jueves, 10 de abril de 2008

MITOS DEL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA

Revista 27-28, Julio-Diciembre 1996

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Historia
ENCUENTROS Y DESENCUENTROS EN 1492


José Luis Ramírez Huízar
Maestro en ciencias en economía, UAZ;
catedrático UAZ; estudiante del doctorado en historia, UAZ


El título del tema induce de inmediato a pensar en interrogantes ya formuladas por diferentes investigadores:

-¿Ha sido el descubrimiento de América útil o nocivo para el género humano?

-Si del descubrimiento de América se han derivado bienes, ¿cuáles son los medios de conservarlos y aumentarlos? Si ha traído males, ¿cuáles son las formas de remediarlos?

-¿Cuál ha sido la influencia de América en la política, el comercio y las costumbres de Europa?

-¿Merece Colón ser considerado como el descubridor?

-¿O fue Vespucio el verdadero "inventor de América"?

-¿Creía finalmente Colón en la hipótesis asiática?

-Si el descubrimiento de América ha sido útil, ¿cómo puede ser mejor aprovechada esa utilidad? Si ha sido perjudicial, ¿cómo puede disminuirse este perjuicio?

-Cuál es el impacto del Nuevo Mundo sobre el Viejo, después del descubrimiento de América?

Evidentemente, estas preguntas tienen que ver con la historia general de la civilización.

Lo cierto es que Colón no pretendía descubrir "nuevas tierras", sino que buscaba una ruta alternativa para alcanzar más rápidamente el mundo conocido. Cuando en la noche del 11 al 12 octubre de 1492 se da el desembarco de los descubridores, Colón cree estar llegado a Cipango (Japón) y el Catay (China) del Gran Khan. De manera que la terminología "indio" con la cual se designa al individuo de América, se debe a un error de los españoles, de Colón específicamente.

La idea de América fue formulada por Martín Waldseemüller en 1507, al sustituir la descripción clásica del mundo en tres partes (Europa, Asia, Africa), por otra fundada en cuatro partes, proponiendo que esta cuarta parte recién aparecida se llamara América, puesto que había sido descubierta por Américo Vespucio. La elección del femenino se la sugiere la analogía con las otras tres partes del mundo.

Como sabemos, del descubrimiento de América no se supo hasta mucho después. En la noche del 31 de diciembre de 1492, nadie en el mundo sabía que América había sido descubierta. Ni siquiera Cristóbal Colón. No imaginaba entonces el genovés que las islas por él descubiertas: San Salvador o Guanahaní (una de las Lucayas), Juana (Cuba), la Española (Haití) y algunas otras de menor importancia, revelaban un continente inmenso cuya conquista, poblamiento y explotación iban a abrir una nueva era en la historia del mundo.

Es cierto que tiene mucha importancia el grado de coincidencia entre el acontecimiento y la conciencia social, pero no todas las conmemoraciones tienen el mismo sentido. En 1789, por ejemplo, hubo coincidencias casi perfectas entre lo vivido por los contemporáneos y la memoria histórica; al menos en lo esencial. Se supo de inmediato que lo que se vivía no era una rebelión sino una revolución. Lo mismo ocurrió con lo que se refiere a la difusión de las 95 ideas de Lutero, a partir del 31 de octubre de 1517, en donde se advierte que el desfase cronológico no se produce, sino más bien se da una coincidencia casi perfecta.

En el caso del descubrimiento de América ya sabemos que eso no fue así. Nada de eso ocurrió en 1492. América no existía; permanecía insospechada. Si bien los europeos descubrieron América el 12 de octubre de 1492, no se supo hasta mucho después: de doce a quince años más tarde, si nos atenemos sólo a la palabra de los navegantes y los sabios; lo menos una treintena de años, si hacemos caso a la opinión general.

Sin embargo, el descubrimiento de América es esencial porque gracias a él la historia ocupa en adelante la totalidad del campo donde pueden producirse los acontecimientos. Por lo demás, el viaje de 1492 es el resultado de una investigación intelectual: es la idea de la esfericidad de la tierra lo que dio a Colón el impulso decisivo.

La idea o imagen medieval de nuestro mundo a finales del siglo XV estaba aún regido por la concepción aristotélica sobre el universo físico y por las nociones astronómicas (geocentrismo) de Ptolomeo.

Lo cierto es que, desde principios de siglo XVI y con mayor motivo después de los años 1519-1522, comienza a repensarse el mundo y por mucho que se respete a los antiguos en la Europa de los humanistas, hay que decidirse a una revisión desgarradora.

En esa revisión, en ese repensamiento del mundo, afloraron posturas eclesiásticas y científicas. A las posturas eclesiásticas habría que agregar ciertos mitos.

El descubrimiento de América acaba con los mitos y fábulas clásicas y medievales. Lo más que pudo atisbar el desencantado almirante en su famoso primer viaje fue una feísima sirena, que no era tal sino un manatí. El mundo mágico de cíclopes, cinocéfalos, bicéfalos, bipópodos, saurigormes, amazonas, sirenas, polifemos, lastrigones, panotios, exiopodos, etc., había dejado de existir.

Colón fue un individuo con ideas muy avanzadas respecto a la mentalidad prevaleciente en los pueblos de Europa. En aquellos pueblos las ideas persistentes y colectivas que regían el pensamiento y la forma de ser de la gente; sus raíces profundas y lo que le daba sentido histórico a aquellas comunidades, no podían aceptar los planteamientos de Colón.

Se trata de un caso típico en donde se puede observar cómo la idea cambia más rápido que la mentalidad y no sólo eso, sino que la idea entra en contradicción con la mentalidad.

Sabemos que las ideas trasforman o pueden trasformar la mentalidad, pero en casos como estos es cuando nos preguntamos qué es lo más importante, si la mentalidad o la idea.

A Colón le tocó una época en la que prevalecía la visión cristiana y en donde por consiguiente, la creación, la encarnación de Jesucristo y el juicio universal estaban muy arraigadas entre los ciudadanos formando parte de la mentalidad de los pueblos. Inclusive, no obstante lo avanzado de las ideas de Colón, él mismo tenía una visión cristiana y se inspiraba de manera fundamental en los dogmas bíblicos.

En aquella época se considera a cada cosa como individualizada, con vida propia; se creía que todo era así por voluntad divina; se piensa que la historia es la obra de Dios y sólo interesaban los valores eternos. Es una época donde los conocimientos se trasmiten pero no se investigan, pues la investigación de los sucesos naturales, aunque era necesaria, se consideraba impertinente; de manera que la historia era un sermón más que una ciencia. Es la edad de las autoridades, como San Agustín, Santo Tomás, San Isidoro de Sevilla; de hecho todo es teología y la influencia de San Agustín pesó en Europa durante mil años. En esta época se parte de la idea de que el creador de todo es Dios; no existe la idea de la evolución; se tiene una idea teocéntrica y teocrática; se tiene una idea cristocéntrica y cristológica, porque Cristo es el centro, la cruz, la reconquista.

De manera es que el avance del conocimiento en esta época realmente estaba paralizado; por eso es que resultó tan importante y trascendental el descubrimiento de América, pues con ello Colón, por vía de los hechos, cuestionaba a las autoridades. Desafortunadamente Colón murió sin saber que había descubierto el Nuevo Mundo.

Como decíamos, en el siglo XV el pasado se construye con base en la fe y durante toda la Edad Media el conocimiento se justifica por la fe. No obstante, en Colón está latente la idea de pasar de la fe a la investigación, lo que suponía fundamentarse en la razón y, lo más importante, cuestionar la tradición. Esto habla de una lucha por conocer la verdad, muy aparejada con la crisis del ver y oír como manera de compenetrar la realidad. A Colón no le bastaba con ver, sino que quería pensar lo que veía y comprobar lo que oía. Evidentemente, se trataba de un tipo exageradamente sensible que en el fondo se estaba planteando demostrar aspectos que venían a cuestionar las tesis del Génesis bíblico, no obstante ser un cristiano convencido.

El descubrimiento de América vino a cuestionar las tesis de Tales de Mileto (624-546 aC), quien sostuvo que todo era agua y que la tierra brotaba y flotaba sobre ella; a Anaximandro (610-? aC), que pensaba a la tierra como un cilindro; a Anaxímenes (379-320 aC) quien dijo que todo era vapor y que a través de él se explicaba el sistema solar; a Parménides de Elea (515-? aC), quien sostuvo que el universo era una esfera sólida e inmutable; a Empédocles de Agrigento (490-? aC), quien consideró que las cuatro sustancias primarias eran el aire, tierra, agua y fuego; a Platón (428-347 aC), quien tuvo una visión espiritual de la constitución del mundo, pues afirmó que el alma existe antes que todo y es lo que mueve todo.

Evidentemente, a la vez que la acción de Colón cuestionaba los planteamientos de los sabios mencionados, fue en ellos en quienes se apoyó para arribar a niveles cognoscitivos superiores; sobre todo en sabios como Pitágoras de Samos (571-497 aC), quién afirmó la esfericidad de la tierra, desplazándola como centro del sistema; Demócrito de Abdera (460-? aC), quien dijo que el mundo estaba compuesto por átomos y vacío; Aristóteles (384-322 aC), quien afirmó que los cielos eran una esfera que giraba en círculo; Heráclides Póntico (s. IV aC), quien sostuvo que Venus y Mercurio giran no alrededor de la tierra sino del sol y cree que la tierra rota sobre su propio eje, descubriendo así el doble movimiento de la tierra; Aristarco de Samos (270 aC), quien sostiene que el sol es el centro del sistema que permanece estático y que la tierra gira en torno a él; Erastótenes (276-196 aC), quien hizo aportaciones importantes sobre el diámetro de la tierra; Ptolomeo (s. II dC), una gran figura que representa la síntesis de todos los conocimientos clásicos acerca del mundo y de la humanidad, siendo autoridad hasta el siglo XVI.

Debemos entender que fue Colón quien por primera vez realiza un viaje trasatlántico y que por ese solo hecho su viaje era ya histórico, aunque no hubiera descubierto nada. Pero el hecho es que vino a descubrir nada menos que un Nuevo Mundo, razón por la cual su viaje fue doblemente histórico. Por lo demás, en Europa se tenía la idea de que, así como Moisés fue elegido para guiar a su pueblo en el desierto, asimismo España, a través de Colón, había sido el país elegido para conquistar el Nuevo Mundo y actuar contra los diablos y hechiceros; Colón mismo llegó a compararse con el David y Moisés bíblicos.

A 1492 se le considera como la fecha bisagra entre la Edad Media y la época moderna. En este sentido, se afirma que América es hija de la Edad Media pero madre de la modernidad; aunque para observar una ruptura que nos satisfaga, habrá que penetrar a las dos o tres primeras décadas del siglo XVI, pues son los años 1520 los que marcan de manera irrefutable la llegada de los tiempos nuevos.

Así como la civilización romana, siendo la última civilización del mundo antiguo se convierte en el crisol de todas la sociedades antiguas, y la caída del imperio Romano en un referente del fin del mundo antiguo (que no del inicio de la Edad Media), así también el descubrimiento de América y concretamente el año 1492 se convierte en la fecha bisagra entre la Edad Media y la época moderna.

Generalmente se cree que el descubrimiento de América sólo implicó beneficios para los aborígenes asustadizos e incultos que creyeron a los europeos como los únicos con capacidad de aportar cultura, saber, técnica, etc. Sin embargo, América también tuvo su impacto en Europa. El hecho mismo del descubrimiento constituía una prueba de que en Europa, no obstante su saber acumulado a través de los siglos, ignoraban las nuevas realidades que, por lo demás, habrían de cuestionar sus haberes cognoscitivos.

De manera es que el encuentro supuso grandes ventajas -y también desventajas- para un continente y otro; aunque en muchos aspectos implicó un gran desplante de violencia y destrucción para la humanidad.

El encuentro entre dos culturas fue difícil y trascurrió bajo una relación de asimetría casi absoluta; lo cual explica la serie de abusos que unos cometieron contra los otros y que puede verse claramente reflejada en el intercambio de regalos con apariencia sustancial a cambio de oro.

En este encuentro quedó manifiesto un mutuo desconocimiento respecto a la totalidad de los elementos de la civilización correspondiente: formas de pensamiento, supersticiones, prácticas idólatras o religiosas, lenguas, cultura, religión. Pero dos cosas estaban muy presentes: la acción y postura de superioridad europea que los colocaba en una situación de mando y la actitud de dependencia e inferioridad de los indios americanos que los colocaban en una situación de obediencia.

¿Por qué esta situación? ¿Por qué los europeos actuaban como si en verdad fueran dioses y los indios como si en verdad fueran indios? ¿Qué lo conveniente no hubiera sido el desplante y la actitud de complementariedad e interrelación en todos los sentidos? Una actitud así sin lugar a dudas hubiera resultado positiva para la humanidad como tal, independientemente de cómo le hubiera resultado a España.

Sin embargo, creo que es aquí donde queda claramente manifiesto que los objetivos de España eran, como los de cualquier país poderoso, la expansión y acrecentamiento de sus espacios comerciales, a costa de lo que fuera: de la guerra, la destrucción, etc. Por eso no le preocupó en lo más mínimo la instrumentación de acciones destructoras de costumbres, creencias, cultura, maneras de vivir, etc., toda vez que aquello le implicaba seguir manteniendo su carácter de potencia principal en el mundo.

De hecho, el encuentro entre dos mundos que se produce con el descubrimiento de América nos muestra cómo individuos con alta capacidad para aprender y asimilar lo que constituye el bagaje cultural de otros, hasta ponernos a tono con los avances culturales generales de la humanidad. Sin embargo, nos muestra como seres que desde un principio hemos dependido de otros para poder ser lo que somos y la imposibilidad histórica que hasta ahora se nos ha presentado para poder trascender niveles y ser pioneros en el desarrollo de la humanidad.

No obstante los grandes cambios operados a lo largo de quinientos años, a partir del descubrimiento la humanidad como tal pareciera sumergida en una situación de inalterabilidad y ausencia sustancial de cambios y trasformaciones que la conviertan en una verdadera protección y vanguardia de momentos y situaciones posteriores. Finalmente, refleja a individuos acostumbrados a lo ordinario, absorbidos en empresas mediocres e intrascendentes y acostumbrados a tolerar y sobrellevar lo que ya no se debe seguir soportando. Es decir, nuestra época se sigue caracterizando más por la continuidad que por el cambio.

Como hemos visto, la historia universal tiene sus bases en el mundo antiguo; mientras que la historia del Nuevo Mundo y concretamente la historia de México, en buena medida, tiene sus bases en el descubrimiento de América. A partir de entonces, aunque específicamente a partir de la conquista de México por Hernán Cortés, en nuestro territorio se ha procurado la mejor instrumentación de la fórmula del poder político, a saber: tomarlo, mantenerlo, legitimarlo y trasmitirlo, procurando asegurar (sin lograrlo jamás) la estabilidad y el desarrollo.

Para concluir, señalo que al comentar la empresa de Colón debemos esforzarnos por tratar de comprender, o por lo menos tener la referencia del marco político, para luego entrar a hablar de otras cuestiones. Es decir, para poder referirnos a algo muy concreto de aquella empresa, debemos insertarnos en el marco general donde ocurre.

Por otra parte, conviene destacar que si bien a través de la historia la libertad de los hombres a pensar lo que quieren siempre ha sido cuestionada, Colón fue un individuo que tuvo claro aquello que todo hombre debiera saber: ningún resultado del progreso humano se logra con el consenso de todos, y los seres iluminados están condenados a seguir la luz, a pesar de los demás. Fue un individuo que dejó de lado la equivocada idea de que el abrir los libros mata y, por el contrario, tuvo claro que si bien los libros son un instrumento peligroso, finalmente la historia resulta ser un arma cargada de futuro.

Notas

1. Bartolomé y Lucile Bennassar, «1492, ¿un mundo nuevo?», Nerea, 1992.

2. José Alcina Franch, "La cosmovisión mexicana en el contexto de Mesoamérica", «Congreso de historia del Descubrimiento (1492-1556): actas (ponencias y comunicaciones)», tomo I, Madrid: Real Academia de la Historia, Confederación española de cajas de ahorros, 1992.

3. Juan Gil, «El libro de Marco Polo anotado por Cristóbal Colón», Madrid: Alianza, 1987.

4. Claude Kappler, «Monstruos, demonios y maravillas a finales de la Edad Media», Madrid: Akal, 1986.

5. Leopoldo Zea, «El descubrimiento de América y su impacto en la historia», México: FCE, 1991.

6. J. H. Elliot, «El viejo mundo y el nuevo (1492-1650)», Madrid: Alianza, 1972.

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