domingo, 15 de marzo de 2009

LEYENDAS COREANAS

El bigote del tigre

Leyenda Coreana

Una mujer coreana fue un día a ver al gran sabio de su aldea, un ermitaño que tiempo atrás se había retirado a vivir a una montaña donde vivía con lo mínimo y en armonía con la naturaleza. Esa misma naturaleza era la que proveía para el anciano, y de la que obtenía también los elementos que componían las pociones que fabricaba. Era un hombre sumamente respetado.

La mujer entró en la cueva donde vivía el ermitaño, que le preguntó el motivo de su visita.

- Estoy desesperada, gran sabio. Sin duda necesito una de vuestras pociones.

- Pociones, pociones… -murmuró el anciano-, todos necesitan pociones… ¿Podremos curar un mundo enfermo a base de pociones?

La mujer empezó a contarle al anciano su problema. Su marido, tras volver de la guerra, había cambiado totalmente. Pasó de ser un hombre cariñoso a alguien frío y distante. Ya no hablaba, y las pocas veces que lo hacían, su voz sonaba helada, dura, áspera. Apenas comía, y muchas veces se encerraba en su cuarto tras dar un manotazo y se negaba a ver a nadie. Había abandonado sus ocupaciones y solía pasar el tiempo sentado en la cima de una montaña, con la mirada perdida en el mar, negándose a pronunciar palabra. Sus ojos, antes vivos y cómplices, eran ahora hielo o fuego rabioso. Ya no era el hombre con quien se casó.

- La guerra… la guerra transforma a tantos… -musitó el anciano.

- Creo que una de vuestras pociones le haría volver a ser el hombre cariñoso que un día fue.

- Una poción… tan simple como una poción… En fin, te diré que no será fácil, y además para hacerla necesitaría el bigote de un tigre vivo. Es su ingrediente principal. Sin bigote no hay poción.

La mujer se fue apenada porque no sabía cómo podría conseguir el bigote, pero era muy grande el amor que le profesaba a su marido, por lo que una noche se decidió a buscar ese tigre. Con un bol de arroz y salsa de carne se encaminó hacia la cueva de una montaña donde se decía que habitaba un tigre. A cierta distancia de la cueva depositó el bol con comida y llamó al tigre para que viniera, pero él tigre no vino. Así pasaron días en los que la mujer cada vez se acercaba unos pasos más a la cueva, llamando al tigre, que empezaba a acostumbrarse a su presencia. Una de esas noches, el tigre se acercó algo a la mujer, que tuvo que esforzarse para no salir corriendo. Ambos quedaron a escasa distancia, mirándose, escena que se repitió varias noches. Días después, la mujer empezó a hablar al tigre con una voz suave, y poco tiempo después, el tigre empezó a comer cada noche el bol de comida que ella le llevaba. Así pasaron hasta seis meses, llegando a haber cierto vínculo entre ellos (ya la mujer hasta le acariciaba la cabeza cuando el tigre comía). Y llegó la noche en la que la mujer le suplicó al tigre que no se enojara, pero que necesitaba uno de sus bigotes para poder sentir cerca a su marido. Y se lo arrancó, y para su sorpresa, no, el tigre no se enfureció.

La mujer fue nada más amanecer a la cueva del ermitaño, a quien le enseñó el bigote del tigre que había conseguido, feliz porque ya obtendría su poción. El ermitaño tomó el bigote satisfecho y lo arrojó al fuego. La mujer chilló sin entender nada, y el anciano la calmó y le preguntó cómo había conseguido el bigote.

- Yo… fui cada noche a la cueva del tigre, llevándole comida, hasta que me perdió el miedo y se acercó a mí. Fui muy paciente, seguí llevando comida aunque el tigre no la probaba, seguí acercándome cada noche aunque a veces el tigre ni siquiera salía. A partir de una noche, el tigre empezó a salir a recibirme y más tarde comía cuanto le llevaba. Entonces empecé a hablarle, dejando que me conociera, y aprendí a disfrutar también de esos momentos en los que estábamos juntos. Y más tarde, le pedí el bigote. Pero ahora que lo has tirado… ahora no habrá poción y mi marido seguirá ajeno a mí, como si no existiera!

- No te preocupes, mujer -susurró el anciano-. Y escúchate. Lograste la confianza del tigre simplemente estando ahí, ofreciéndote, esperando, dejando que te conociera, hablándole y dándole el tiempo que necesitaba. Y además aprendiste a disfrutar de vuestros encuentros. ¿No crees que un hombre reaccionará de igual modo ante el cariño, la comprensión, el interés, la compañía? Si pudiste ganar con cariño y paciencia la comprensión y el amor de un animal salvaje… sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido…

La mujer comprendió entonces. Amar, confiar, tener paciencia, mostrarse, dar tiempo… había aprendido una valiosa lección gracias al ermitaño. Y no necesitaría de más bigotes de tigre para sentirse cerca de aquel a quien amaba.

El ciclo de Tangun
Leyenda Coreana


De acuerdo con fuentes arqueológicas y lingüísticas, la península coreana fue ocupada por tribus nómades provenientes de Manchuria y Siberia, que se constituyó a través del tiempo como la población actual de Corea. Pero si seguimos a sus leyendas, ¿De dónde creen los coreanos que llegaron sus ancestros?
Uno de los mitos más importantes de Corea es el que remite a la historia de Tangun, el primer emperador coreano en el año 2333 antes de Cristo y fundador del reino de Choson, como se nominaban las tierras que hoy ocupan Corea. Tangun fue hijo de Hwangung y el nieto de Hwanin, el creador, también conocido como el Divino Creador o el Rey de los Cielos.
La leyenda de Tangun tiene muchas versiones. La mayoría empiezan cuando Tangun le revela al padre su deseo de vivir en la Tierra. Hwanin, elige el Monte t’aebaek en la actual Corea del Norte, como la residencia ideal para su hijo. Hwanung desciende a la Tierra con 3000 compañeros y se declara rey. Reina en armonía y prosperidad, asistido por tres ministros: el Conde del Viento, el Maestro de la Lluvia y el Maestro de las Nubes.
Un día, un oso y un tigre piden a Hwanung que los ayude a convertirse en hombres. Entonces, Hwanung les entrega 20 dientes de ajo y un racimo de artemisa, indicándoles que coman las hierbas y que se retiren a sus cuevas durante 100 días, evitando la luz solar. Si cumplen las condiciones impuestas, se convertirán en seres humanos. El tigre, símbolo de la naturaleza salvaje, deja la cueva antes de lo pactado, empujado por su hambre voraz. El oso espera pacientemente y pasados los 100 días de encierro, emerge convertido en mujer.
El oso convertido en mujer, que simboliza la resistencia, desea un hijo y le reza a un árbol de sándalo para que la ayude. Hwanunug decide casarse con ella y poco tiempo después, nace su hijo: Tangun, el Emperador del Sándalo. (Algunas versiones dicen que el tigre estaba destinado a ser el esposo del oso transformado en mujer, pero como se alejó, el hijo quedó huérfano de padre.)
La leyenda cuenta que Tangun se convirtió en el primer humano que gobernó Corea, el ancestro del pueblo coreano, y la persona que dio a Choson el nombre de: “La tierra de las mañanas calmas.”
Versión traducida del artículo de Loretta Kim escrito para la Británica.com.

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