico, único e irrepetible—. En
esto no se trata de una sencilla suma de un ser huma-
no y su cultura o de una cultura y sus seres humanos.
Al divisar a otro ser humano, al producto material,
institucional o espiritual de una cultura o de un indi-
viduo-en-sociedad, siempre entra al campo de visión
el conjunto de la otra cultura y cada elemento particu-
lar es contemplado desde esta totalidad cultural —lo
que no quiere decir que se trate de algo integrado sin
tensiones— y, al mismo tiempo, concebido como su
parte integrante, elemento constitutivo y expresión.
Contemplar el fenómeno humano de esta manera
en el marco de otras identidades colectivas, empero,
no significa verlo separado del mundo restante; al con-
trario, este procedimiento implica siempre un remitirse
a la pertenencia grupal propia. De este modo se refuerza
y se enriquece la categoría de la alteridad a través de
su mismo uso. Así, para el observador, para el viajero,
incluso para el lugarteniente, las situaciones del con-
tacto cultural pueden convertirse en lugar para la am-
pliación y profundización del conocimiento sobre sí
mismo y su patria-matria, más precisamente, sobre sí
mismo como parte de su patria-matria y sobre su
patria-matria como resultado de la actuación humana,
o sea siempre también de su propia actuación.
Mirando más de cerca, esta bipolaridad de grupo
propio y grupo extranjero, que constantemente es in-
cluída en la perspectiva, se revela como tripolaridad
—en caso de que esta formulación no evoque la imagen
equivocada de una base común de un ser humano
abstracto, que sólo “se manifiesta” en las dos formas
culturales diferentes, que meramente “aparece” en las
situaciones de contacto cultural; se trataría de una
representación que tendría mucho en común con
determinada idea sobre la relación entre sustancia y
accidentes—. Lo que tienen en común observadores y
observados, cultura familiar y cultura extranjera no se
encuentra, pues, “en la base” o “encima” de las culturas,
sino en ellas mismas y en su interjuego. De ahí que en
vez del hablar de bi- y tripolaridad sea más conveniente
el concepto de una pertenencia dinámico-dialéctica,
que remite al conjunto de los fenómenos sociocultu-
rales el cual comprende a ambas culturas.
A pesar de que el hablar de los unos y los otros
puede inducir a un modo estático de ver las cosas (que
se ha condensado en los estereotipos que se pueden
encontrar en todo el mundo acerca de los pueblos
vecinos respectivos y hacia el cual parece tender desde
hace mucho la lógica cognitiva occidental), la catego-
ría de la alteridad introduce por principio el proceso
real de la historia humana. Pues, con el correr del
tiempo se modifica el ser otro observado y experi-
mentado de los otros; después de un cierto tiempo de
recorrer el extranjero o de estadía en él, la patria-
matria ha cambiado y el regreso se convierte en nuevo
inicio bajo condiciones modificadas; la relación entre
los conquistadores y los pueblos dominados se trans-
forma en complejos procesos de aculturación e inno-
vación así como de resistencia. La valoración de los
otros y la disposición afectiva hacia ellos igualmente
acusan tales transformaciones, por más que éstas,
fuera de determinados momentos de crisis, no suelen
ser muy visibles.
La alteridad tiene un alto precio: no es posible sin
etnocentrismo. “Etnocentrismo es la condición natu-
ral de la humanidad” (Lewis,1976:13) y tan sólo él po-
sibilita el contacto cultural, la pregunta antropológi-
ca. Es la manera y la condición de posibilidad de poder
aprehender al otro como otro propiamente y en el sen-
tido descrito. Entre el grupo propio y el grupo extran-
jero existe, pues, una relación semejante a la que hay
entre lo conocido y lo desconocido en el acto cognitivo,
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Alteridad y pregunta antropológica
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donde lo último es accesible casi siempre sólo a partir
de lo primero. Ahora, es interesante ver cómo el con-
tacto cultural igualmente puede reforzar y menguar el
etnocentrismo; en esto, grado de distancia y de cercanía,
importancia de las diferencias y de los aspectos consi-
derados centrales juegan un papel, al igual que dis-
posiciones históricamente prefiguradas hacia encap-
sulamiento o asimilación. La modernidad occidental
muestra que en el interior de una sociedad se encuen-
tran con respecto a todo esto bastantes tensiones
—recuérdese sólo la fascinación y el pavor que siempre
provocaron los pueblos y las culturas “orientales” en
Europa o la imagen ampliamente difundida de los
indios norteamericanos, que en todas partes inspiraban
miedo por su carácter guerrero supuestamente innato
y que al mismo tiempo suscitaban admiración a causa
de su inocencia presuntamente natural.
Finalmente, en esta presentación de la categoría
alteridad hay que volver a recordar que los contactos
culturales nunca se dan en el espacio vacío, o sea, que
no pueden aislarse de la dinámica de la historia uni-
versal de los pueblos que comprende. Lo que aparece
poco en el caso del cazador paleolítico, porque por la
densidad demográfica relativamente reducida las áreas
de caza y recolección podían ser ampliadas casi siem-
pre en varias direcciones, se hace patente en el caso
del viajero y más aun en el del tipo imperial de orga-
nización social: los contactos culturales parecen haber
sido casi siempre un producto colateral de otros pro-
cesos, que predisponían la configuración y la utiliza-
ción de la categoría alteridad y que en dado caso tra-
taban de aprovecharse de su uso. Cruzadas y comercio
con productos de lujo provenientes de lejos, emigración
y prestigio nacional, búsqueda de materias primas y
misión, investigación en historia natural y asegura-
miento militar de conquistas realizadas y planeadas
no deben ser vistas, pues, como un “marco de condi-
ciones” exterior a los contactos de Europa con el resto
del mundo, sino como elementos de carácter consti-
tutivo de éstos. Como tales llegaron a formar parte
integrante de las formulaciones concretas de la pre-
gunta antropológica y, de modo peculiar, de las ciencias
antropológicas nacientes, al igual que los modelos de
reflexión y las estructuras comunicativas en cada
caso existentes.
Notas
Se trata de una versión ligeramente modificada de una
parte del capítulo segundo del libro Alteridad cultural
entre utopía y ciencia, (Krotz, 1994).
Veáse Sahlins 1977: 13 y ss. y Clastres, 1981.
Lévi-Strauss, 1964. Por cierto que dos generaciones an-
tes, su compatriota E. Durkheim (1968) había quedado
fascinado por las clasificaciones de parentesco y reglas
matrimoniales de los aborígenes australianos que hasta
el día de hoy suelen ser tildados despectivamente de “pri-
mitivos”; pero es comprensible que una civilización como
la europea, que se estaba expandiendo ante todo con base
en la violencia pura, siempre dirigía su atención a la tec-
nología de los pueblos por conquistar, por vencer y por
volver tributarios. Sin embargo, los reportes etnográficos
de todos los tiempos han enfatizado la —especialmente en
su comparación con la situación europea moderna—
franca abundancia de concepciones y rituales religiosos
y cosmológicos de las llamadas sociedades “tradicionales”,
aún cuando éstas siempre parecían quedar rezagadas
con respecto a filosofías y teologías basadas en textos
escritos.
Acerca de este tema véanse dos trabajos previos: Krotz,
1988 (publicado en un cuaderno monográfico sobre “El
Occidente y lo otro”); 1991.
Se usa aquí este compuesto para aproximarse al significa-
do del término alemán “Heimat”, que tiene importantes
connotaciones en el habla popular, el romanticismo y la
filosofía de Bloch, por ejemplo y que supera lo que usual-
mente suele estar contenido en la palabra patria. Este
último puede complementarse mediante el significado de
matria elaborado por L. González (1987), que se refiere a
los aspectos menos marciales del terruño y de la patria
chica.
Podría decirse también, que es la perspectiva específica
que elabora la antropología como disciplina científica (in-
dependientemente de formas pre- y extracientíficas) acerca
de los fenómenos sociales; ésta la distingue de las demás
ciencias sociales que se diferencian unas de las otras,
como es bien sabido, no por tratar fenómenos empíricos
diferentes, sino por tener maneras diferentes de enfocar
estos fenómenos empíricos.
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