viernes, 13 de junio de 2008

XXIV - EPICÚREOS

XXIV - EPICÚREOS

Epicuro - Historia de la filosofía122. La doctrina cirenaica dio sus frutos: el hedonismo de Aristipo quedó como una mala simiente para emponzoñar a las escuelas. Su más famoso propagador es Epicuro, que vivía por los años de 300 antes de la era cristiana.

123. La filosofía de Epicuro tuvo muchos secuaces; nada más natural: es cómoda. El mérito de este filósofo era escaso; si se hubiese dirigido al entendimiento, no habría sido capaz de fundar escuela; pero ¿quién no la funda si quiere halagar las pasiones?

124. Epicuro, que tal preferencia daba a los sentidos, era, sin embargo, muy ignorante en las ciencias físicas: totus alienus (Cic., De fin., lib. I). Siguió a Demócrito en la teoría de los átomos o corpuscular; pero, queriendo mejorarla, la estropeó; ut ea quae corrigere vult, mihi quidem depravare videatur (Ibid). No podía ser buen físico quien desdeñaba la geometría y aconsejaba a su amigo Polieno que procurase olvidarla. (Ibid.) Se gloriaba de no haber tenido maestro; para ser ignorante, no se necesita.

125. La lógica de Epicuro no era una ciencia; era un conjunto de reglas: cánones; por esto no la llamó dialéctica, sino canónica. Como no admitía más que sensaciones, toda su lógica se limitaba a dirigir éstas. El criterio de la verdad lo ponía en los sentidos. Epicuro no reconoce orden intelectual.

126. Algunas veces habla de los dioses; pero en tal filósofo este lenguaje es un sarcasmo. Para él sólo hay materia y movimiento; lo demás es nada. Los negaba en la realidad; los dejaba de palabra: Re tollens, oratione relinquens Deos (De Nat. Deor., lib. I).

127. Comoquiera, Epicuro tuvo buen cuidado de negar la Providencia de los dioses, para el caso que existieran. «Un Ser eterno y feliz, dice, ni tiene pena ni la da; ni se indigna, ni ama» (Cic., De fin., lib. I). Con esta doctrina fácilmente se infiere a qué se reduce, según Epicuro, la vida futura: a nada; la muerte es el fin de todo.

128. La moral corresponde a la metafísica; el edificio al cimiento. Para Epicuro el bien es el placer; el mal, el dolor; gozar del primero y huir del segundo: he aquí toda su moral. Honesto, deshonesto, lícito, ilícito, deber, obligación, virtud, vicio; todo se convierte en palabras sin sentido. El filósofo las usa algunas veces, y hasta parece que intenta encubrir lo repugnante de sus doctrinas, encomiando a la virtud; pero pronto se olvida de su designio y cae de nuevo en el lugar que le corresponde: el lodo.

129. ¿Qué importa el recomendar la templanza cuando esta recomendación no tiene más objeto que el placer mismo? El epicúreo dice: «Gozad con moderación para que podáis gozar por más tiempo y mejor»; pero el destemplado dirá: «Si no hay más regla que el placer, quiero calcular a mi modo el valor de su cantidad y calidad»; y es temible que muchos, aun cuando conozcan que abrevian su vida con el desorden, repitan la famosa frase: corta y buena. Además, suponiendo que Epicuro llegase a formar un sabio a su manera, el tipo de su perfección ideal sería un buen calculador en todo lo que atañe a salud y comodidades; así los hombres morales por excelencia serían les más sanos y gordos: Epicuri de grege porcos, dijeron con verdad los antiguos.

130. El íntimo amigo de Epicuro, su discípulo predilecto, fue Metrodoro. Este, según nos dice Cicerón, se indignaba contra su hermano Timócrates, porque dudaba de que toda la felicidad consistiese en el vientre; quod dubitet omnia quoe ad beatam vitam pertinent ventre metiri (De Nat. Deor., lib. I, § 4o).
Para oprobio de la escuela de Epicuro se ha conservado en las obras de Plutarco un fragmento de la carta a que alude Cicerón: «¡Oh qué gozo, qué gloria para mí el haber aprendido de Epicuro el modo de contentar mi estómago! Porque en verdad, ¡oh Timócrates!, el bien soberano del hombre está en el vientre.» Quien tales cosas escribía a un hermano, ¿qué diría al estar en libertad entre sus amigos?

131. El ilustre romano se indignaba contra esta doctrina; su grande alma no podía ni tolerarla siquiera; y como además estaría viendo los estragos que hacía en las costumbres, agota contra ella los tesoros de su elocuencia; para formarse idea de Epicuro y su sistema es preciso leer a Cicerón. Tan pestilente doctrina debió de contribuir a la decadencia de Roma, pues sabemos por Cicerón que el retrato de Epicuro se hallaba en cuadros, en vasos y hasta en las sortijas. Cujus imaginen non modo in tabulis nostri familiares, sed etiam in poculis et in annulis habent (De fin., lib. V).

132. El epicureísmo práctico es la obra de las pasiones; el teórico es un servicio que el entendimiento les presta; he aquí por qué le hemos visto resucitar en los tiempos modernos.

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