sábado, 23 de agosto de 2008

LOS ARQUETIPOS Y EL UNUS MUNDUS

ARQUETIPOS

Los arquetipos son sistemas de aptitud para la acción y, al mismo tiempo, imágenes y emociones. Se heredan con la estructura cerebral, en verdad, son su aspecto psíquico. Por un lado, representan un conservatismo instintivo muy fuerte, y por otro, constituyen el medio más eficaz concebible para la adaptación instintiva. Así que son, esencialmente, la parte infernal de la psique... aquella parte a través de la cual la psique se une a la naturaleza.
No se trata de ideas heredadas, sino de posibilidades de ideas heredadas. Tampoco son adquisiciones individuales sino, principalmente, comunes a todos, como puede deducirse de su presencia universal.
Los arquetipos se presentan como ideas e imágenes, al igual que todo lo que se convierte en contenido consciente.
Los arquetipos son por definición, factores y motivos que ordenan los elementos psíquicos en ciertas imágenes, caracterizadas como arquetípicas, pero de tal forma que sólo se pueden reconocer por los efectos que producen.
No podemos liberarnos legítimamente de nuestras bases arquetípicas a menos que estemos dispuestos a pagar el precio de una neurosis, tal como no podemos deshacernos de nuestro cuerpo y sus órganos sin cometer suicidio. Si no podemos negar los arquetipos o neutralizarlos de otro modo, nos vemos enfrentados, en cada nueva etapa de diferenciación de la conciencia a la cual aspira la civilización,a la tarea de encontrar una nueva interpretación apropiada para esa etapa, a fin de conectar la vida del pasado que aún existe en nosotros con la vida del presente que amenaza con escaparse.
EL INCONSCIENTE COLECTIVO.
El inconsciente albergaría, también, todo contenido psíquico de carácter subliminal, el cual no ha alcanzado los límites de la consciencia. Junto a contenidos de la experiencia personal que nunca alcanzaron a ser percibidos pero fueron registrados, el inconsciente poseería dos tipos de procesos que no serían explicables a través de las adquisiciones personales: los instintos, los impulsos naturales y los contenidos que constituirían imágenes o adquisiciones de orden colectivo, predisposiciones compartidas por toda la gente y manifestado a sí mismo en la conducta, sin tener en cuenta la cultura. Estas imágenes se propagarían a lo largo del tiempo y e una forma universal, que surge gracias a una función psíquica natural. El inconsciente, por tanto, no sólo posee elementos de carácter personal, sino que también posee elementos de carácter impersonal o colectivos expresados en la forma de categorías heredadas o arquetipos, predisposiciones innatas que pueden producir realmente imágenes y conceptos poderosos. Entre los arquetipos importantes encontramos el poder, los de la relación con los miembros del sexo opuesto, los de creencia en algo más grande, la guía, la maternidad y la paternidad.
Es importante destacar que los arquetipos no son contenidos sino formas que, gracias a la experiencia individual repetida, son despertadas por los eventos con el mundo externo, ordenando las representaciones que "aseguran en todo individuo la similitud, y aún la igualdad, de la experiencia y de la creación imaginativa" (JUNG, 1991, pag.54).
Muchos arquetipos deben satisfacerse, ya que constituyen poderosas necesidades humanas, cuya frustración provoca trastornos graves en la personalidad, ya que son instigaciones que vienen de nuestro interior. La falla en tomarlos en cuenta, como la falta de conocimiento o atención a fuerzas externas, los dotan con poder sobre nosotros, adueñándose del ego cuando no han sido satisfechos a través de la conducta. Generalmente, la religión y las tradiciones culturales han sido la expresión externa de los arquetipos, con distintos ritos y acciones que preparaban al individuo para enfrentarse a la fuerza de éstos de una manera integral; en nuestra cultura, la pérdida de estos baluartes ha dado lugar a la creación de variados "ismos" (comunismo, capitalismo), que creen borrar la supersticioso de las costumbres a partir de los supuestos racionales, pero que no entregan los elementos espirituales que permitan encarar al arquetipo de manera constructiva, haciendo caer a los individuos en la masa y en la consciencia social, dejándolos a merced del poder del inconsciente colectivo.
¿Que son, concretamente, y como surgen los arquetipos? La etimología nos remite, en primer lugar, a la palabras griegas “arjé” (elemento fundante, principio), y typos (tipo). El arque-tipo es por consiguiente una especie de tipificación formal de aquello que se supone fundante o primigenio. Diremos, en segundo lugar, que los arquetipos son a modo de “formas funcionales”, de estructuras inmanentes –en principio, formales-, residentes en ese inconsciente colectivo, de las que puede decirse que con-forman el reservorio simbólico de nuestra experiencia filogenética. En palabras de Jung:
El arquetipo es un elemento formal, en sí vacío, que no es sino una facultas praeformandi, una posibilidad dada a priori de la forma de la representación. [2]
Jung introdujo la objetividad de los arquetipos, el inconsciente colectivo y la intuición como aquellas categorías que Hume no percibió. [3]
Según esto, los arquetipos nos pondrían en relación con lo universal-objetivo del ser humano, lo con-vivido por todos los individuos y las formas culturales de la especie humana propiamente tal. Es a través de estas formas arquetípicas como el sentido (individual) del mundo puede ser realmente con-sentido ] (colectivamente). Según la expresión mitológica de Vicente Rubino el arquetipo ubicado en el dominio del inconsciente colectivo constituiría un puente o mediación entre el microcosmos humano (el sí-mismo -selbst- como centro de sentido personal) y el macrocosmos. Esto es, un puente entre la interioridad y la exterioridad del sentido, lo particular y lo universal, lo subjetivo y lo objetivo.
Ahora bien, hemos de insistir en que los arquetipos designan estructuras posibles de sentido, pero que no se identifican con las plasmaciones concretas de este sentido. Un arquetipo no se confunde, pues, con ninguna representación colectiva (en el sentido de Levy Bruhl), ni tampoco con un mito o una leyenda específicas, que no son sino formas vividas concretas del arquetipo. Mitos y leyendas son formaciones ya conscientes, mientras que el arquetipo residiría, ontológicamente, en ese dominio de lo indiferenciado conocido desde antiguo como unus-mundus, expresión de la ordenación unitaria del inconsciente colectivo sobre el cual aparecen constelados estos arquetipos que, a su vez, serían responsables estructurales (formales) de las representaciones humanas concretas (materiales) del sentido (mitos, leyendas...) [6].
Indudablemente, la idea del unus mundus se basa en el supuesto de que la multiplicidad del mundo empírico se apoya en una unidad subyacente (…) La existencia de innegables conexiones causales entre la psique y el cuerpo confirman su naturaleza subyacente unitaria, confirmando que incluso el mundo psíquico, tan extraordinariamente diferente del mundo físico, no se origina fuera del cosmos.
Acaso los partidarios del monismo junguiano aducirían como prueba de esta unidad del mundo, al menos por lo que refiere al mundo orgánico, la composición idéntica de todos los seres vivos, cuyo vocabulario genético es universal, difiriendo solo la combinación de este material (es un hecho que la misma combinación de nucleótidos A,C,G,T producen el mismo aminoácido en todos los organismos vivos). Ocurriría otro tanto con los elementos químicos de la tabla de Meldeleiev, los cuales forman la materia, al parecer, del universo entero conocido. Sin embargo, la tesis de la forma indiferenciada del unus mundus jungiano pretende ir mas lejos, al afirmar una especie de monismo cósmico (en negación dialéctica de la symploké) en el que todo se encuentra conectado entre sí, los hechos psicofísicos y los tiempos pasados, presentes y futuros, dando lugar a la controvertida idea de “sincronicidad” [7]. Sin embargo y al margen de esto, la tesis cosmogónica del unus mundus cumple sobre todo la función de servir como presupuesto ontológico del sistema psíquico objetivo jungiano, esencialmente diferente del sistema psíquico subjetivo, pese a que existencialmente no se trata de mundos incomunicables (en este sentido, ningún individuo o cultura humana puede proclamarse libre de ciertos modos de pensamiento arquetípico). Toda conciencia está pre-formada arquetipalmente desde los mas profundos y arcaicos estratos de lo inconsciente colectivo. La conciencia es, en efecto, externa, como supo ver Marx, pero esta exterioridad procede de estratos mas profundos y arcaicos que los modos de producción económica. Jung funda así un innatismo arquetípico (innatismo que apuesta por la verdad de las ideas, por mucho que estas no remitan a ningún kosmos noetós, trascendente y uránico), traducción simbólica al mundo humano que acaso recuerde a las “preprogramaciones” que los etólogos ven presentes en el mundo animal, negando con esto cualquier intento de caer en una concepción autárquica e individualista de la psique. Ahora bien, pese a resaltar el aspecto esencialmente universal del arquetipo, este necesariamente tiene que ser re-vivido, encarnado por el individuo. El individuo libre, por consiguiente, juega su papel, no es un mero títere en las manos de fuerzas exteriores incontrolables, fuerzas ante cuya numinosidad esté rendido de antemano. En opinión de Jung: “el arquetipo representa esencialmente un contenido inconsciente, que al conscienciarse y ser percibido cambia de acuerdo con cada conciencia concreta individual en que surge”. El arquetipo (universal) no puede darse, por consiguiente, al margen de la experiencia existencial concreta del individuo.
Llegados a este punto podemos preguntarnos sobre el origen del arquetipo y de lo inconsciente colectivo. ¿Porque la humanidad no ha descubierto antes los arquetipos? En un texto clave, Jung afirma que, “fue necesario un empobrecimiento sin igual del simbolismo para volver a descubrir a los dioses en formas de factores psíquicos, o sea, como arquetipos (…) desde que las estrellas cayeron del cielo y nuestros más altos símbolos se desvanecieron rige la vida secreta del inconsciente. Por eso tenemos hoy una psicología y por eso hablamos de lo inconsciente”. El arquetipo, lo inconsciente, vivía con anterioridad en forma de simbolismos dogmáticos (no tan impenetrables, en el fondo), como configuración del sentido religioso en cuanto canalizador de la energía psíquica profunda o libido. Las representaciones colectivas, las formas rituales, de las que antes hemos mencionado que no se identifican con los arquetipos, serían explicables en tanto modos de fortalecer la conciencia de la humanidad primitiva, poniéndola a cobijo de eventuales inundaciones por parte del inconsciente arcaico. Desde aqui entenderíamos la crítica de Jung al protestantismo que deviene neurosis kierkegaardiana a la manera de una “iconoclastia crónica”. En efecto, Jung ha sido un crítico implacable de la iconoclastia de la reforma, una demolición de las imágenes que habría desestimado la función real del imaginario colectivo, y potenciado con ello una teología sistemática de carácter abstracto (por cierto, esa teología que el europeísta y protestante Ortega privilegió en detrimento de la relación mística con la religión), pero alejada de cualquier mediación simbólica. La “prole de Lutero”, por decirlo con Machado, habría efectuado la labor de vaciar el sentido del dogma y el símbolo auténticamente religiosos, y solo al final de este vacío, gracias a la psicología, habríamos sido capaces de descubrir sus estructuras fundamentales. Desde estos presupuestos entenderíamos la simpatía de Jung por la forma católica de la religión cristiana, así como su interés por la simbología oriental. Este sentido simbólico, encarnado singularmente por los mandalas, jugará un papel importante en la liberación de la energía creativa y el apaciguamiento de los estados caóticos del espíritu según la idea junguiana de terapia.
La existencia de arquetipos, cuyo estatuto ontológico es simbólico y no fisicalista, podría ser comprendido como un postulado necesario de toda la teoría jungiana sobre la psique humana. Y esto porque la mayor parte de las ideas fundamentales sobre las que basculan las hipótesis psicológicas jungianas son ellas mismas arquetipos (que no son , por cierto, meras generalizaciones empíricas). Son arquetipos el sí-mismo, el animus y el anima, conceptos que constituyen la auténtica clave de bóveda de la psicología profunda jungiana. Y son también arquetipos el anthropos, la gran madre, el mago, el héroe y la mayoría de las áreas de interés estudiadas por los analistas jungianos de todo el mundo.
Pese a que Jung no fue un filósofo sistemático, cosa que en verdad nunca pretendió, entendemos en resolución que su arquetipología solo puede comprenderse adecuadamente desde claves filosóficas, mas que psicológicas (al menos si entendemos que la psicología es una ciencia empírica, con todas las reservas oportunas). La arquetipología es un instrumento de comprensión, una hermenéutica de sentido, cuya virtual potencia explicativa habrá de ser contrastada en la práctica, ya sea en el marco de una terapia encaminada a conseguir un adecuado “proceso de individuación” o en el análisis de determinados fenómenos culturales, artísticos, sociales &c.

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