sábado, 23 de agosto de 2008

CRISIS . CARL JUNG

Crisis

Autor: Carl Gustav Jung
Fecha publicación: 17.06.2008
Carl Gustav Jung

“Nuestra conciencia contemporánea no es sino un recién nacido que empieza a decir «yo» . Reconocer hasta qué grado increíble las almas humanas son diferentes entre sí fue una de las experiencias más impresionantes de mi vida. Si la igualdad colectiva no fuera un hecho originario y la fuente primera y la madre de todas las almas individuales, sólo sería una gigantesca ilusión. Pero, a pesar de toda nuestra conciencia individual, no deja de perpetuarse inquebrantablemente en el seno del inconsciente colectivo, comparable a un mar sobre el cual la conciencia del yo navegara cual un navío. Por eso nada o casi nada del mundo psíquico originario ha desaparecido. Al igual que los mares separan los continentes con su inmensidad y los rodean como a islas, así la inconsciencia originaria asalta por todas partes a las conciencias individuales. En el cataclismo de la demencia, el mar originario se lanza en oleadas desencadenadas al asalto de la isla que apenas emerge y la traga. En el trascurso de los trastornos nerviosos, hay diques que se rompen y campos fértiles que son devastados por la inundación. Los neuróticos son, sin excepción, habitantes de las costas, los más expuestos a los peligros del mar.

Las llamadas personas normales habitan en el interior de las tierras, en un suelo seco y elevado, al borde de lagos y de ríos apacibles; ninguna marejada, por poderosa que sea, puede alcanzarles, y él mar está tan lejos que llegan a negar su existencia. La identificación con el yo puede ser tan profunda que los lazos que unen a la humanidad se aflojan y los hombres se alzan unos contra otros. Es grande la tendencia a que esto se produzca pues las voluntades individuales no son nunca completamente idénticas. Y, para el egoísmo primitivo, está claramente establecido que no es nunca el «yo» sino siempre otro quien «debe». La conciencia individual está rodeada por los abismos del inconsciente como por un mar amenazador. No está segura ni inspira confianza más que en la apariencia; en realidad, es algo frágil, vacilante sobre su base. En ocasiones, basta simplemente un poderoso afecto para perturbar de la forma más sensible el estado de equilibrio de la conciencia. El lenguaje lo expresa perfectamente: «La cólera me ha puesto “fuera de mí”», «me ha “sacado de quicio”», «se lo “llevaban” los demonios», «se “salió” de sus casillas» («aus der Haut fahren»), «hay cosas que le “ponen” a uno loco», «no sabía ya ni lo que hacía», etc... Todas estas frases corrientes muestran con cuánta facilidad una impresión quebranta la conciencia del yo. Estas perturbaciones causadas por las impresiones no sobrevienen, desgraciadamente, sólo por accesos, sino que pueden revestir un carácter crónico que engendra transformaciones duraderas de la conciencia. Debido a conmociones psíquicas, zonas enteras de nuestra naturaleza pueden hundirse en lo inconsciente y desaparecer de la superficie de la conciencia durante años, incluso decenas de años. De ello pueden derivarse transformaciones duraderas del carácter; por eso se dice, y con razón: desde tal o cual acontecimiento «parece otro hombre». Semejantes desventuras no se dan sólo en sujetos que llevan el lastre de una grave herencia o en neuróticos, sino también en personas consideradas normales.

Las perturbaciones suscitadas por las conmociones se llaman en lenguaje técnico fenómenos de disociación. En el curso de los conflictos psíquicos aparecen fallas de esta naturaleza que amenazan con arruinar la estructura quebrantada de la conciencia . El habitante del interior, del mundo normal, que se jacta de no acordarse del mar, no vive tampoco sobre un terreno seguro sino sobre un suelo freático en el que en cualquier momento, por alguna hendidura continental, el mar puede precipitarse poderosamente.

El primitivo conoce este peligro por la vida de su tribu y gracias a su psicología propia; son los peligros del alma, según el término técnico, entre los que cabe distinguir la pretendida pérdida de alma y la posesión. Ambos son signos de disociación. En el primer caso, el primitivo dice que un alma le ha abandonado, que ha emigrado; en el segundo, que un alma, con gran contrariedad por su parte, ha inmigrado a él. Esta manera de expresar las cosas es, sin duda, un poco insólita, pero designa bastante bien esos síntomas que hoy llamamos fenómenos de disociación o estados esquizoides. Tales fenómenos no son síntomas absolutamente morbosos, y se dan también en las latitudes de lo normal. Son, en este caso, transformaciones del sentimiento general de las cosas, saltos irracionales del temperamento, conmociones imprevisibles, aversiones súbitas, agotamientos psíquicos, etc. Se puede observar incluso fenómenos esquizoides análogos a la posesión del primitivo en el hombre considerado normal. Pues éste no es tampoco invulnerable al demonio de la pasión, ni está al abrigo de la posesión, aunque sólo sea por una fatalidad, por un vicio, por una convicción exacerbada; en resumen, por todo un haz de posibilidades que abren un abismo profundo entre él y los otros, suscitando un doloroso desgarramiento de su alma.

La escisión del alma es, para el primitivo, lo mismo que para nosotros, algo incongruente y enfermizo. Nosotros la denominamos conflicto, nerviosismo, demencia. No fue por error por lo que el relato bíblico de la Creación estableció una armonía plena y entera entre las plantas, los animales, los hombres y Dios en el símbolo del Paraíso, al comienzo de todo devenir psíquico, y por lo que discernió el pecado fatal en ese primer asomo de conciencia: «Seréis como dioses, conocedores del Bien y del Mal». Para el espíritu ingenuo, pecar era necesariamente romper la Ley, la unidad sagrada de la noche originaria hecha de una conciencia vaga, difusa, de las cosas y del universo (Allbewusstsein). Era la rebelión satánica del individuo contra la unidad. Era un acto hostil de lo inarmónico contra lo armónico, una ruptura de la alianza universal. Y, por ello, en la maldición divina se dice: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia, y ésta te aplastará la cabeza, y tú la herirás en el talón» . Y, sin embargo, la conquista de la conciencia fue el fruto más precioso del Árbol de la Vida, el arma mágica que confirió al hombre su victoria sobre la tierra y que le permitirá—esperémoslo así, por lo menos—una victoria todavía mayor sobre sí mismo.

Conciencia individual significa ruptura y hostilidad. La humanidad ha hecho innumerables veces tanto en su conjunto como en actos aislados, la penosa y vivaz experiencia de ello. En el individuo, el período de disociación es un período de enfermedad; lo mismo ocurre en la vida de los pueblos. Sería difícil negar que los tiempos actuales no son también una de estas épocas de disociación y de enfermedad. La situación política y social, la dispersión religiosa y filosófica, el arte y la psicología modernas: todo confirma esta opinión. Quienquiera que posea, aunque sólo sea una parcela de sentimiento de responsabilidad humana, ¿puede sentirse a gusto? Con toda sinceridad, es preciso incluso confesar que nadie se siente a gusto en este mundo contemporáneo; el malestar, por otra parte, es creciente. «Crisis» es un término médico que designa siempre un momento peligroso de la enfermedad.

El germen del mal disociador cayó sobre el alma humana el día en que nació la conciencia, a la vez bien supremo y fuente de todos los males. Es difícil juzgar el presente inmediato en que vivimos. Pero si nos remontamos en la historia de la enfermedad espiritual de la humanidad, encontramos accesos anteriores que podemos abarcar más fácilmente con la mirada. Una de las crisis más graves fue la enfermedad del mundo romano en el curso de los primeros siglos de la era cristiana. El fenómeno de disociación se reveló por fisuras de una amplitud sin precedente que disgregaban el estado político y social, las convicciones religiosas y filosóficas, así como por una decadencia deplorable de las artes y las ciencias. Reduzcamos a la humanidad de entonces a las proporciones de un solo individuo; tenemos ante nosotros una personalidad desde todos los puntos de vista altamente diferenciada, que en un principio ha conseguido, con una suprema seguridad en sí mismo, extender su poder en derredor de sí, pero que, una vez alcanzado el éxito, se ha dispersado en un gran número de ocupaciones y de intereses diferentes; hasta tal punto y de tal forma que acabó por olvidar su origen, sus tradiciones e incluso sus recuerdos personales y se imaginó que era idéntica a tal o cual cosa, lo que la precipitó en un conflicto irremediable consigo misma. Este conflicto ocasionó finalmente tal estado de debilidad que el mundo circundante, al que anteriormente había yugulado, hizo en ella una irrupción devastadora que apresuró el proceso de descomposición . El estudio de la naturaleza del alma, al que me he consagrado durante varios decenios, me ha impuesto, como a otros investigadores, el principio de no considerar jamás un hecho psíquico bajo un solo aspecto, sino tener siempre en cuenta también su aspecto contrario. Pues la experiencia, por poco vasta que sea, demuestra que las cosas tienen por lo menos dos caras, y a menudo más. La máxima de Disraeli de no tomar demasiado a la ligera las cosas insignificantes y muy a pecho las cosas importantes es otra expresión de la misma verdad; una tercera versión de ella nos la proporcionaría la hipótesis de que toda manifestación psíquica está compensada interiormente por su contrario o, para recurrir a los proverbios, de que «los extremos se tocan» y de que «no hay mal que por bien no venga» . Así, toda enfermedad que disocia un mundo constituye al mismo tiempo un proceso de curación”

“Los complejos y el Inconsciente”
Editorial Trotta

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