sábado, 23 de agosto de 2008

COSMOVISION EN EL ANTIGUO EGIPTO

Si ha existido una civilización a la que podemos atribuir una ciencia, una magia, una política y un arte «sagrados», es sin duda el Antiguo Egipto. No cabe duda que esta tierra bañada por el Sol y fecundada por las aguas del Nilo, ha sido especialmente bendecida por los Dioses; unos Dioses cuya presencia subyace inmanente en la Naturaleza y cuya energía ilumina todos los actos de la vida del hombre egipcio. Es por eso que su medicina, su arquitectura, su escultura, su escritura, su literatura, sus leyes y aún sus propias instituciones gubernamentales del estado dirigidas mayormente por sabios, escribas y sacerdotes, son ante todo «sagrados», ya que ultérrimamente cualquier función, cargo o profesión, conforma en esencia una forma de sacerdocio a través del cual el hombre egipcio sirve a la «Regla de Maat», colaborando así con el orden cósmico de la existencia establecido por Ra al inicio de la Creación. Este rasgo singular ha hecho que algunos historiadores generalicen la cuestión afirmando que «todo en Egipto es religión», lo cual es una verdad solo a medias, pues no se trata de Religión en el sentido que damos a esta palabra hoy en día, sino que en relación a Egipto habría que emplear el término latino religare en su más profundo significado etimológico. Entonces podríamos decir que «todo en Egipto posee un vínculo trascendente con lo divino», un vínculo que se renueva periódicamente en los templos a través de sus rituales mágicos, sus ofrendas divinas, sus fiestas sagradas, sus ceremonias de regeneración e incluso por medio de sus trabajos y tareas cotidianas, religando al hombre una y otra vez con aquellos principios cósmicos que hacen posible la generación y regeneración de la vida en todos los planos de la existencia.

Precisamente, este sentido de renovación periódica que reunifica al hombre con la divina fuente original de la existencia es lo que fundamenta en el pensamiento egipcio el sentimiento de lo sagrado, pues todo aquello que acerca al hombre hacia dicha fuente primordial, otorgando a su vida valor, sentido y trascendencia, es «lo sagrado». Mientras que todo aquello que lo aleja de ella, precipitando su vida y su mundo hacia el desgaste, la aniquilación y la nada es «lo profano». Por ello, como muy bien explica el historiador de las religiones Mircea Eliade: «El hombre de las sociedades tradicionales tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado. Esta tendencia es comprensible, pues lo sagrado equivale a la potencia y, en definitiva a la realidad por excelencia. Lo sagrado está saturado de ser. Potencia sagrada quiere decir a la vez realidad, perennidad y eficacia. La oposición sacro-profano se traduce a menudo como una oposición entre real e irreal. Es pues natural, que el hombre religioso desee profundamente ser, participar en la realidad, saturarse de poder»

Esta necesidad de habitar un «mundo sagrado» es sin duda lo que orienta la vida del hombre egipcio y también su muerte y su preexistencia en el «Más Allá» dando una dimensión trascendente a su existencia. Por eso su país, al que ellos llamaban «Ta-meri», que significa «la Tierra Amada», no era sólo un espacio geográfico, sino el espacio sagrado por excelencia, la tierra sagrada bendecida por la presencia de sus Dioses en cuya cercana compañía ellos deseaban vivir y también morir, a fin de poder seguir existiendo eficazmente en el mundo divino del Más Allá. Por eso, como se ve en la obra Sinué el egipcio, ningún habitante de las Dos Tierras quería ser enterrado fuera de las fronteras de Egipto, pues eso suponía morir en un espacio profano habitado por las terribles fuerzas destructivas del Caos, cuyo poder de aniquilación precipitarían su alma o «Ba» en los tenebrosos abismos de la nada, pues como bien señala Hornung: «En este abismo sin fondo viven también los enemigos de los Dioses». Eso explica tambien por qué Egipto está lleno de templos, tumbas y pirámides, pues movidos por el profundo anhelo de vivir «en sagrado», ellos levantaron por doquier bellos monumentos a la divinidad y, al hacerlo, consagraron la tierra que habitaban convirtiendo su espacio vital en una geografía sagrada. Asimismo, al edificar colosales tumbas de piedra los egipcios no rendían culto a la muerte sino a la «Inmortalidad» y por eso llamaron a sus tumbas «moradas de eternidad».



La Cosmovisión Sagrada: el Cielo, la Tierra y el Mas Allá

Sería difícil entender el valor que tenía en Egipto lo sagrado si no tenemos en cuenta su visión del mundo y el significado que ellos daban a la vida, la muerte y el Más Allá. La cosmovisión egipcia, como la de casi todas las culturas tradicionales, concibe tres mundos o planos de existencia, que son: el Cielo, la Tierra y el Inframundo. El Cielo, metafóricamente identificado con el firmamento estrellado, es

el mundo de los Dioses, donde residen tambien los Antepasados reales o Ancestros y los Espíritus Glorificados; es decir, aquellos que han trascendido ya la condición humana alcanzando la inmortalidad divina. La Tierra es el mundo de los «vivos» donde habitan los hombres y las demás criaturas de la Naturaleza desde el nacimiento hasta la muerte. Y el Inframundo o «Más Allá» es el plano intermedio entre la Tierra y el Cielo habitado por las oscuras fuerzas del Caos, las divinidades del «Mundo Inferior» y, temporalmente, por el alma de los difuntos en su largo viaje de tránsito hacia el mundo celeste.


Según la cosmovisión egipcia el hombre es un ser de naturaleza divina nacido de las lágrimas de Ra y por tanto su verdadera patria original está en las estrellas o mundo celeste, junto a sus padres los «Señores de la Eternidad». Así pues para ellos la vida en la Tierra no era algo definitivo, sino una etapa de tránsito en su largo viaje hacia la eternidad, una eficaz escuela de enseñanza que le brindaba al hombre la oportunidad de aprender y ejercitarse en el verdadero arte de vivir conforme a la Maat, la «divina Armonía universal». Un arte cuyos principios se enseñaban en la «Casa de la Vida» de maestro a discípulo, y también en la familia a través de la educación que los padres daban a sus hijos, conformando así una tradición viva y sagrada cuyas enseñanzas, transmitidas tanto oralmente como por escrito, hacían posible el traspaso eficaz de una Sabiduría ancestral acumulada durante siglos, que mostraba de forma simple y directa cómo se podía llegar a alcanzar la verdadera maestría en el «arte de vivir», aprendiendo a superar diariamente los diversos obstáculos y contradicciones que impone al hombre su existencia mortal, orientando permanentemente su conducta en el recto ejercicio del bien y la equidad. De esta forma la vida de los grandes sabios les servía de modelo de inspiración y sus valiosos consejos y enseñanzas -recogidos en los textos sapienciales- trazaban el ideal de un «arte de vivir» en el que la verdad, el respeto, la tolerancia, el bien y la equidad, eran bienes muy deseables que conducían al hombre hacia una existencia plena y feliz, no solo durante su estancia en la tierra, sino tambien en el Más Allá. Por eso el sabio Beky, como tantos otros, dejó grabada en su estela funeraria la siguiente enseñanza: «He conducido con rectitud mi existencia. Yo conozco la alegría cumpliendo la Maat, pues sé que ella es luminosa para quien la practica en la Tierra, desde su nacimiento hasta la muerte. Ella es una sólida protección para quien la pronuncia en el día en que comparece ante la cofradía del tribunal de Osiris. ¡Escuchadme, oh vosotros los que vais a venir a la existencia!: Practicad cada día de vuestra vida la rectitud, pues es un fruto del que nadie se sacia. Atravesaréis así la existencia con alegría en el corazón hasta el momento de dirigiros al hermoso Occidente».

No cabe duda pues, que en el Antiguo Egipto es lo divino y lo eterno lo que ocupa el eje central de su cosmovisión y de su pensamiento; y por eso el pueblo egipcio siente la necesidad de habitar en un mundo sagrado, un mundo real, puro y significativo; santificado por la esencia y la presencia de las «divinas potencias cósmicas». Precisamente, esta sed ontológica de vivir «lo sagrado» es lo que despierta en el hombre egipcio la necesidad de recrear en la tierra un «orden celeste» para poder ritmar su existencia con aquellos principios que rigen la divina armonía universal de Maat. Espacio sagrado y tiempo sagrado trazan así los dos ejes fundamentales que orientan la cosmovisión del Antiguo Egipto, de tal forma que la sacralización del espacio da lugar a la geografía mítica y a la arquitectura sagrada; mientras que la sacralización del tiempo se opera a través del calendario ritual cuya función es instaurar las diversas fiestas, ritos y ceremonias mágicas en virtud de las cuales el tiempo profano se transformaba periódicamente en un tiempo sagrado.



La Magia Ritual y el poder de la «Consagratio».

Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿cómo sacralizaban las cosas los antiguos egipcios? Obviamente a través de la magia ritual, pero conviene recordar que la magia era para ellos un atributo divino, especialmente de Ra, que podía tambien ser empleada por los hombres. Personificada por la


diosa «Heka», la magia egipcia era una energía divina orientada al servicio de las potencias de la vida y a proteger el «País de las Dos Tierras» del ataque de las oscuras fuerzas del Caos, simbólicamente identificadas por los pueblos enemigos que periódicamente intentaban invadir Egipto -nubios, hicsos, beduinos, asiáticos, etc-. Situada bajo la protección de grandes divinidades mistéricas como Isis o Thot, la magia ritual era pues una ciencia sagrada cuyos misterios eran oficiados en los templos por grandes magos, hierofantes y sacerdotes iniciados, cuyo sumo pontífice era el Faraón o Rey-Sacerdote, que asumía el rol de intermediario entre los Dioses y los hombres.

Asimismo, en los diversos rituales de magia, tanto si eran de inauguración, propiciación, consagración, regeneración o protección, sabemos que ellos empleaban simultáneamente las imágenes y los símbolos junto a ciertos objetos de poder, instrumentos sagrados y herramientas rituales, mientras los sacerdotes lectores o magos-ritualistas pronunciaban las secretas palabras de poder, haciendo venir a la existencia aquellas realidades sutiles que eran invocadas. Y así es como los egipcios sacralizaban su espacio vital haciendo que lo divino se reflejara eficazmente sobre la Tierra, protegiendo su vida y su mundo de las terribles fuerzas del caos.

Por otro lado vemos que en lengua jeroglífica la palabra «sagrado», se escribe siempre con el signo trilítero dyeser que representa un brazo portando un cetro. Se trata del cetro comúnmente conocido como «sejem», símbolo de poder, fuerza y autoridad, que aparece con frecuencia representado en manos del rey, el visir y los altos cargos sacerdotales en el cumplimiento de sus obligaciones. Esto explica por qué las escenas que muestran el ritual de consagración de un templo, una capilla, un obelisco o una estatua divina, aparece casi siempre el Rey portando en su mano el cetro Sejem, como se observa en la figura de la izquierda, donde vemos al rey Tutmosis III con este cetro consagrando las ofrendas a su padre Amón en el templo de Karnak. Personificación del poder, la fuerza y la autoridad, el cetro Sejem era imprescindible en multitud de ceremonias mágicas ya que simboliza «la energía del espíritu divino»; una energía sutil, potente y luminosa, que, al proyectarse sobre los seres y las cosas, las sacraliza y las hace brillar animadas con el resplandor de lo divino. Precisamente este es el significado del jeroglífico sedyeser (consagrar), pues si lo sagrado es la energía del Espíritu divino, consagrar es el rito por excelencia que permite al hombre infundir esa energía en las realidades terrestres poniéndolas en concordancia con el «orden divino de la Creación».

Pero ¿qué hacía falta para que algo pudiera ser consagrado? Al parecer un requisito indispensable era la «pureza», pues para el pensamiento egipcio es impensable que «lo divino» pueda reflejarse en algo «impuro», de ahí la necesidad de realizar toda una serie de ritos previos de purificación que obligaban tanto a los sacerdotes oficiantes y al lugar donde se celebraba el culto, como a los símbolos, vestiduras y utensilios que debían usarse durante el ritual. Por eso la palabra Wab, que se traduce como «puro», significa también «sacerdote». No cabe duda que en esto los egipcios eran muy rigurosos y exigentes, pues una persona impura quedaba proscrita de los lugares sagrados, incluyendo las capillas adosadas a las tumbas privadas. Las maldiciones de las tumbas iban dirigidas a la impureza más que a los robos. «A todo hombre que entre impuro en esta tumba, lo cogeré por el cuello como un pájaro y será juzgado por ello por el gran Dios», declara Herjuf en la capilla de su tumba en Elefantina. Por otro lado la pureza no sólo era una condición necesaria para poder mantener vivo el vínculo con la divina energía de lo sagrado durante su vida aquí en la tierra, sino también para realizar con éxito el misterioso viaje por el Más Allá y alcanzar, tras el juicio del Alma, la glorificación divina.

Por eso en el Libro de los Muertos vemos que al llegar a la «Sala del Juicio», el difunto exclama: «Llego aquí para dar testimonio de la verdad, con objeto de que la balanza sea establecida... pues nada he hecho que no sea verdadero y justo. Mi pecho es puro, pues lo he lavado. En el lago de Maat he purificado mi espalda y mis entrañas. No hay parte alguna de mi ser que no participe de Maat (la Verdad-Justicia). Yo me he purificado de todos los pecados.» Y más adelante, cuando alcanza el proceso de la glorificación divina, el alma proclama: «Yo soy el Loto Misterioso, esplendor de la pureza. Yo avanzo en medio de los Espíritus santificados hacia las ventanas de la nariz de Ra ¡Mirad! ¡Yo soy puro! ¡Yo llego a los campos de los bienaventurados!»