miércoles, 12 de noviembre de 2008

REFLEXIONES SOBRE LA IDEA DEL HOMBRE Y DEL LENGUAJE ENLA OBRA DE JOSE MARTI

Inicio > Colección digital > Revistas



Reflexiones sobre la idea del hombre y del lenguaje en la obra de José Martí

Marcel Velázquez Castro

INTRODUCCIÓN

Cuba es una isla, pero José Martí un interminable archipiélago de posibilidades. Diseminado e inasible por carecer de contornos o poseer demasiados; la totalidad del universo martiano siempre escapa a las redes de la interpretación y la clasificación sintética, lo cual le permite resistir nuevas lecturas y nuevos asedios.

Su praxis abarca diversas dimensiones (poeta, ensayista, crítico literario, periodista, político, etc.) pero no existe actividad alguna que subordine a las otras ni un texto fundamental que silencie a los otros. El inmenso arco de sus ideas, intuiciones e imágenes impiden –pese a denodados esfuerzos– cualquier pretensión de confinarlo y convertirlo en un «fetiche» del kitsch latinoamericano.

Las palabras y los hombres atraviesan su vasta obra en múltiples direcciones, configurando las reflexiones sobre el hombre y el lenguaje, privilegiado umbral para contemplarla; nuestro objetivo es realizar una indagación, premeditadamente aleatoria, en ciertas ideas e imágenes sobre el hombre y el lenguaje que nos conduzcan a un diálogo entre nuestro presente y la obra martiana; porque la vitalidad de una obra debe ser medida por su capacidad de involucrarnos constantemente, por su resonancia más allá del paradigma cultural y la circunstancia histórica que la vieron nacer.

1. IDEA DEL HOMBRE

1.1. Dimensión Ontológica

En este apartado pretendemos identificar la dimensión ontológica del hombre martiano.

Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. Él nace como arroyo murmurante, crece airoso y gallardo como abierto río, y luego(...) ¡Genio híbrido y extraño que cuando se mueve se llama tormenta y cuando reposa, noche de luna en el Océano, lluvia de plata, y plática de estrellas sobre el mar!1.

Este tono de magnífica grandeza nos recuerda el Coro de Sófocles (Antígona, v. 333 y ss.) y nos indica que las imágenes de Martí se hunden en lo más profundo de nuestro zócalo cultural. Además revela lo alejado que se encuentra el discurso de José Martí de un razonamiento silogístico o meramente racional, el pensamiento del autor se manifiesta en iluminaciones, seducidas por imágenes, cuya fascinación es autosuficiente. Refiriéndose al orador norteamericano Henry Ward Beecher, afirma que «la imagen era la forma natural de su pensamiento»2. Debe precisarse que la crítica literaria y artística martiana recurre al procedimiento del espejo, ve en los otros su propio ser, no en vano la palabra especulación contiene a la palabra espejo.

«Híbrido» y «extraño» denotan la ambigua condición originaria del hombre, la contingencia y la finitud adheridas al ser del hombre lo convierten en naturaleza temporal y relativa lanzada hacia el absoluto; ave sin alas, sólo el hombre extraordinario percibe lo extraordinario del hombre. El actuar permite al hombre individualizarse, su proyección sobre el mundo y sobre sí mismo es indispensable, pues el reposo lo disuelve. En un comentario sobre la pintura de Munkacsy, proclama la naturaleza divina del hombre, «estudió en su propia alma el misterio de la divinidad de nuestra naturaleza, y con el pincel y el espíritu libre, escribió que ¡lo divino está en lo humano!»3

Lo humano no se configura en oposición a una dimensión trascendente o metafísica sino que contiene en sí dicho orden, esta hermosa herejía reafirma el privilegiado lugar del hombre y su capacidad de gestar y acceder a lo sagrado; Martí, siguiendo a Baudelaire, es uno de aquellos hijos de Caín que subió al cielo y arrojó a Dios sobre la tierra4. El espíritu religioso de Martí emerge en su confianza en el nacimiento de una «religión natural», caracterizada por el rechazo a los dogmas y a la servidumbre de la institución eclesiástica respecto al poder temporal y la búsqueda de la armonía del espíritu religioso inherente al hombre.

La unidad de pensamiento humano se deriva de la identidad universal del hombre más allá de furores y circunstancias; «... con el pensamiento del hombre pasa como con los árboles, donde son pocas las raíces y muchas las hojas, ya que el hombre es sencillo y uno, como se saca de sus literaturas»5.

Estas tres características: identidad universal, ambigua consición originaria e instalacion de lo sagrado en lo humano son distintas aproximaciones a lo mismo; pero sólo en el «ser-otro» en la exterioridad del hombre, en la Naturaleza, encontraremos las llaves de la zona ontológica del hombre.

Iván A. Schulman considera, en la obra martiana, el principio de analogía como fundamento de la imagen, como piedra fundamental en la construcción de un sistema simbólico; y por lo tanto, enunciación axiomática de una armoniosa y universal correspondencia de toda la realidad6. El antecedente inmediato: Ralph Waldo Emerson, en su ensayo Nature (1836). Martí no oculta su admiración por el pensador norteamericano y en un artículo sobre él, que es una autodefinición del pensador cubano, afirma:

Él no ve más que analogías: él no halla contradicciones en la naturaleza: él ve que todo en ella es símbolo del hombre, y todo lo que hay en el hombre lo hay en ella. (...) el orden universal inspira el orden individual. (...)Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza7.

Emerson se convierte en un pretexto para señalar las relaciones entre el hombre y la naturaleza, el microcosmos y el macrocosmos. Descubrir esta identidad es una vieja tradición de Occidente8.

En el mismo artículo, precisa la tarea que otorga identidad ontológica al hombre, pues «Las contradicciones no están en la naturaleza, sino en que los hombres no saben descubrir sus analogías»9. El ser del hombre es la conquista de la analogía, dicha operación camina al símbolo, puente, por el cual accede lo inteligible a lo sensible, lo trascendente a lo inmanente. La naturaleza es el libro de la semejanza y de los signos pero sólo el hombre puede, por su capacidad imaginaria, revelarlos. El hombre es un animal symbolicum por lo cual la realidad, es decir, la presencia de lo presente se constituye y adquiere sentido a partir de dicho develamiento y sólo en él mismo y con él mismo se funda la dimensión ontológica del hombre.


pag_57.jpg (19728 bytes)
Ricardo Grau
Figura y obelisco
Oleo sobre Tela
33 x 41 cm.
Años 40



En el mismo plano pero en otra dirección, encontramos varias referencias al ser de la naturaleza humana impregnadas de la ingenua confianza provocada por los adelantos tecnológicos; la marcha triunfal de una máquina, como emblema de la racionalización, cautivó a Martí. El hombre aparece como un gigante que extiende sus dominios inconteniblemente gracias a los avances de la ciencia. Esta retórica del ferrocaril es común a los escritores finiseculares, quienes propugnaban una modernidad en las sociedades hispanoamericanas a semejanza de los países industrializados.

Pese al encandilamiento, Martí advertía los peligros y en sus crónicas norteamericanas empieza a gestarse implícitamente la oposición entre progreso y cultura, entre máquina y hombre. «El puente de Brooklin»10, ha merecido un análisis de Julio Ramos quien demuestra la presencia, en el discurso, de un desajuste entre los procesos figurativos y la enunciación explícita, la escritura martiana no sólo presupone las simetrías generadas por la modernidad, sino que también desarrollla estrategias para nivelar los desajustes»11.

El acento en la ilusión de la ciencia y el progreso se explican por la circunstancia histórica: las sociedades de Hispanoamérica conservaban estructuras tradicionalistas en todos los planos que resistían los embates de las ideas «modernas», produciéndose un sistema ecléctico, la denominada «modernización tradicionalista», por el cual se quiere devenir capitalista, es decir, «moderno», pero al mismo tiempo se quieren conservar las jerarquías sociales tradicionales. En este conflicto, los sectores ilustrados insistían en la radicalización de la modernidad a través del desarrollo capitalista y científico.

En Cuba la situación era más grave, pues era aún una colonia y conservó la esclavitud hasta 1886, por lo cual no existía autonomía política ni igualdad formal entre los hombres; el énfasis de Martí, en este contexto, no es sorprendente pero lo admirable es su capacidad de vislumbrar la otra cara de la modernización y los peligros de una sociedad que olvide las humanidades.

De lo anterior, podemos afirmar que en la escritura martiana coexisten dos ideas del hombre asociadas a su dimensión ontológica. Paradójicamente, la actualidad y la fuerza de la concepción del hombre martiano radican en el hombre como hacedor de símbolos y no como creador de máquinas, no en su confianza en el pensamiento racional y la ciencia como condición para la realización plena del hombre sino en la intuición espiritual y el símbolo para la captación del mundo y por ende la comprensión del propio demiurgo martiano. «El espíritu presiente; las creencias ratifican. El espíritu sumergido en lo abstracto, ve en conjunto; la ciencia insecteando por lo concreto, no ve más que el detalle»12.

La Razón y el Progreso fueron ideas, luego meras pastillas de optimismo; hoy, por haber recubierto demasiados significados y servido para casi todo lucen como palabras deterioradas, en vilecidas, en el reino del escepticismo y de la indiferencia, dichos vocablos no generan ni adhesión ni combate, ya no preocupan a nadie. Sin embargo, la potencia del hombre para irradiar imágenes y constituir símbolos adquiere una dramática actualidad en estos tiempos de fragmentación y dispersión. Ante una cultura que se deshace, las funciones primordiales del símbolo aparecen como un recurso insoslayable.

1.2. Dimensión Existencial

Una idea matriz en la escritura martiana es la exaltación de la vida auténtica, vida y verdad se vinculan y se enriquecen intercambiando sus valencias semánticas. «Y como el fuego con el cuarzo, que por las grietas humeantes suda el oro hermoso, así el dolor, con su llama perenne, descubre, entre la escoria que cae, lo verdadero de la vida»13.

La vida verdadera es el fundamento de la voluntad del descubrimiento propio, el hombre es apariencia y sólo con la acción y el dolor puede llegar al conocimiento de sí mismo. Nuevamente Martí se sumerge en aguas helénicas, el concepto griego de la verdad era negativo, implicaba pugna, la traducción más adecuada de alêtheia sería: desocultamiento; el doloroso camino existencial de la apariencia al ser, cuyo símbolo inmortal es: Edipo.

La afirmación de la vida auténtica se postula en pugna con su contrario: la inautenticidad en su dimensión moral y existencial condensadas en el símbolo de la máscara, el disfraz o el antifaz;14

No hay más difícil faena que esta de distinguir en nuestra existencia la vida pegadiza y postadquirida, de la espontánea y prenatural; lo que viene con el hombre, de lo que le añaden con sus lecciones, legados y ordenanzas, los que antes de él han venido. So pretexto de contemplar el ser humano, lo interrrumpen. No bien nace, ya están en pie, junto a su cuna con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, las filosofías, las religiones, las pasiones de los padres, los sistemas políticos. Y lo atan; y lo enfajan; y el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado15.

El texto es elocuente, el conglomerado cultural heredado desfigura al hombre natural impidiendo el desocultamiento de su propio ser y así llegamos a otra oposición clave en la escritura martiana: Naturaleza-Cultura, frente a una naturaleza portadora de significados verdaderos «los libros están llenos de venenos sutiles, que inflaman la imaginación y enferman el juicio»16. La cultura alimenta la máscara, el rostro de la muerte en la vida, la victoria de lo no-verdadero sobre lo verdadero. Sin embargo, debemos hacer una precisión, en las múltiples invectivas contra la «cultura», Martí escribe desde su circunstancia, la guerra es contra los «patricios letrados» quienes imitan las formas culturales europeas e imponen una educación basada en modelos ajenos a la realidad cultural de Hispanoamérica.

El imperativo frente a esta situación y uno de los mecanismos para promover una vida verdadera es la vinculación del hombre con su pueblo. En su artículo sobre la obra de Henry Ward B., destaca esta idea:

Nada es un hombre en sí, y lo que es, lo pone en él su pueblo. En vano concede la Naturaleza a alguno de sus hijos cualidades privilegiadas; porque sería polvo y azote si no se hacen carne de su pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por él se verán encumbrados17.

No basta una individualidad poderosa, para destacar se requiere además recoger el aliento vital del pueblo, de la comunidad cultural donde se nace para poder enriquecer la cualidad personal. De honda raíz se ha de venir si se quiere llegar al firmamento.

Esta idea la proyecta Martí a una dimensión social, insiste incansablemente en la necesidad de dirigir la mirada a nuestro pasado cultural, inicia la revalorización del elemento indígena como condición indispensable para forjar la identidad de Hispanoamérica; sólo hundiéndonos en nuestras raíces, reconoceremos al otro y podremos fundar la semejanza y la alteridad.

El siglo XIX es un momento privilegiado para Hispanoamérica, al desaparecer el dominio español se viven momentos de desarticulación y de reconstitución de identidades, pese a la fragmentación política a lo largo del siglo múltiples voces insisten en la unidad; Martí es una de ellas y pretende fundar la unidad hispanoamericana destacando la originalidad de nuestra cultura y concepción del mundo en oposición a España y posteriormente en oposición a los Estados Unidos de Norteamérica; en este marco, la lengua y la literatura juegan un doble rol porque defienden y promueven la identidad.

La otra idea decisiva, en este ámbito existencial, es la autodeterminación de la vida humana, la existencia como una metáfora de la libertad, de la destrucción y construcción incesante. El hombre no es ninguna substancia susceptible de ser determinada objetivamente, su ser es un constituirse a sí mismo.


pag_60.jpg (20229 bytes)
Ricardo Grau
Ilustración para
"Travesia de Extramuros"
1946



El primer trabajo del hombre es reconquistarse. Urge devolver los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, (...) Sólo lo genuino es fructífero. Sólo lo directo es poderoso (...) Toca a cada hombre reconstruir la vida: a poco que mira en sí, la reconstruye18.

También como en la afirmación de una vida verdadera surge inmediatamente el envés negativo de esta idea, así para las consecuencias de los sucesivos deterioros, caídas o rupturas surge la imagen de los restos, miembros, pedazos, fragmentos, los cuales agudizan la urgencia de la ineludible reintegración, la cual es factible pues dichas imágenes conservan en sus líneas reducidoras la estructura original a la que pertenecieron19.

La fragilidad del sujeto y los peligros que acechan no deben impedir la movilidad prospectiva del ser humano; es a capacidad de disponer absolutamente de uno mismo, la libertad sólo se realiza plenamente en la acción, aunque para ello deban el cuerpo y las ideas destruirse y volver a reconstruirse. La vida es un juego difícil, agon, tensión incertidumbre, pero la voluntad humana debe elegir una dirección y tender hacia ella. A la armonía de la naturaleza corresponde el equilibrio dramático de la existencia.

La dimensión existencial del hombre en la obra martiana se configura desde dos ángulos: la afirmación de la vida verdadera y la autoconstrucción vital, ambos se condicionan y fortalecen recíprocamente.

1.3. La vida de Martí.

Unidad de sus Ideas del Hombre

En este apartado pretendemos confrontar las ideas del hombre en sus dos dimensiones, ontológica y existencial, con algunos rasgos de la vida del autor.

La vida de Martí está consagrada, entre otras cosas, a la independencia de Cuba, dicha pasión se intensifica en los últimos años. Este es un dato real y muchas veces se ha medido la magnitud de Martí exclusivamente por la extensión de dicha misión; considero insuficiente esta perspectiva, pues la obra martiana contiene pero rebasa dicho sacrificio. Quizá sea más sugerente interpretar este hecho dentro de su concepción ontológica del hombre: el poder de revelar imágenes y condensarlas en símbolos, el cual adquiere una dramática realidad con la muerte de Martí.

José Martí, mediante la escritura, fue fecundo en la revelación y en la construcción de imágenes, muchas de ellas convertidas en símbolos pero la prueba decisiva de la actualización en su vida de su concepción ontológica del hombre es su voluntad de transformarse, con su muerte, en imagen. Él era consciente de ello y eligió Cuba como metáfora de algo que la rebasaba: la libertad, condensando en su independencia la inalcanzable libertad trascendental. No debía triunfar ni alcanzar resultados materiales, imposible un héroe gobernando, sólo el fracaso de su objetivo inmediato garantizaba la pureza de su gesto. Martí percibió claramente el carácter caótico y preparatorio de su tiempo incapaz de generar símbolos20; esta constatación fue un aliciente para el sacrificio martiano y es clave para valuar el sentido del mismo.

No engrosaremos los numerosos artículos meramente apologistas ni la literatura hagiográfica, pero debemos resaltar que hay una aura de heroicidad que rodea y esconde la vida de Martí y que él mismo contribuyó a forjar. Héroe, para emplear una definición convencional, es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia. Al respecto, precisa Fernando Savater:

Lo importante del héroe es su reivindicación activa de un hombre –y por extensión ejemplar de cada hombre– como un vigor irrepetible y no condicionado por ningún servicio exterior a sí mismo. (...) Las tareas del héroe son menos importantes que la energía heroica con que son llevadas a cabo21.

José Martí se consagró al cumplimiento de su concepción ontológica del hombre; todos sus textos revelan esa frenética búsqueda de la analogía y al hacedor de símbolos, pero con su muerte fue más allá, a través del arco heroico quiso fundirse en imagen y convertirse en símbolo vivo; una lectura que prescinda de esa perspectiva, empobrece sus actos y lo convierte en mero signo, intenta clavar al águila; debemos recuperar el sacrificio martiano e instalarlo en la plenitud del ser, en la palpitante realidad de los símbolos que no tienen patria.

La dimensión existencial de la experiencia martiana estuvo marcada por varios elementos, nos interesa destacar como expresión de vida verdadera, su corazón desnudo y como manifestación de su autoconstrucción vital, su constante asimilación creadora.

La vida de Martí estuvo signada por la escritura y es en ella donde debemos indagar por el desocultamiento martiano; a lo largo de toda su obra, él cuenta sus íntimos latidos, las emociones y los criterios de su existencia22. Sucumbió a los placeres de Amiel, se nos mostrará entero y absolutamente desnudo. Este registro incesante de su espíritu consigna sus vacilaciones, temores, abatimiento y convicciones, muchas veces en contradicción con los disfraces del hacer; sólo su energía y su sufrimiento nos proporcionan la verdad integral de la acción martiana.

La acción es una necesidad interna del hombre, en el caso específico de la dimensión existencial martiana, una razón ética asumida a temprana edad, además, la capacidad del hombre de crear transformándose. La escritura fue la forma privilegiada del «hacer» martiano y lógicamente se puede realizar una aproximación a la producción de textos desde dichos parámetros. Alfredo A. Roggiano, en un análisis que sienta las bases para una interpretación pragmática de la escritura martiana, concluye que la poética de Martí como poética del hombre, de la vida, de la acción y la creación, es la poética de la libertad, porque nace con ella y va hacia ella23.

La asimilación creadora es el principio rector de su desarrollo intelectual; su experiencia vital, sus viajes, sus lecturas; todo lo nutría, pero nunca convirtió sus ideas en sistema, enemigo profundo de doctrinas completas y verdades absolutas, Martí era una estructura abierta que definía la filosofía como: «el secreto de la relación de las varias formas de existencia»24. Esta actitud vital también resalta en el campo de la literatura; así, mientras para los modernistas, Francia y su palabra seductora, era la meta final, para Martí era un vivero de experiencias e inicios; esta actitud contrapuesta le permite al cubano trascender los límites del modernismo americano.

Una imagen que sintetiza el espacio de la experiencia existencial martiana es el destierrro. En un breve pero penetrante estudio, César Leante25 considera el destierro condición indispensable para la realización plena de Martí. Cuba era una aldea que no podía albergar a un espíritu ecuménico y sólo en el destierro encontró la patria, las dos: aquella temporal y sensible (México de Lerdo de Tejada, Guatemala de Rufino Barrios, pero sobre todo: New York, la ciudad más universal del orbe); y la otra ausente y mitificada, pues justamente esa distancia le permitió configurar y recuperar a Cuba26.

Retomando las ideas glosadas podemos añadir la presencia del símbolo del viaje y el retorno. Martí es deportado de Cuba en enero de 1871 contando con sólo 17 años y aunque retorna temporalmente en 1877 y el año siguiente por algunos días, el verdadero retorno es en abril de 1895, a los 42 años, para morir en la manigua cubana. Entre el inicio del viaje y el retorno, la maravillosa aventura de la escritura, cuando su palabra alcanzó su pleno despliegue, la extensión máxima de sus posibilidades, escogió el retorno y el silencio como último nivel de la voz.

La muerte es el viaje a la unidad primordial del hombre con el cosmos, retorno que es la pérdida del principio de individuación: «La atracción del abismo, el vértigo de la mar y las alturas, la tendencia constante del hombre a entrar en lo absoluto, a salir de sí y esparcirse...»27.

II. IDEAS SOBRE EL LENGUAJE

Algunos estudiosos consideran dos las influencias centrales en las ideas martianas: el romanticismo y el positivismo. Sintetizando, consideran que Martí es un romántico por su sensibilidad, por el anhelo de absolutos, por su tendencia a proyectar la intimidad del yo sobre la realidad externa, por su fe en la bondad innata de la humanidad; pero también hay evidentes proyecciones del positivismo en su visión de los problemas sociales, el desarrollo de las sociedades y su manejo del movimiento revolucionario cubano28. En el presente trabajo hemos constatado esta polaridad pero intentamos una lectura diferente al rastrear la concepción ontológica del hombre; sin embargo, en esta parte la dicotomía positivismo-romanticismo puede ser útil para ordenar las reflexiones de Martí sobre el lenguaje.

Una clara proyección del ideal positivista en el lenguaje es la siguiente: «El lenguaje ha de ser matemático, geométrico, escultórico. La idea ha de encajar exactamente en la frase, tan exactamente que no pueda quitarse nada de la frase sin quitar eso mismo de la idea»29.

La pretensión de matematizar el lenguaje, de bloquear su polivalencia y convertirlo en mero vehículo de la idea, es uno de los viejos fracasos de Occidente. Nuevamente su circunstancia histórica explica esta posición de Martí, más allá de la creencia en el lenguaje científico como el lenguaje ideal de la verdad, lo que hay es una reacción violenta y extremista contra cierta retórica que imperaba en los escritores hispanoamericanos, pero no debe confundirse esta actitud antirretórica con una actitud antiestética.

Martí era muy consciente del poder estético del lenguaje:

Hay algo de plástico en el lenguaje, y tiene él su cuerpo visible, sus líneas de hermosura, su perspectiva, sus luces y sombras, su forma escultórica y su color, que sólo se perciben viendo en él mucho, resolviéndolo, pesándolo, acariciándolo, puliéndolo. En todo gran escritor hay un gran pintor, un gran escultor y un gran músico. Un párrafo bien hecho es un tratado de armonía más sutil y complicado mientras más fino sea el artista30

Martí sintió en carne propia lo citado, estaba inmerso en las interioridades de la lengua, en la búsqueda de la palabra exacta, para lograr eficacia y belleza. Su preocupación por los recursos del lenguaje y la incorporación de los mismos en su escritura es incesante; sus innumerables registros en el tono de la frase, el magistral empleo de figuras, su intento de introducir nuevos signos ortográficos, etc., demuestran el amoroso combate que libraba con el lenguaje.

No es casual el consenso de la crítica para considerarlo como el creador de la prosa modernista por su propósito de obtener efectos melódicos y pictóricos, el sugerente simbolismo, la estructuración sintáctica, la creación de neologismos, la docta asimilación de formas, temas y procedimientos estilísticos por escritores europeos31.

En el segundo número de la Revista Venezolana, en aclaración a una crítica recibida, se esboza una teoría de los diferentes tonos del lenguaje por el espacio desde el cual se enuncian:

Uno es el lenguaje del gabinete: otro el agitado parlamento. Una lengua habla de la áspera polémica: otra la reposada biografía. Distintos goces nos produce, y diferentes estilos ocasiona, el deleite del crepúsculo que viene de contemplar cuidadosamente lo pasado, y el deleite del alba que origina el penetrar anhelante y trémulo en lo por venir32

Más adelante refiriéndose a su propia escritura indica que «usará de lo antiguo cuando sea bueno y creará lo nuevo cuando sea necesario»33. Los arcaísmos y los neologismos denotan la continuidad bulliciente del lenguaje, el sistema lingüístico no puede detener al escritor, quien constantemente crea y enriquece al lenguaje con el uso del mismo.

En su artículo sobre Oscar Wilde, insistiendo sobre la urgente independencia de las letras españolas frente a las letras latinas, establece que «las fronteras de nuestro espíritu son las de nuestro lenguaje»34. Esta afirmación, en su contexto, refería a la necesidad de erradicar un lenguaje postizo que se asentaba en un espíritu inauténtico contrario sensu sólo la expresión americana permitiría un espíritu americano. Más allá del contexto, la frase indica el espacio y la función del lenguaje dentro de la concepción simbólica martiana; si el espíritu es la dimensión que posibilita la conversión del hombre en hacedor de símbolos, el lenguaje es el medio ideal para cumplir esta misión. El lenguaje no es autónomo al hombre, es indicador del rango de nuestro espíritu, por lo cual el hombre es esencialmente lenguaje y aunque Martí no lo afirme explícitamente, su vasta obra, lo abundante de su discurso, es prueba irrefutable de ello.

El lenguaje martiano se presenta en crónicas, novelas, discursos, cartas y poemas. En sus múltiples modalidades, la reflexión es continua; elegimos, en un juego de alusiones y elisiones, algunas de estas reflexiones sobre el arte y la literatura para precisar las ideas sobre el lenguaje.

La vinculación entre la Naturaleza y el Arte es compleja.El arte no es más que la naturaleza creada por el hombre. De esa intermezcla no se sale jamás. La naturaleza se postra ante el hombre y le da sus diferencias, para que perfeccione su juicio; sus maravillas, para que avive su voluntad a imitarlas; sus exigencias, para que eduque su espíritu en el trabajo, en las contrariedades y en la virtud que las vence35.

Este párrafo ilustrativo permite distinguir dos niveles: la naturaleza aparece como un magma sugerente que brinda cualidades al hombre y el hombre formado de dichas cualidades «crea» la obra de arte, pero dicha obra artística es nuevamente naturaleza; este círculo fantástico enriquece al hombre y funda un espacio, el arte, donde brilla su dimensión ontológica: «el arte no ha de dar la apariencia de las cosas sino su sentido (...) toda mente de verdadero poder tiende ya en la madurez a lo vasto y a simbólico»36.

Cuando Martí se refiere al lenguaje y al arte emplea enunciados prescriptivos con lo cual revela que su tarea apostólica no se limitaba al ámbito político. El arte brinda el espacio para que el lenguaje recupere su plenitud, sólo en las obras artísticas puede el lenguaje ser el medio ideal para el despliegue de la dimensión ontológica del hombre. No se trata de imitar la realidad externa de las cosas sino de aprehender la realidad e incorporarla al orden simbólico.

En sus ideas sobre la literatura se presentan posiciones derivadas de la polaridad del positivismo y el romanticismo. En su viaje a Venezuela, en unos apuntes, consigna la oposición entre literatura y el proyecto modernista inspirado por el ideal científico:

El estudio exclusivo de la Literatura crea en las inteligencias elementos morbosos, y puebla la mente de entidades falsas. Un pueblo nuevo necesita pasiones sanas: los amores enfermizos, las ideas convencionales, el mundo abstracto e imaginario que nace del abandono total de la inteligencia por los estudios literarios, producen una generación enclenque e impura37.

Esta violenta descripción de una sociedad sobresaturada de literatura y por ende enfermiza no es un ataque contra toda literatura sino contra la prevaleciente en esa época; asociada a la crisis de un sistema donde las letras habían ocupado un lugar central en la organización de las sociedades latinoamericanas. Además, la crítica resalta el poder de la literatura, la cual no es un adorno extrínseco al hombre, sino una forma de conocimiento y cuya verdad lo transforma. En la misión redentora de Martí, la literatura juega un rol: «Acercarse a la vida –he aquí el objeto de la literatura– ya para inspirarse en ella; ya para reformarla conociéndola»38. Vida y verdad forman un polo clave que puede y debe ser conquistado por la literatura, en tanto sistema específico de la constitución de la realidad desde el arte.

Martí estaba convencido por los vientos románticos de que debía existir una relación causal entre las cualidades singulares de la naturaleza americana y las instituciones culturales, entre ellas la literatura. La misma idea sirve para postular la existencia de una literatura americana aborigen y para atacar la falsa literatura, vestida con formas e ideas ajenas.


pag_65.jpg (20642 bytes)
Ricardo Grau
Ilustración para
"Travesia de extramuros"
1946



...¿cómo pudiera ser, dado que literatura no es otra cosa más que expresión y forma, y reflejo en palabras de la Naturaleza que nutre y del espíritu que anima al pueblo que la crea; cómo pudiera ser que, contra la ley universal, no tuviese la literatura indígena las condiciones de esbeltez, armonía y color de la naturaleza americana?39

En el espacio de la literatura reaparece la pugna por la identidad verdadera; increpa constantemente la imitación servil de temas y formas, califica de apostasía imitar a las literaturas europeas40. Sin embargo, indica que «conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarse de la tiranía de alguna de ellas»41. Nuevamente la estructura abierta, no se trata de encerrarnos en nuestra aldea y negar toda literatura ajena sino saber apreciarlas y ser capaces de articular lo positivo a nuestro cauce.

También proclamó que: «No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá Literatura hispano Americana, hasta que no haya –Hispano América(...); ¡A pueblo indeterminado, Literatura indeterminada!»42.

Nuevamente se le despoja de autonomía a la palabra y se le somete a las cosas, quizá se pueda explicar esta afirmación tajante a partir de los ideales americanistas del autor. Martí desea la unidad cultural de Hispanoamérica, pero es consciente que no se ha logrado y por ende no se puede hablar de literatura hispanoamericana, lo suyo es destacar la ausencia para promover la presencia.

Una explicación de las diversas y a veces contradictorias ideas sobre la literatura, está dada por los trastornos y cambios propios de la época del autor, la palabra «literatura» perdía su referente ordinario y todavía no era capaz de cubrir nuevos contenidos; esta ebullición se percibe en el «Prólogo al Poema del Niágara», el cual constituye una reflexión sobre la problemática de producción e interpretación de textos literarios en una sociedad desequilibrada, pues había perdido los valores que garantizaban el sentido y la autoridad social de la escritura43.

Entre los lenguajes artísticos la poesía goza de un estatuto privilegiado, sin embargo el citado prólogo establece que son tiempos ruines para los poetas, quienes, desubicados y sin auditorio se refugian en una poesía íntima que no configura obra permanente porque las obras en tiempo de cambio son efímeras por naturaleza44. La pregunta amarga de Hölderlin: «¿Para qué poetas en tiempos de miseria?», encuentra eco en Hispanoamérica pero no bate a Martí, quien propone ante el frenético movimiento de las ideas e imágenes de la modernidad y la continua fragmentación cultural, oponer la Naturaleza como fuente de estabilidad y como temas inagotables el canto al trabajo humano, al espíritu humano y a la propia naturaleza45. Ante el desmembramiento social buscar refugio y alternativas en la unidad del hombre como fuente para la nueva poesía.


pag_70.jpg (16843 bytes)
Ricardo Grau
Desnudo sentado
Aguada
Años 40



En la poesía, «No debe expresarse (...) sino lo muy profundo, lo muy amargo, lo muy delicado, lo muy tierno»46, y en ello radica su necesidad:

La poesía que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida47.

Si recordamos estas ideas con su percepción existencial del hombre podemos sostener que para Martí, pese a todo, poéticamente habita el hombre.

Para concluir esta sección revisaremos dos opiniones sobre el lenguaje de Martí y trataremos de vincularlas con la exposición precedente.

Giovanni Meo Zilio, a partir del análisis estilístico de varios textos, considera que la extrema tensión de la afectividad es la constante espiritual dominante en la prosa del gran cubano; y el procedimiento de la iteración es su constante estilística más notable48.

Martí es una personalidad plagada de sentidos y sentimientos; su dimensión existencial, esencialmente dramática por los ideales de la vida verdadera y la autoconstrucción en la batalla, intensifica sus afectos y dado que el hombre es lenguaje, la peculiaridad del estilo no es el síntoma sino la propia enfermedad. El estudio, que se inició en el estilo para llegar al hombre, puede invertirse con iguales resultados.

Esa fecunda revolución cubana, Lezama Lima, en su «desmesurado intento de fundamentar un sistema poético del Universo»49, otorga a José Martí un supremo sitial: fundador y encarnación de la última de las Eras Imaginarias cuyo nombre es la posibilidad infinita. Lezama Lima le asigna a esta era la pobreza esencial como potencia creadora.

En José Martí culminaron todas las tradiciones cubanas de la palabra (...) Martí retomó la tradición, profundizó el conocimiento de nuestros clásicos, se empapó de las zonas más creadoras de nuestra expresión. Fue un reavivador del idioma, es decir, el español, desde la época de los grandes clásicos, Santa Teresa, Quevedo, Gracian, no volverá a lucir tan ágil, novedoso y flexible como en Martí (...) Fue suerte inefable para todos los cubanos que aquél que trajo las innovaciones del verbo las supiese encarnar en la historia. Fue suerte también que el que conmovió las esencias de nuestro ser fue el que receló los secretos del hacer. El verbo fue así la palabra y el movimiento del devenir50.

Lezama sugiere que Martí representa la plenitud de la palabra, porque es el instante en el cual la palabra y la acción se funden, y al fundirse, fundan51. La alusión a Cristo es obvia, pero nada detiene a Lezama, quien también compara a Martí con Osiris, pues el primero en sus Diarios habla como si ya estuviera muerto, pero trasluce la confianza mística de que su muerte cercana será un comienzo, existen otras concurrencias en la muerte de ambos que dan resonancia al paralelo.

Imposible no asociar la característica de esta Era Imaginaria con el Eros platónico (El Banquete 203d y ss.) pues, en el célebre discurso de Diótima, Eros es hijo de Penía (la pobreza, la necesidad) y Poros (el recurso, la salida) de donde deriva la naturaleza ambivalente de Eros y su condición de mediador entre los hombres y los dioses. Martí es hijo de la pobreza y la palabra y, como el Eros platónico aspiraba a poseer las cosas bellas, «el objeto de la vida es el anhelo de perfecta hermosura»52.

Platón sostenía que la inmortalidad del hombre se da a través de las obras del espíritu (El Banquete, 209b y ss.); en Martí podemos encontrar ese anhelo por varios caminos, uno de ellos está alumbrado por sus ideas, imágenes e intuiciones del hombre y del lenguaje.

III. REFLEXIÓN FINAL

En este apartado pretendemos iniciar un diálogo con la obra martiana dentro de los parámetros establecidos; el texto aparece en nuestro presente, pero entre su voz y nosotros el tiempo y las circunstancias distorsionan la comunicación originaria. Sin embargo, es posible el diálogo porque el verdadero espíritu no progresa, y los textos cuyo eje incide en la condición humana poseen el privilegio y la virtud de involucrarnos siempre.

1. Una coincidencia que favorece la comunicación, es el ambiente temporal; Martí vivió época de trastornos y cambios, principalmente durante su madurez en New York, vivió la consolidación de la modernidad en América; nosotros percibimos una civilización exhausta (una historia sin sentido y lo que es más grave sin héroes, una cultura que se deshace sin la fortaleza para desplomarse de una vez, embriagados de la onda «light», la levedad como estilo de vida, hemos perdido densidad); aunque son trastornos diferentes, son homogéneos en el desarraigo.

Contra ese desarraigo visceral de nuestro tiempo y la ausencia de centros, la concepción ontológica del hombre martiano como hacedor de símbolos adquiere una dramática actualidad en estos tiempos de fragmentación y dispersión. Ante una cultura como la nuestra las funciones primordiales del símbolo –la mediación, la religación, la hermenéutica en la multiplicidad para configurar la unidad– aparecen como un recurso imprescindible. Ante el fracaso del consenso secular, el otro consenso empieza a fortalecerse y convertirse en alternativa. La proliferación de «nuevas» religiones y la «fantasía heroica» asociada a símbolos tradicionales conquistando mayores espacios en la televisión y la literatura demuestran el poder y la acogida de la constitución simbólica de la realidad.

2. La filosofía ha sido la forma privilegiada de pensar de Occidente y la forma natural de la reflexión sobre el hombre; en Hispanoamérica la literatura ha cumplido dicha función, esta tradición americana se consolida con Martí cuyas ideas e imágenes del hombre-lenguaje constituyen una aguda reflexión instalada en la peculiaridad hispanoamericana que sigue aun conteniendo los extremos de nuestro imaginario, y brillando con intensidad pues, entre ellas, late la propia vida del autor.

Hoy su absoluta confianza en la perfectibilidad del hombre, en el despliegue de sus potencialidades, y el decisivo rol que en ello juega el lenguaje y las expresiones artísticas nos puede parecer iluso, pero en el horizonte utópico inherente al continente americano es el marco natural donde se encuentra sentido los postulados de Martí alejados pero dirigiendo a la realidad.

3. Vivimos el proyecto de la globalización, el mundo occidental camina a la homogeneidad pero construye dicha unidad en la estructura económica, correlativamente las fronteras culturales van desapareciendo. Las voces de Martí exigiendo una literatura crecida en nuestros problemas, una verdadera expresión americana parecen inútiles y sin embargo... quizá los factores formativos de la América Hispana no estén agotados, ni hayamos expandido al máximo el rango de nuestras posibilidades y sólo en el lenguaje y su expresión artística, la literatura, encontremos la potencia para hacerlo.

4. La palabra de Martí no incide solamente en el aspecto hermenéutico sino que es también acción comunicativa, una modificación de un estado determinado de acuerdo con una estrategia y con la ayuda de comunicados lingüísticos. La riqueza de la escritura martiana radica en la fusión del aspecto semántico y del aspecto pragmático, interpretar y transformar son indesligables, la palabra martiana involucra al lector en sus estructuras.

Actualmente la palabra ha perdido dignidad, deviene en sospechosa; la acción y los hechos son nuestros exclusivos criterios de verdad; en esa fractura, la unidad martiana se convierte en una audacia tentadora que supera la supuesta polaridad palabra/acción.

5. Un rasgo de la dimensión existencial de Martí, es la asimilación creadora, la estructura abierta que podemos asociar con un modelo ideal de cultura. La propuesta de Martí no debe confundirse con el mero eclecticismo ni con la acumulación Kitsch de los signos culturales; se trata primero de tener un cauce propio y luego descubrir y articular selectivamente lo ajeno sin temores ni complejos y vivirlos con pasión, se requiere destruir la vieja necesidad de ser absolutamente nuevos y preguntarnos por qué en latín descubrir e inventar son sinónimos.



V

No hay comentarios: