sábado, 23 de agosto de 2008

EDIPO : TERCERA PARTE

EDIPO:

TERCERA PARTE

Pero no es correcto decir que sea el héroe el que busque ávidamente a la madre. Mucho mejor dicho sería: la Madre, el Arquetipo, se busca a sí mismo a través del héroe, y por eso es muy díficil distinguir a veces si es el hijo predilecto (“prístino hijo de la madre”, como se llamaba a sí mismo Jung, parafraseando a los alquimistas) el que la busca a ella o es ella la que lo atrae magnéticamente a él a través de su periplo.

Este periplo de héroe es por tanto un camino que se aleja siempre del origen buscando el origen mismo, así que no es de extrañar que su dibujo sea circular típicamente. Hoy sabemos que visto en cuatro dimensiones, en perspectiva espaciotemporal, la circumanbulatio que describe el auténtico desarrollo psíquico no es una circunferencia, sino una espiral.

A veces las biografías son muy geométricamente descriptivas en este sentido. Un analizando, justo antes de realizar una travesía lejana, una gran aventura que en principio lo despedía para siempre de su origen natal, tuvo este sueño, del que sólo contaré lo que para ahora nos es útil: “Estoy en el punto de salida de la pista circular de un estadio olímpico, tan grande, que recorre el mundo entero. Veo como mi prometida, que es a la vez mi madre, se mete en un ascensor y desciende, y entonces se pierde. Ahí empieza mi recorrido, pues tengo que recuperarla...” Este sueño acababa retornando al punto de partida, después de pasar por infinitas peripecias around the world, y, en la vida real, en contra de los planes de este paciente, así sucedió realmente.

En este sueño y esta anécdota real, se superponen y sabotean los deseos del yo con aquella “concupiscentia ex machina” de la que hablaba al principio, la ley interna del arquetipo, dotando como vemos a las figuras de significados ocultos, ambiguos, dobles, y a la trayectoria de una estructura a priori que magnéticamente atrae hacia una forma circular donde ir es venir y viceversa.

Si apelamos a una psicología personalista para explicar estos galimatías dinámicos, siempre acabamos entrado en contradicciones. Sólo conceptos tales como Anima, a la postre Diosa, que colocan el fundamento dinámico de la atracción más allá de la figurización personal, englobando a madre y amante, y el concepto trascendente de individuación que engloba la sed de aventuras, experiencias y vivencias exógamas con el endogámico conocerse y retornar a sí mismo, nos dan un sustento adecuado para empezar a entender en qué nivel pueden comenzar a interpretarse con cierto fundamento estos hechos internos y externos.

Quien más lejos debe llegar en la vida, es quien más profundo retorna a sí mismo. Esa es la máxima que subtiende historias como la del analizando anterior, el periplo del héroe universal desde el plano mítico, y por ende, la trayectoria vital de nuestro Edipo.

Hace rato que vimos que el deseo edípico no nos valía para entender las razones de los hechos principales acaecidos en el mito al protagonista. Ahora vemos que al deseo personal en sí, hablando universalmente, más consciente o inconsciente, se sobrepone una dinámica psíquica muchísimo más vasta, a partir de una psique que lejos de ser “personal e intransferible” (a la manera en que entendemos nuestra relación con el cuerpo), se extiende como sistema abierto a un entramado cósmico donde existe un orden implicado que ahora llamamos arquetípico, que se inserta también en el mundo y el cosmos, de manera que ya no podemos referirnos a la psique sólo a través de las pulsiones y deseos que somos capaces de inventariar e inferir desde el yo, sino mucho más profundamente, a través de lo que sucede, pues lo que sucede, lo que se plasma alrededor del sujeto y es de su incumbencia (aunque por ingenuidad ni lo note ni lo sepa) expresa su móvil psíquico y el decurso de la libido que lo sostiene tanto o más que su hambre, su miedo, o su celo. Con estas disquisiciones hollamos el mágico terreno de la sincronicidad.

También apuntamos la idea contrapuesta a aquella que hace partir el deseo en el complejo materno edípico sólo desde el ello-yo hacia el objeto externo, porque situamos también a la imago materna, el “objeto”, en el interior, y sin perder la connotación de Otro, le adjudicamos una parte de psique propia, la scintilla del arquetipo al que inviste, que es capaz por lo tanto de “desear” muchas cosas autónomamente, y entre ellas, “desear al yo”. En torno a esto apuntamos que en la relación madre e hijo concreta, no podemos obviar que el deseo de la madre hacia él pueda ser el móvil del reencuentro o la retención posesiva y no al contrario, y porque esta circunstancia parte de un arquetipo, por eso decimos míticamente que al héroe lo busca su madre, el dragón, tanto o más que puede buscarlos él mismo. De aquí hablamos de madre devoradora como arquetipo, y comprendemos la realidad psíquica de figuraciones tales como vampiras, lamias, súcubos y sirenas.

Hush now baby, baby, dont you cry.
Mama's gonna make all of
your nightmares come true.

Roger Waters, Mother/The Wall

Ahora que vamos a ocuparnos del regreso al origen de Edipo, su Tebas natal (después de haber tratado este punto como llegada a su destino y sentido espiritual y vocacional, y después de haber aclarado de qué manera se sobreponen en el mito heroico el avanzar y el regresar), es momento de hacer recuento de las cualidades del arquetipo que nos vamos a encontrar en este mitema:

“El arquetipo de la madre tiene, como todo arquetipo, una cantidad casi imprevisible de aspectos. Citando sólo algunas formas típicas tenemos: la madre y abuela personales; la madrastra y la suegra; cualquier mujer con la cual se está en relación, incluyendo también el aya o niñera; el remoto antepasado femenino y la mujer blanca; en sentido figurado, más elevado, la diosa, especialmente la madre de Dios, la Virgen (como madre rejuvenecida, por ejemplo, Demeter y Ceres), Sophia (como madre amante, a veces también del tipo Cibeles-Atis, o como hija (madre rejuvenecida-amante); la meta del anhelo de salvación (Paraíso, reino de Dios, Jerusalén celestial); en sentido más amplio la iglesia, la universidad, la ciudad, el país, el cielo, la tierra, el bosque, el mar y el estanque; la materia, el inframundo y la luna; en sentido más estricto, como sitio de nacimianto o engendramiento: el campo, el jardín, el peñasco, la cueva, el árbol, el manantial, la fuente profunda, la pila bautismal, la flor como vasija (rosa y loto); como círculo mágico (mandala como padma) o como tipo de la cornucopia; y en el sentido más estricto la matriz, toda forma hueca (por ejemplo, la tuerca); los yoni; el horno, la olla; como animal la vaca, la liebre y todo animal útil en general.

Todos estos símbolos pueden tener un sentido positivo, favorable o un sentido negativo, nefasto. Un aspecto ambivalente es la diosa del destino (parcas, graeas, nornas); uno nefasto, la bruja, el dragón (todo animal que devora o envuelve a sus víctimas en un abrazo, como un gran pez o la serpiente, la tumba, el sarcófago, la profundidad de las aguas, la muerte, el fantasma nocturno y el cuco (tipo Empusa, Lilith, etcétera)...” (35)

Entendiendo ya cómo es la Madre la que le sale al paso a Edipo, tomándolo por sorpresa, podemos percibir claramente que la Esfinge forma parte de una de las constelaciones particulares del mismo arquetipo. Distintas versiones nos cuentan su genealogía, todas bastante monstruosas. O era hija de Tifón y Equidna, o de ésta y su hijo el perro Orto, en relación incestuosa (ya señalé antes de qué manera el incesto acometido, conduce rápidamente hacia la animalización regresiva). Incluso hay una versión que la hace hija de Layo, por lo tanto hermana del mismo Edipo. No nos extrañaría esta circunstancia, pues ya sabemos cómo el héroe es en verdad el mismo dragón al que derrota. En todos los casos, la Esfinge sigue los pasos de su madre: la Equidna era un ser mitad mujer mitad serpiente que asesinaba a todos los viandantes que se acercaban a su cueva. Su hija decidió imitarla, tomando como asiento el monte Ficio, maldiciendo por ello a Tebas.

El héroe siempre es estimulado a solucionar acertijos; nuevamente piénsese por ejemplo en Perceval, al toparse con el desfile espectral dentro del castillo del Grial, y su misterio a resolver subyacente. Edipo se encontrará con la paradigmática Esfinge.

Hemos visto antes que una de las acepciones del arquetipo materno, que prefiero ya englobarlo en el más general de lo Femenino, era la de Sofía. En otro lugar me he ocupado de este aspecto del alma femenina que como diosa virgen-madre, por ejemplo como María, y como diosa madre-amante aún más diferenciada y superior, Sofía, apoya e instiga el aspecto Logos de la conciencia masculina. Es una cara del anima que alimenta, sostiene e instiga las cualidades mentales y espirituales tan queridas a esta conciencia. Como Diosa Madre Blanca, fomenta la introvesión, el retiro y la castidad, en el aspecto lunar etéreo de lo femenino (Sofía incluye la terrenalidad del arquetipo). Bien, la Esfinge es el aspecto más terrible de este eterno femenino. Carga al yo con preguntas constantes, acertijos, y lo obliga una y otra vez a debatirse en pensamientos obsesivos. La ansiedad neurótica acostumbradamente tiene ese sesgo de angustia cósmica, existencial, y su pánico está lleno de preguntas a menudo directamente filosóficas sobre el sentido (recordemos a un Poe, a un Kierkegaard). Ahí está actuando la Esfinge detrás de bastidores, y la relación con las parafilias que incluye su mitema, tal y como vimos antes, nos hace un dibujo bastante completo del mundo interior neurótico, especialmente del mundo interior de la neurosis que Freud llamaba obsesiva. En los cuentos donde aparece una cruel princesita que pone como reto a sus pretendientes una adivinanza, y si no la responden, los mata (Turandot), estamos viendo lo mismo. Es la compulsión a la reflexión obsesiva tan propia de la nigredo, que a veces como un koan, conduce a trascender la mente y a encontrar nuevas premisas paradigmáticas en cuanto a sí mismo y a la vida; otras, a la muerte del yo por devoramiento del inconsciente, y a la paralización total de la vida en un rumiar constante que se convierte en un girar y girar sobre los mismos temas como perro persiguiéndose la cola.

En la etapa de nigredo se encontraba Tebas asediada por el inquisidor monstruo. Edipo venía de un largo peregrinar solo, como un exilio en el desierto, con sed de aventuras y vida, sí, pero probablemente bastante desconcertado por el resultado de sus primeras pesquisas, metido en sí mismo, malhumorado, taciturno y pensativo. Y ese estado, en lo que supone de introvertido, es la perfecta preparación para encarar el problema de la Esfinge. Descendió hasta el reino de la madre terrible, y desveló el primero de sus enigmas. Le robó su tesoro, un tesoro que era suyo. Superó con total éxito esta incial prueba de encontrarse consigo mismo, y obtuvo la necesaria recompensa. Pues quien demuestra que es superior al resto, por ley está obligado a gobernar sobre los demás. Layo demostró lo contrario, y así fue destituido a favor del que sí mostró su valor. La respuesta de Edipo inauguró la luz del albedo para Tebas, y un periodo de progresiva y extravertida prosperidad.

En este punto del mito del héroe el sol consciente ha llegado a un cénit. Una cualidad ha sido desarrollada suficientemente desde su raíz, un trozo de Ello ha advenido Yo. En este caso se trata de las funciones principales de Edipo, aquellas que giran en torno al Logos; es un rey muy cabal.

Pero con ésto no se acaba el proceso, y precisamente llegado a lo mejor habría que esperar y predecir, si el mito ya de entrada no nos contara eso mismo, que oculta y al acecho está la semilla de lo peor que haga a ese sol nuevamente declinar. Un proceso inexorable y cíclico.

Sabemos en qué va a consistir eso peor que será el áspid que haga tropezar y caer a este Ra. Obviando el también trágico motivo del parricidio, ocúpemonos ahora del incesto con su madre, Yocasta.

Sobre el motivo del incesto, dice Edinger:

“Freud fue el descubridor del arquetipo del incesto. Lo llamó complejo de Edipo y lo interpretó concreta y personalistamente. Jung cogió ese motivo y lo entendió tanto subjetiva como transpersonalmente. Desde el punto de vista subjetivo, el incesto se refiere al ego que está teniendo conexiones intimas con su propio origen, su madre psicológica, el inconsciente. El incesto es un evento tan violentamente prohibido porque en el proceso psicológico evolutivo, al ego humano le cuesta un esfuerzo inmenso separarse del inconsciente, su madre, para permanecer como una entidad más o menos consciente, responsable y separada. Para perder esa posición tan duramente ganada, el tirón hacia atrás para regresar a sus orígenes debe haber sido muy poderoso en el pasado y por lo tanto tenía que ser respondido por un tabú incestuoso muy estricto. Estoy hablando ahora del incesto psicológico que significa que a uno le está prohibido tener relaciones con el inconsciente (...) Entonces llega el asunto importante de la adivinanza, y con ello una imagen simbólica importante que expresa un aspecto del encuentro del ego con el inconsciente. El encuentro con el inconsciente presenta al ego una adivinanza, y el ejemplo clásico es la adivinanza de la esfinge. Esto es un asunto a vida o muerte porque si se plantea la adivinanza y no se contesta, se pierde la vida; mientras que, como en la historia de Edipo, si la adivinanza se contesta, se destruye la esfinge. El tema de la adivinanza es una prueba para la consciencia que, en efecto, establece si el ego tiene, o no, suficiente potencial de consciencia para pasar al siguiente grado de desarrollo (...) Pero el proceso completo se experimenta como incesto, y así prosiguiendo con ello aumenta la brecha del tabú más profundo del ego”.(36)

Y Jung nos cuenta:

“El incesto era el hierosgamos de los dioses, la prerrogativa mística de los reyes, un rito sacerdotal, etc. En todos estos casos tratamos con un arquetipo del inconsciente colectivo que según iba incrementándose la consciencia, iba ejerciendo una influencia cada vez mayor sobre la vida consciente. Hoy ciertamente da la sensación de que las alegorías eclesiásticas del novio y de la novia, por no mencionar la completamente obsoleta coniunctio alquímica, se hubieran quedado tan marchitas, que ya no encontramos el incesto sino en la criminología y la psicopatología del sexo. El descubrimiento del complejo de Edipo por parte de Freud, un caso particular del problema general del incesto y su incidencia universal, ha reactivado sin embargo, este antiguo problema, aunque únicamente entre los doctores interesados en psicología. Y el que los profanos sepan muy poco de ciertas anomalías médicas o tengan una idea equivocada respecto de ellas, no cambia las cosas más, que el hecho de que el profano ignore el porcentaje real de los casos de tuberculosis o psicosis.

Hoy en día el médico sabe que el problema del incesto es de índole prácticamente universal, y dicho problema asciende inmediatamente a la superficie en el momento en que se retiran del primer plano las habituales ilusiones. Pero generalmente, sólo conoce su aspecto patológico y la aversión que le produce el propio nombre de incesto, y deja estancado al problema, sin llegar a aprender la lección de historia de que la penosa confesión de la sala de consulta es simplemente la forma embrionaria de un problema perenne que, en la esfera suprapersonal de la alegoría eclesiástica, y en las primeras fases de las ciencias naturales, crearon un simbolismo de suprema importancia. En general, ve solamente la “materia vilis et in via eiecta” del aspecto patológico, y no tiene ni idea de sus implicaciones espirituales. Si fuera consciente de esas implicaciones, podría percibir asimismo cómo ese espíritu que ha desaparecido, regresa a cada uno de nosotros de una forma poco apropiada y, sin duda, reprensible, que en ciertos casos predispuestos, causa confusión y destrucción incesantes tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. El problema psicopatológico del incesto es la forma natural y aberrante de la unión de los opuestos, una unión que, o bien no ha sido nunca objeto de una dedicación psíquica para hacerla consciente, o bien, si se ha tenido antes consciencia de ella, a estas alturas ha desaparecido de vista una vez más”.(37)

Desde esta perspectiva, podríamos tranquilamente decir que en el plano mitológico, el ayuntamiento de Edipo con su madre no es grave error y, antes bien, remite su figura hasta la orbe olímpica, pues lo premia cumpliendo con una prerrogativa faraónica, divina. En ese incesto queda constancia del acercamiento del héroe a su inconsciente y, con ello, de la proximidad a su Sí mismo y última meta vital.

Pero, regresando al plano más concreto y personal, Edipo no era un dios, y en su cultura los reyes no tenían la prerrogativa de casarse con sus madres y sus hermanas. En su cultura, los dioses castigaban muy especialmente el pecado de hybris, el querer acercarse al Olimpo demasiado, y olvidar la separación entre los atributos olímpicos y los de los humanos que se debían servilmente a sus dioses, por muy heroicos que fueran. Para empezar pues, el incesto era un pecado de altanería y orgullo contra la ley de los dioses. Pero no sólo por prepotencia divina los humanos se hacen cargo del tabú del incesto. Matar esfinges, derribar rivales y ser rey queda dentro de los logros de los que pueden participar los hombres como tales. Mas incluso los héroes se cortocircuitan psíquicamente, porque no es soportable para el equilibrio dinámico humano, si transferencian hacia lo concreto la tendencia que tan universalmente (como bien sabía Yocasta) puja desde el inconsciente hacia el encuentro consigo mismo, hacia la reunión de los opuestos, con la imagen del incesto. Eso lo pueden soportar los dioses, que son siempre idénticos a sí mismos. Los hombres viven en proceso, y para que ese proceso se cumpla, el incesto visto con piés sensuales debe ser asimilado a otro nivel, y la mente carnal sustituida por la simbólica; la psicológica que decimos hoy. Por eso el incesto es un tabú comprendido y aceptado por los humanos, y por eso el cometerlo es tan horrenda tragedia, pues es un crimen contra la esencia humana misma.

Un sueño puede hacernos entender de manera muy gráfica cómo el inconsciente mismo avala, explica y da sentido al tabú del incesto. Un analizando tenía serias dificultades en su pareja, que le obligaron a frustrar definitivamente sus planes de matrimonio. La atracción que sentía por la chica era intensa, así que esta decisión tajante fue para él motivo de un enorme sacrificio. El día que tomó la decisión, soñó ésto: “Estoy en mitad de una guerra, los bandos se están masacrando. Estoy con mi novia, que aparece representada por una figura de mi misma hermana. Ella me dice que para solucionar el conflicto, debo matarla. Me entrega un puñal para que lo haga. Yo no quiero, no puedo hacerlo. Ella insiste, y finalmente cometo el crimen. La escena cambia, y ahora me encuentro en un casa grande, una donde viví con una novia que tuve hace años. En una de las habitaciones, la que debía ser la cocina, se celebra el velatorio de la difunta. Yo no entro en la habitación, me mantengo como observador en la puerta. Pasan tres días, y entonces el techo se abre al cielo y desciende mi amante-hermana transfigurada. Es un ángel, con una expresión extática. Bendice a los presentes, a los veladores. Yo no recibo la bendición, pues estoy al margen de la sala, pero la belleza de la escena me hace llorar. Así despierto, en mitad de la noche, bañado en lágrimas. Veo la Luna a través del marco de la ventana; estoy en paz”.

La vida heroica es excepcional, pero a todos nos concierne porque en todos más o menos profunda y extensamente se esboza, pues es el genuino ejemplo del destino de los hombres, y por eso es universal y eternamente aclamada y adorada. No son nada comunes tampoco en la crónica de chismes sociales los parricidios y los incestos, pero hemos visto como la rivalidad padre-hijo, contemplada en sus diferentes niveles de significado más allá y por encima del concretismo, tiene que ver con todos nosotros quizás especialmente en algún momento de la vida. Puede que no a una altura heroica, pero sí de la manera humilde y típica en que puede concernir a cualquier hijo de vecino. Entre pegarle a un padre, cosa no sé si infrahumana pero desde luego sí bastante fea como reza en algún dicho la sabiduría popular, y luchar en un vado con un suprahumano ángel del Señor, se extiende todo un espectro de escenas muchísimas de las cuales se reconocen perfectamente en la vida cotidiana, y son estas vivencias comunes, universales, de las que todos con mayor o menos intensidad participamos, las que nos hacen identificarnos muy personalmente con los hechos que sobre este arquetipo nos cuenta el Edipo.

Freud a su manera universalizó el mito, trivializándolo en exceso, al reducirlo tanto. Nos convirtió a todos en edipos, y nos selló con el recuerdo de él grabado a fuego indeleble desde los sucesos infantiles de toda la raza humana. En un punto es agradable: todos somos de repente héroes de leyenda. Pero la Esfinge se ríe de nosotros porque sus preguntas, siguen sin tener respuestas. Freud olvidó que un complejo de edipo que se precie, de entrada, no sólo puede basarse en matar a un padre y en yacer con la madre, sino, también, cuando menos, en solucionar enigmas muy complicados.

Nosotros no universalizamos de esa manera el impacto del mito, sino basándonos en su cualidad numinosa arquetípica. En las biografías legendarias de los homos máximos, se expresa en estado puro, arquetípico, lo que en el resto de hombres es aún amorfo, mediocre, mescolanza. Pero es a raíz de esa similitud, aunque sea preliminar y primaria, por la que el mito engancha el interés de la humanidad entera. Por lo tanto, si el “parricidio” (es decir, la rivalidad padre-hijo) es un arquetipo que tiene un rango de incidencia colectiva y media, deberíamos buscar en el motivo del incesto un rango de incidencia similar, que quede a nivel medio y universal, entre el extremo infrahumano del coito “contra natura” y el hierosgamos de los dioses.

Gracias al mito de Edipo precisamente hemos logrado separar esos dos grandes conflictos que en la psique se significan como complejo paterno y materno de su adscripción causal a las fases evolutivas libidinales de la primera infancia y a su juego dinámico entre los objetos concretos. El mismo mito nos ha instado a viajar más atrás, hacia lo “prenatal”, es decir, hasta el Inconsciente Colectivo y sus arquetipos que, exactamente como el oráculo de nuestro cuento, carga al hombre desde antes de nacer con la maldición de sobrellevar las semillas de su destino (es decir, el desarrollo vital que le es propio). Por eso mismo podemos decir que el mito igualmente nos ha empujado a mirar hacia delante, hasta el futuro adulto, para seguir entendiendo a qué se refiere esto de la dinámica hijo-padre-madre. “Padre” y “madre” son dos realidades psíquicas que el niño empieza a toparse dentro de sí mucho antes y más íntimamente que en el hogar de la familia, presentando en efecto unos complejos conflictos para la psique del sujeto que le surgen directamente en mitad del corazón, y sólo como derivada expresión en la sala de estar o los dormitorios de la casa de la infancia. Como arquetipos que son ya vemos que bajo una faz u otra, acompañan todo nuestro periplo vital; no son sólo modelos infantiles. Hablar de la peor o mejor resolución del complejo en la infancia es una ingenuidad. De hecho, el mismo Freud pasó toda su vida intentando resolverlo; enfrentarse con Saturno y un dragón, no es un juego de niños.

Como arquetipo, vemos que el motivo del incesto no tiene nada de infantilismo, sino todo lo contrario. Es una condición sine qua nom de madurez, pues busca realmente religar la conciencia con su base original inconsciente, para producir un mayor logro a la postre de desarrollo psíquico, “genitalidad”. Ya hablamos antes de esto, cuando apuntábamos que el descenso incestuoso a los orígenes psíquicos se daba en su forma más acabada después del discurso más alto de una diferenciacion egoica. En el mito del héroe, por lo tanto, el incesto regresa justo después de la mayor ascensión solar. Su momento propio es la segunda mitad de la vida, y su dirección propia el retorno a las fuentes del ser interior y, por ello, precisamente, la ruptura con la máscara de las apariencias y la visión infantil del sentido de la vida. El arquetipo del incesto empuja a la conciencia a regresar al útero desde el que nació (y desde el que nace nuevamente a cada instante), precisamente para morir y renacer, y emanciparse en cada proceso repetido como éste, un poco más de la filiación con papá y mamá, de la filiación colectiva trivial. Como nos demuestra Jung en Psicología de la Transferencia y en Mysterium Coniunctionis, los participantes de este incesto, digamos, legítimo, sólo de una manera parcial son las imágenes parentales. Se trata más bien del encuentro con el Animus y el Anima, los verdaderos sponsus y sponsa de la conciencia, bien sea masculina o femenina, y se dramatiza en la vida cotidiana muy a menudo con una relación objetal transferencial, no raramente sincrónica, que normalmente afecta profundamente a la esfera del amor. Las Bodas Químicas, el matrimonio de Sol y Luna. El juego entre el amor y el odio, la muerte y el renacer, adquiere a este nivel todo su arquetípico esplendor. El problema de la pasión, siempre espinoso, ahora toca profundamente el nivel visceral, y plantea los interrogantes más profundos en torno al misterio del amor. El Tantra oriental es la disciplina que más abiertamente se ha ocupado de estos problemas dentro del ámbito tradicional. En nuestras historias medievales de las Cours d´amour percibimos como ciertos amores “distantes”, muy exogámicos en apariencia, ponen en juego de manera mucho más acabada que la relación con imágenes parentales el auténtico arquetipo completo de la unión consigo mismo, a través de la boda con figuraciones más apropiadas y completas de los novios interiores, que trasmiten no sólo el siginificado incestuoso de retorno al origen psíquico, sino su progreso hacia el futuro posterior, y que precisamente por esta exogamia, permitan poner en juego no sólo la espiritualización del arquetipo, sino también su concretización, su sexualización.(38) Este compromiso entre incesto y exogamia es el mismo motivo que la antropología encuentra extendido en las comunidades tribales humanas originales y llama matrimonio de primos cruzados.

Toda neurosis es un divorcio doloroso entre conciencia e inconsciente, que el incesto y la boda quieren recomponer. En la práctica terapéutica hacemos exploraciones de la infancia del analizando, pero no buscamos con ello la causa allí de su padecer, la etiología de su neurosis. No al menos de la manera en que ese concepto se quiere entender en la práctica analítica más corriente. La neurosis es actual, el problema está en el presente, no es el conflicto una herencia remota legada desde un pasado traumático, como si sólo fueran gritos de fantasmas prendados de ilusiones obsoletas que se niegan caprichosamente a abandonarnos y dejarnos en paz. Buscar la causa de esa escisión en algo que ocurrió de una vez en la infancia, es como buscar las causas de un divorcio en algo que pasó durante el noviazgo de la pareja o en la luna de miel. De todos modos parece que es arquetípico buscarlo así, atrás, en un primum mobile: unos en la primera infancia, otros en el momento del parto, aún otros en el momento de la muerte de la anterior reencarnación. El mito a su vez nos devuelve al pecado original, a las vasijas rotas al inicio de la creación que desparraman la luz divina, etc. Pero nosotros intentamos entender ese simbolismo mítico no como un antes, en el tiempo, sino como un encima, en un nivel superior, un “in illo tempore”, justo en la raja entre los mundos de la conciencia y el Inconsciente Colectivo.

Nos internamos en la infancia precisamente siguiendo la indicación incestuosa del inconsciente, de caminar regresivamente, buscando por sobre todo las primeras manifestaciones de las semillas que se quedaron allá sin florecer. Las tendencias que aquí ahora se niegan a seguir dejándose enmudecer, incomprendidas, tan vivas hoy como en el pasado, y tan preñadas de posible madurez como desde el principio. La voz de nuestra otra personalidad, cuando empieza a gritarnos perentoriamente de nuevo, es muy común que lo haga al principio aún con la voz arcaica con que nos hablaba en la infancia. Rastreamos esta originalidad perdida, y volvemos a recuperar no ya a la madre, sino al hijo que se quedó atrás sin crecer; un niño extraño, porque entre sus juegos y fantasías infantiles destila una sabiduría propia del anciano más cabal. En vez de niño podríamos decir el hombre primitivo, ancestral, que vive dentro de nosotros. Sí, en realidad buscamos la voz de una sabiduría instintiva, que muchas veces el niño que fuimos y el que siempre llevamos dentro sabe escuchar mejor. Volvemos a la infancia como volvemos al sueño, no hacia atrás meramente, sino hacia adentro. Intentamos hacer el recuento, la anamnesis, de todas las manifestaciones que nuestra psique profunda nos ha legado desde entonces hasta el día de la crisis actual, esperando encontrar las indicaciones precisas para rectificar, mejorar, cambiar, según cada caso, el decurso vital. Sentimos miedos arcaicos, sudores fríos de pesadilla; de repente un destello de luz extática.

Sin embargo con mucha normalidad el Inconsciente produce en el presente suficientes indicaciones de sus tendencias actualizadas, e incluso a menudo su manifestación es tan novedosa, que se convierte en una pérdida de tiempo mirar demasiado atrás biográficamente, porque el niño-anciano, el salvaje tribal que vive dentro, está aquí y ahora, y nos habla fuerte al ego que somos en la actualidad.

En el proceso de cicatrización de la herida neurótica, es cierto que de diferentes modos pasamos a ser niños que regresan a la madre, pero también amantes que se desposan y, paradójicamente también almas embarazadas que esperan dar a luz un hijo muy preciado que fría y técnicamente llamamos función trascendente. No, no es algo que sucedió en la infancia biográfica la clave de la escisión. La verdadera clave es el conflicto de diferenciación y conjunción de los opuestos que es la esencia de la Psique junto con su tendencia hacia un sentido final, que intuitivamente los orientales llaman Tao y nosotros, sin decir mucho más, proceso de Individuación. Un problema siempre actualizado, por el hecho de estar vivos.

Sin embargo, el que “los conflictos del alma infantil” ya hayan dejado de ser el paradigma explicativo de las neurosis, esto no quiere decir que en el desarrollo psíquico no estemos siempre lidiando con diferentes acepciones de la infantilidad. Obviando los casos en que los arquetipos maternos y paternos están tan completamente atrapados en su manifestación e influencia en las imágenes objetales parentales, debido a cierta debilidad de la conciencia, lo cual produce los casos flagrantes más “edípicos” de fijación infantil, donde el individuo adulto sigue sin romper el cordón umbilical con su padre y/o madre reales, el mero hecho de que en el proceso de desarrollo psíquico estemos siempre confrontando la actual etapa de desarrollo humano con la siguiente, más madura y superior, y por ello estemos siendo siempre confrontados por los arquetipos de Padre (Sí mismo-Dios) y Madre (Anima-Diosa), nos da clara idea de que siempre somos ingenuos niños con respecto a la etapa que debemos alcanzar en el próximo escalón de madurez. Con respecto al Sí mismo, el yo es un crío, un Puer Eterno, que no acaba de crecer nunca.

Esta infantilidad es especialmente aguda mientras el individuo viva restringido en su máscara y mimetizado con el entorno colectivo, ajeno a su propio ser interior y a su identidad real.

Sobre este conjunto de temas oímos decir a Jung:

“El camino comienza en el país de la infancia, es decir, en la época en que la conciencia racional del presente no se había separado aún del alma histórica, del inconsciente colectivo. Si bien la separación es inevitable, no determina, empero, un alejamiento tal de esa psique crepuscular de los tiempos primitivos que suponga una pérdida absoluta del instinto. La consecuencia es una falta de instinto, y por ende una desorientación en la situación general del hombre. La separación tiene asimismo como consecuencia que el “país de la infancia” permanezca definitivamente infantil y constituya por ello una fuente permanente de impulsos e inclinaciones infantiles...Como consecuencia de esto, la conciencia se ve completamente invadida de infantilismo, o bien tiene que defenderse permanentemente de éste, aunque sin resultado, con senil cinismo o con amarga resignación. De manera que se impone admitir que la actitud racional de la conciencia del presente, a pesar de sus innegables éxitos, tiene una acomodación, respecto de muchos aspectos humanos, impropia, infantil, que la hace contraria a la vida...Infantil no es solamente aquel que continúa siendo niño durante demasiado tiempo, sino también quien se separa de la infancia y piensa que lo que no ve ya no existe”(39).

Hemos dejado atrás el concepto de inconsciente como mero recinto de pulsiones primitivas, animalescas e infantiles, para hacer responsable al insuficiente desarrollo colectivo medio de la conciencia racional, sólo aparentemente madura, de buena parte de ese infantilismo. Esta puerilidad de la conciencia, del yo, en último término, de una cultura que carece de medios de desarrollo para el mundo interior, es en efecto la responsable de que cierto estrato personal del inconsciente, el estrato complejal, donde se mezcla la influencia del arquetipo con la proyección en el mundo biográfico y personal del yo, esté lleno de pulsiones infantiles a falta de diferenciación y maduración. La máscara del ego convoca una máscara en el inconsciente personal. Ésta es la infantilidad con la que bregamos a menudo en la neurosis: la inmadurez de la conciencia para afrontar su base vital interior, y las expresiones pueriles y primitivas del inconsciente mientras no se le facilitan medios maduros de manifestación y cultivo.

El hombre masa ingresa en el mundo adulto colectivo colocándose una máscara, con una pose, que imita la vocación y escala de valores de un auténtico yo. Se encorseta unos slogans, y se integra en el mundo y la vida como todos los demás que mira cuando mira al exterior. Este proceso de integración por una parte es necesario; adiestra la impulsividad caótica y la canaliza en el sentido de la responsabilidad, utilidad y construcción. Implica una separación del mundo muchas veces narcisista y autista infantil, en fomento de la adaptación e integración social y adulta. Pero tal y como hemos escuchado decir a Jung, esta separación normalmente es tal que lo distancia en mucho de su auténtica identidad, sita en su mundo interior. La máscara crea un puente al mundo colectivo exterior, pero una barrera para la identidad interior. Garantiza confort, seguridad, calor, acompañamiento, puede que incluso éxito, lujo, fama, poder, pero encierra en una botella al genio individual, al daimon, a la visión más realista de las cosas, y con ello al óptimo periplo vital y sentido de estar vivo. Pocos son los que ingresan en el mundo adulto siguiendo los hilos de su auténtica vocación y en pos de su verdadera identidad. Es más, en una sociedad donde el ser adulto confina con su racionalismo todo el mundo extraño del alma humana irracional en un exilio, los mejores y los peores caminan juntos por las vías de la marginalidad, por las vías de la sombra. En una sociedad así es normal que el héroe adopte el modo del antihéroe a la vista de los demás, e incluso así se perciba a sí mismo. El problema del Puer Eterno, que yo personalmente adscribo fundamentalmente al aspecto del héroe abanderado de la vanguardia y la revolución social (el aspecto del héroe como renacido, cercano al mundo interior, que ya hemos visto como también se nos refleja desde la infancia, con su grito de la imaginación al poder) se hace especialmente complicado y virulento en una sociedad así, y se transforma en un problema generacional, como vimos sucedió con el colectivo hippie en los sesenta.

Pero esto nos aleja mucho de nuestro tema, así que regresemos a él.

El desarrollo de la conciencia, su maduración dentro del proceso de individuación, es relación biyectiva con la maduración y desarrollo de los representantes por antonomasia del inconsciente: el ánimus y el ánima. Podemos hablar de grados de individuación refiriéndonos igualmente tanto al despliegue consciente, a la “iluminación”, del individuando, como al desarrollo escalonado del arquetipo (ánimus-ánima) que se pone en juego compensatorio con la conciencia en este proceso. Acabamos de ver que a la infantilidad del yo le corresponde infantilidad del inconsciente. Para un hombre, pues, primitivismo e infantilidad del ánima, es decir, de lo femenino en él y de su percepción de lo femenino en el mundo. Para una mujer lo mismo con respecto a su ánimus. Primitivismo e infantilidad del ánimus-ánima quiere decir concretismo, arcaísmo e indiferenciación. Sus aspectos individuales quedan atrapados en los estadios inferiores y más superficialmente colectivos del arquetipo, estancando la individuación. La máscara del yo, el hombre colectivo, fuerza entonces a menudo a enmascarar también al ánimus y al ánima en las imágenes parentales. La indiferenciación del hombre masa convoca la indiferenciación e infantilismo de los arquetipos anima y anima sometiéndolos a imágenes arcaicas y colectivas de lo femenino y masculino alrededor de las imágenes aprehendidas desde el padre y la madre. Para el ánima, por ejemplo, este estadio primitivo significa que su feminidad queda atrapada en la Madre como matter, materia, en dos polaridades: el hombre en este estadio infantil busca meramente de la mujer alimentos y cuidados (cualidad directamente heredada de la función materna), y un objeto sexual satisfactorio.

El anima joven atrapada en una figura materna, es un motivo que aparece frecuentemente en sueños. En los cuentos, la princesa atrapada por el dragón se refiere a lo mismo, y en la mitología tenemos un excelente ejemplo de este problema en la leyenda del rapto de Perséfone, arrebatada del cálido regazo de la Gran Madre Deméter, que la mantenía en estado larvario de niña boba.

Un estado así de cosas no puede dar lugar más que a unas relaciones entre sexos colectivas e infantiles. El descubrimiento de niveles más verdaderos de Eros, queda reservado a experiencias más maduras y profundas en el proceso individuatorio. El hombre masa, colectivo, perfectamente adaptado a su entorno público y social, mimetizado con él, que disfruta aparentemente de una excelente salud psíquica y razonabilidad, suele ser sin embargo para las cosas más serias un ingenuo niño, y este aspecto infantil destaca especialmente en la esfera matrimonial. Las imágenes de lo femenino y masculino que prestaron madre y padre, sólo se diferenciaron lo justo para incluir el sexo y con ello la mínima exogamia. En una gran proporción, el matrimonio del hombre trivial es, en definitiva, un...incesto. Un incesto que sella un estado de cosas donde una conciencia como hijo no es capaz de mirar por encima de las apariencias y del consenso colectivo, que conoce tan poco del mundo y sus misterios como de ella misma, de la mano de un inconsciente como madre, indiferenciado (mater saeva cupidinum), fundamentalmente proyectivo que lo rodea de velos que lo envuelven y lo ciegan, como una tela de araña. Un incesto que sella el estancamiento de la vida bajo la faz de un falso progreso, en un permanente estado de infantilismo:

“Esa comodidad lleva a la inconsciencia de la propia personalidad y a ese pretendido matrimonio ideal en el que ella no ve a él sino como “papi” y él no ve a ella sino como “mami” y en que además él y ella se dan el uno al otro todos esos nombres”(40).

Buscábamos una incidencia media, trivial, extendida, del motivo del incesto, y ya la hemos encontrado. Esta boda velada, secreta, con los complejos parentales tras la fachada de una aparentemente irreprochable exogamia “genital” y adulta, es precisamente el más extendido tipo de relación matrimonial en el seno de una cultura humana, a nivel de su vasta y homogénea clase de hombres y mujeres colectivos, masa.

Si miramos con agudeza, vemos que nos estamos refiriendo a dos tipos de incesto. Uno es el arquetipo en sí, que se halla entre los pilares del fundamento energético del proceso de individuación, la unión consigo mismo. La boda entre las “almas gemelas”, entre el yo y el ánimus-anima en última instancia. Este otro incesto del que acabamos de hablar se da a nivel de complejos enmascaradores, es un encadenamiento a lo colectivo y, más bien, como hemos visto, es una boda regresiva con el pasado, con la infancia y la adolescencia.

Edipo con Yocasta se enfrenta al problema que le plantean a la vez los dos incestos tratados. Como arquetipo individuatorio, la irrupción del mitema incestuoso en ese justo punto de su periplo vital era esperable, como ya apuntamos.

Al vencer a la Esfinge, Edipo liberó del inconsciente una buena proporción de su personalidad y una vocación auténtica. Liberó su destino a medio plazo de las garras de la Madre, y rompió así un gran número de cadenas con su pasado, su infancia y su adolescencia. Ingresó en el mundo adulto sobre la base de haber encontrado su camino individual, y no a través de una máscara que muestra adultez donde sigue quedando un orbitar apegado y magnetizado a la infancia psíquica y a la ingenuidad existencial. Extrajo de la Madre su primer tesoro valioso, y así se desprendió de ella y de su ilusión, y ocupó por mérito propio el trono que le esperaba. El mito nos muestra que esto no es fácil: multitud de jóvenes lo intentaron y no lo lograron. La misma proporción que luego en la sociedad vive detrás de las máscaras.

Pero quien está llamado a vivir una vida verdadera, está llamado a no estancarse jamás, y a seguir completando su diferenciación para siempre. No hay un solo tesoro a rescatar, ni hay un solo dragón a vencer. El inconsciente es eterno, y por eso aunque vencida una vez, la Madre que él es en realidad no muere, sólo se retira y espera hasta la siguiente prueba. Y el siguiente encontronazo paradigmático está acechando al héroe precisamente en la segunda mitad de su vida, después de haber consolidado los logros de la primera. El descubrimiento del incesto con Yocasta, en ese momento de la biografía de Edipo, sólo corrobora que la profecía de Jonás devorado por la ballena, el Sol tragado por el mar en el Oeste, éste mismo eclipsado por la Luna, la crucifixión y el martirio y el descenso a los infiernos, se ha manifestado una vez más en la biografía legendaria de un héroe.

Para la acepción arquetípica del motivo del incesto de Edipo, no importa que éste hubiera durado años en estado latente, sólo el momento en que brota desde las profundidades su motivo y su ley inexorable, se hace actual mitológicamente hablando y evidente. El encuentro entre conciencia y ánima, el inconsciente, una de las facetas del problema de su ayuntamiento con Yocasta, sigue las fases estrictamente esperadas, que el Rosarium Philosophorum inventaría como sigue:

Encuentro entre el rey y la reina.

La verdad desnuda.

Inmersión en el baño.

Coniunctio.

Muerte.

Ascensión del alma.

La purificación.

El regreso del alma.

El nuevo nacimiento.

Tal y como reza el arquetipo, la cámara nupcial donde una y otra vez fue llevada a cabo la coniunctio, es ahora el tálamo de la muerte y el supremo sacrificio para los dos amantes, una vez descubierta la verdad desnuda. Las etapas “floridas” del proceso, la Albedo, es de lo que se ocupará después el Edipo en Colona.

En efecto, la unión de la conciencia y el inconsciente es un retorno a la fuente, al caos original, en pos de la renovación. Implica una muerte inexorable, un paso por el infierno, una purga, que acaba por destrozar las apariencias anteriores y descorre un nuevo velo hacia las verdades, creando un nuevo cosmos. Podríamos decir ahora que otro de los motivos del tabú contra el incesto es la experiencia de profundo sacrificio y muerte que implica (en el sentido por el que se decantaba Edinger), intentando evitar así el contacto terrible entre conciencia e inconsciente. Ciertamente, si desconocemos el valor profundo y arquetípico de la muerte en la bodas químicas, lo que destaca del tormento en torno al incesto es su valor como pago por la expiación de un pecado.

Que Edipo necesitaba un cambio de mentalidad, una renovación, que él como Sol ya había completado un decurso y necesitaba iniciar otro, superior, y llevar su destino a nuevos puertos, lo dejan claro la esterilidad y las plagas que asolaban de nuevo a Tebas. Ya sabemos lo que ocurrió con Layo en un momento similar y, asimismo, ahora eso ocurre con Edipo.

"Cuando el emperador ya no relaciona los dones de su reinado con su fuente trascendental, rompe la visión estereotípica que está en su papel sostener. Ya no es el mediador entre dos mundos. La perspectiva del hombre se achata e incluye sólo el término humano de la ecuación y en el acto cae la experiencia de la fuerza sobrenatural. La idea que sostiene la comunidad se ha perdido. La fuerza es todo lo que la sostiene. El emperador se convierte en el ogro-tirano (Herodes-Nemrod), el usurpador de quien debe salvarse el mundo" (40b)

Tanto conciencia como anima se imponen un sacrificio con su boda, donde un mundo anterior de infantilidad perece, en pos del nuevo destino de madurez que aguarda.

Así llegamos a ocuparnos de la otra acepción incestuosa: de todos esos años ingenuos donde Edipo y Yocasta vivieron en gran proporción de espaldas a su propia identidad y a la verdad de sus vidas, niño con madre, como en una prolongada infancia. Este estado de cosas no desmiente el éxito maduro de Edipo al lograr vencer a la Esfinge, obtener la corona de Tebas y desposar a la reina, y todo lo que hemos dicho de bueno con respecto a eso. Pero la madurez y la diferenciación ya sabemos que no es un logro de una vez para siempre; se lleva por partes, y ocuparse de un sector de la personalidad siempre deja otras cosas que somos en la sombra. Sí, exacto. Hemos hablado mucho de las luces y del heroísmo de Edipo, de sus aciertos, de su madurez; ahora podemos abundar en su indiferenciación, sus debilidades, su inferioridad, su sombra. No podría ser de otra forma, pues hablando de Yocasta y de incestos, estamos hablando del anima y la dialéctica con ella y su integración, lo que nos pone en contacto con lo demoníaco y lo angelical, lo bajo y lo alto, lo divino y lo infrahumano, el sentido y el caos, la luz y las tinieblas, la diferenciación y el desarrollo y la indiferenciación y el estancamiento. El mayor logro individuatorio, al lado del mayor pecado y catástrofe. Todo girando alrededor del amor, el amor girando alrededor del incesto.

Como decía Jung, en su matrimonio muchas veces el hombre se casa con lo peor de su lado flaco. Y es que el anima siempre es la depositaria de las funciones inferiores y menos diferenciadas en que se apoya el yo, de ahí los tratos que siempre tiene con la sombra y su implicación con el inconsciente personal del sujeto (amén de su implicación como arquetipo, en un nivel más profundo, con el Inconsciente Colectivo –esta doble faz es la que le sirve como función puente hacia el Sí mismo-).

Ya hemos visto que en una conciencia colectiva, que ni siquiera ha diferenciado sus funciones más adaptadas en un sentido individual, no es esperable del anima que le corresponda más que la manifestación a su vez más primitiva y también más colectiva. Pero también en conciencias más diferenciadas esta instancia psíquica cumple con una de sus funciones más constantes, que es la de representar siempre todo aquello que forma parte aún del no-yo del sujeto, el trabajo de diferenciación que queda pendiente, lo más atrasado y rezagado de su proceso de individuación.

Expuse antes que en la primera mitad de su periplo, a través de la derrota de la Esfinge gracias a su ingeniosa mente, y de su ascensión hacia un puesto eminentemente masculino, Edipo ha diferenciado en sentido muy individual su Logos. Pero su Eros quedaba pendiente para la segunda mitad de la vida. Junto con su Eros, un aproximamiento mucho más íntimo a la totalidad de su ser y a la conexión con la fuente primordial del sentido de la vida. Una parte del anima, en consonancia con la parte de su conciencia que despunta heroica, fue individualizada y rescatada del abismo inferior del caos inconsciente (¡rescate y esponsales de la princesa-reina!). Pero otra parte no, otra parte quedó atrapada en la inferioridad del complejo materno, a la manera en que desarrollamos más arriba, y esa parte es la que durante años va a representar Yocasta como su consorte en el velado incesto.

Opina Grimaldi en su conferencia que Edipo se significa como la Episteme y Yocasta como la Doxa. Opino lo mismo, pero prefiero decir que Edipo es esencialmente un gnóstico, un hombre que está llamado por las verdades del cosmos y de sí mismo, un hombre de conocimiento, y que Yocasta es un ser trivial, de carácter colectivo, que prefiere no arriesgar la comodidad y la adaptación en pos de ninguna verdad novedosa ni ninguna sorpresa. Prefiere atenerse a las verdades y normas dadas (precisamente muy propio de la posesión por un complejo paterno). Alguien ha traducido su nombre con el significado de “la que sobresale por su hijo”, y ahí quizás descubrimos su carácter similar a una de esas mujeres suficientemente masculinas y ambiciosas para querer destacar como heroinas, pero que sin poder encontrar su autoidentidad real debajo de la máscara y el valor propio que le proporcionaría la herramienta legítima para eso, intentan medrar a través de un esposo hijo o sus mismos hijos carnales, en los que deposita su hambre de poder y triunfo. Este rasgo de carácter preocupado por el prestigio lo confirma Edipo, cuando le dice: “-Tranquilízate, pues aunque yo resulte esclavo, hijo de madre esclava por tres generaciones, tú no aparecerás innoble”.

A veces se comenta que Yocasta conocía la verdad, y vivía encubriéndola. No sería raro, pues en caracteres así, si la conveniencia es grande, todo pecado y todo dilema es alejado del campo de visión con una pose de belle indifférence, a favor del más óptimo funcionamiento de las relaciones entre los seres que le importan y entre éstos y el entorno. “Lo que no se ve, no existe”. De hecho, hay un momento en que exhorta al cese de las investigaciones, justo en el instante cuando ya a ella misma le parece obvio, por los datos que acaban de salir a la luz, que Edipo puede ser su mismo hijo, y recomienda encarecidamente no seguir inquiriendo, porque acaba de descubrir adónde va a conducir todo, y quiere retrasar y amortiguar lo máximo la inexorable tragedia. Precisamente, ante esta repentina inquietud se delata que no se le puede acusar de ocultación del crimen; más bien ella hace sólo en todo momento honores a su máximo interés en que todo permanezca en la armonía que estaba: que su marido vuelva a calmarse y a atenerse a razones prácticas, y que las cosas no pierdan sus cauces colectivos extraviándose en sombríos derroteros. Honores a su mínimo interés en desvelar misterios e intrigas. No parece ocultar ningún secreto, sino mostrar inquietud en que las cosas no se desquicien. Cuando llega la confirmación, su reacción final es bastante obvia de una persona que de repente se siente traumáticamente horrorizada; eso sí, cuando el crimen se comprueba consumado, y además todas las cartas están encima de la mesa, imposible ya taparlas.

Su escaso interés por la trama misteriosa de la vida, la inferioridad de su intuición, lo denota su discurso en detrimento de la veracidad de los oráculos, en los que sin embargo Edipo nunca deja de confiar.

Hacemos un dibujo hasta ahora sólo desfavorable de este carácter, pero eso no me parece justo. No es sana la infidelidad a la verdad, ni el desinterés por ésta. Pero un Logos que desprecie los valores acomodaticios del Eros, y que no ofrezca justo tributo a la fidelidad y estabilidad del amor y las relaciones, es un principio que jamás encontrará las verdades que busca.

Ahora bien, aplicamos la ley de reciprocidad que la psicología nos permite, y acabamos descubriendo que Yocasta, con toda su colectividad, trivialidad, indiferencia e indiferenciación, es un rasgo que pertenece al mismo Edipo. Claro, lo venimos diciendo hace un buen rato: la infantilidad de su matrimonio, ese estar casado con su complejo materno, es síntoma y expresión de los propios rasgos infantiles e inferiores de su carácter.

Edipo obtuvo un logro, crió fama, y se echó a dormir, durante años. Como un Hércules al servicio de Onfale, el héroe al lado de Yocasta comenzó a explorar su feminidad y su aspecto extravertido, en lo mejor de esta prueba. En lo peor, fue arrastrado por la trivialidad, la indolencia y la concupiscencia del mundo, como un Jesús que en el desierto se hubiera dejado tentar por los ofrecimientos del diablo. A través de la crisis, en donde se enfrentó con las verdades más sombrías de su carácter (que en lugar de haberle seguido dando opciones a su alma de crecimiento, sencillamente se acostó y comió con ella), recuperó su identidad gnóstica e inquieta original, extrajo su anima de la identidad con el mundo, de los velos de apariencia de la madre devoradora, y continuó su periplo. Algo así como nos cuenta aquel himno, tan caro de Jung, atribuido a Bardesanes (41).

Como vemos, frente a una sociedad atrapada masivamente en los complejos maternos y paternos, una sociedad edípica, a la manera en que lo hemos mostrado, Edipo se destaca precisamente por ser ejemplo de los pocos con ese “instinto de perfección” que les impulsa a viajar más allá, y lograr superarlo.

La imagen de un Edipo ciego pero que ya es capaz de ver lo que antes estaba oculto, y es sabio y sabe de sí mismo y el mundo muchas cosas, nos remite a la consecución de la asimilación de un amplio sector de su Sí mismo para esta segunda mitad de su vida que estaba antes perfectamente representado por el anciano Tiresias. Sobre ésto no necesitamos hacer más comentarios que los ya expuestos a lo largo del artículo.

El mitema del Anciano acompañado por la Jovencita, tal y como lo muestra la imagen de Edipo con su hija Antígona, después de su exilio de Tebas, merece algunas amplificaciones. El trasvase de la figurización del arquetipo de lo Femenino, en representación del inconsciente, desde la madre a la hija tiene connotaciones precisas: la conciencia ha crecido en madurez y totalidad, está más cerca del Sí mismo, y el anima pues que le corresponde y le acompaña-opone está en relación más igualitaria con ella. La relación con el inconsciente ya no es de hijo a madre, sino de padre a hija, nótese la tajante diferencia.

En su autobiografía Jung habla del arquetipo que representa una pareja así, a colación de las visiones y contactos que él mismo tuvo con la figura de un anciano sabio que se hacía llamar Elías acompañado de una jovencita, Salomé, que era ciega (aparte del cariz autónomo de estas imágenes arquetípicas ¿reminiscencias de la influencia profunda del Edipo a través de su implicación aún en aquellos tiempos con Freud?): “En tales incursiones al mundo de los sueños se halla con frecuencia un anciano que va acompañado de una joven y en muchas narraciones míticas se hallan ejemplos de tal pareja. Así, por ejemplo, según la tradición gnóstica, Simon Magus andaba siempre en compañía de una joven que debió recoger en un burdel. Se llamaba Elena y pasaba por la reencarnación de la troyana Elena. Klingsor y Kundry, Laotsé y la bailarina, son otros tantos ejemplos...Se podría decir que ambas figuras son encarnaciones del Logos y del Eros”(42)

El vagabundeo de Edipo, su austeridad y extrema probreza, nos parangonan su figura casi diríamos que con un santón hindú, un sadhu, o con los votos de sacrificio de los monjes cristianos. Existe una costumbre extendida en la India para la casta brahmánica, que prescribe que la máxima honorabilidad del varón de esta estirpe llegado a cierta edad, es abandonar todas sus posesiones y prepararse para la muerte acometiendo la vida peregrina y mendicante del sadhu.

Al instalarse en el corazón de un bosque, en un lugar de culto consagrado a las Euménides, diosas especialmente vengadoras de los crímenes familiares y del derecho matriarcal, está dejando claro su reconciliación con el Inconsciente y la expiación y exculpación de todos sus pecados. Como ermitaño, como un Merlín exiliado en los bosques, se ha convertido en aquel “prístino hijo de la Madre” que es el hombre sabio en perfecta armonía con el Inconsciente Colectivo. Su amistad con Teseo, rubrica su pertenencia a la estirpe de los más grandes héroes, y a pesar de sus desgracias y costos, o precisamente por ellos, la consecución de los tesoros más sagrados, su éxito individuatorio.

La forma de su muerte, especialmente mágica y apoteósica, no deja lugar a dudas sobre la filiación divina alcanzada por Edipo, y el retorno definitivo a casa.
Sófocles, Rey

Notoriamente el poeta se cuenta a sí mismo a través de la fascinación y entrega a sus obras y a los motivos de éstas. Edipo en Colono, última entrega de la saga “best seller” de este autor, fue escenificado póstumamente, a instancias de su nieto, Sófocles el Joven. Pasa así a formar su obra completa sobre el ciclo tebano parte de esas grandiosas obras cúlmen de los mejores creadores, que son la ocupación hasta el final o hacia el final de sus vidas, y que resumen su más acabada sabiduría, como por ejemplo el Parsifal de Wagner, el Turandot de Puccini, el Fausto de Goethe.

En efecto, a sus 29 años Sófocles derrotó al hasta entonces rey del teatro de su tiempo, Esquilo, casi treinta años mayor que él (obviamente, un padre) en un concurso. Obtuvo en total 19 veces el triunfo en los concursos de esta índole, y su amistad con Pericles le introdujo en los más altos círculos políticos de su tiempo.

En su vejez, la problemática Puer Senex, que es como ya sabemos una de las columnas básicas en las que se vertebra el Edipo, se explicita por un lado en la fascinación que siente por su nieto ilegítimo Sófocles el Joven, que a su vez le devuelve ese cariño con admiración y sobrada preocupación por el éxito y divulgación de la obra de su abuelo, como hemos visto, y en la problemática con su propio hijo, Jofón, que lo acusó de demencia senil y de incapacidad para administrar sus bienes, de lo que tuvo que defenderse el poeta ante los tribunales, citando precisamente un texto de su Edipo en Colona como prueba de su lucidez. Reminiscencias del desprecio a Edipo por parte de sus hijos, ambiciosos de quedarse ya con el trono de Tebas, que nos cuenta aquella misma obra y su continuación y desenlace en el Antígona.

Como héroe, Sófocles debía anhelar profundante su origen y su destino (en boca de Yocasta pone su propio conocimiento de la profusión del motivo incestuoso en los sueños, posiblemente a partir de la experiencia propia), y por eso hizo que su Edipo terminara los días en la misma tierra natal del artista, Colona, en paz consigo mismo. Con Edipo el mismo Sófocles cumplimenta su propio periplo. Uno de los discursos finales en esta obra nos revela el ínteres íntimo del poeta por retornar a los brazos de la Madre, en la muerte, después de una vida llena de éxitos que se desvanecen como futilidades ante la sabiduría de los años:

Todo el que esté interesado en una vida más larga prescindiendo de la normal, ese será claro para mí que oculta torpeza, porque la prolongación de los días ha puesto ya montones de hechos más cerca del dolor que de otra cosa, mientras le deleitable no lo verá por parte alguna cuando uno llega a una edad mayor que la debida. En cambio, cuando los derechos propios del Hades hacen acto de presencia, sin cantos nupciales, sin sones de liras y sin danzas, no hay más que un auxiliar para todos: la muerte al fin.

Claro que él murió a los 90 años; debió parecerle, aún así, una vida corta la suya.

La tragedia y el misterio dionisíaco nacieron de hecho en torno a los mismas inquietudes mítico poéticas, la primera del segundo, como una floración artística desde el tronco religioso agridulce, profundamente vital, de las vides de Baco. La mirada del hombre iluminista, progresista y optimista (apolíneo lo llamaría Nietzsche), muy a menudo no es capaz de ver en la tragedia más que resignación, fatalismo, pesimismo, muerte y duelo. Después de los tiempos sofócleos donde seguramente gozó de buena salud aún la valoración intuitiva de la moral trágica y en general del mito, por la cercanía al oficio religioso dionisíaco, primero el existencialismo de una época crítica, que ya le tocó vivir a Eurípides, y luego el racionalismo filosófico con sus éticas geométricas lógicas, me parece que fueron perdiendo la pista incluso dentro de la misma cultura helena, de lo que quería escenificarse en el teatro con estas terribles obras y de lo que se catartizaba realmente allí.

Como cristianos podemos conocer perfectamente qué cara y qué cruz tiene la tragedia mítica: el Viernes de Crucifixión y el Domingo de Pascua. Donde sólo con criterio débil somos capaces de ver en la tragedia muerte y destrucción, hay también renacimiento; donde sólo pérdida, en realidad la semilla de un mayor éxito.

Como escuché decir a un maestro zen una vez, cuando le interrogué sobre aquello que había obtenido con su práctica rigurosa de años: “No he hecho más que perder, perder y perder...”, mientras en su mirada y su entusiasmo dejaba translucir todo el tesoro que ya tenía acumulado.
El triángulo edípico

“Podría decir que me hallo en los sótanos de mi casa familiar, mi casa de la infancia, en el piso más bajo de la torre de apartamentos, aunque en la realidad ya no vivo ahí. Estoy con la que parece ser mi novia, que aparece frente a mí, desnuda de cintura para abajo, mostrando una rotunda pelvis que a mí me transmite absoluta fertilidad. Entonces llega un hombre, más viejo que yo, que es una mezcla de figuras: tiene la cara de mi padre, pero luce ataviado según el estilo “rastafari”. Parece un tipo underground, un porrero, quizás también podría decir algo así como un proxeneta. Entonces mi novia duda un momento, pero se va con él, lo abraza, y me dice que ése es el hombre al que pertenece en realidad. Que le gustaría estar conmigo, ser sólo mía, pero me transmite en su actitud que yo no alcanzo la hombría y virilidad de ese otro individuo. Contemplo con resignación como los dos se marchan abrazados. El tipo en ningún momento me dice nada, pero me mira con sonrisa sarcástica”.

Este sueño de tan clarísimo contenido edípico fue tenido por un analizando que en aquella época permanecía soltero. Al poco tiempo, toda esta constelación de energías psíquicas cobró realidad de manera sincrónica, gracias a un par de revueltas del destino, en la vida exterior del paciente cuando quedó inmerso en mitad de la profunda problemática que plantea una relación triangular: pasó a ser amante de una mujer comprometida. Entre las peripecias e idas y venidas de esta tensión, se fueron explicitando y concretizando de una manera escandalosamente evidente los contenidos que antes su ánima le esbozaba simbólicamente a través de los sueños, y los misterios que escondía el carácter de ésta, que antes en la terapia sólo inferíamos a partir de la exégesis del material surgido del inconsciente. Al mismo tiempo se puso en juego a través de la competitividad implícita en una relación así, la madurez y el destino “varonil” del sujeto: no sólo en función de la consecución de su conquista amorosa, sino de la conquista de su auténtica posición y ubicación madura como hombre, ya al margen de su relación. En efecto, cuando descubrimos cuál era su aténtica vocación en este sentido avanzando el análisis a través del desarrollo del drama, nos dimos cuenta de por qué durante tanto tiempo, a pesar de su aparente madurez colectiva y adaptación social, el inconsciente no había hecho más que presentarlo como un adolescente inmaduro, que aún no ha alcanzado la “victoria sobre el padre”, es decir, que aún no ha alcanzado la referencia de su auténtico destino como adulto, y así entendimos por qué el anima, como evidencia el sueño, se negaba a tomarlo en serio como prometido: esperaba mucho más de él.

Decía Alejandro Dumas que las cadenas del matrimonio son tan pesadas, que se necesitan dos para llevarlas, y a veces tres. Desde el vértice opuesto, podría decirse que para expresar todo lo que contiene y conlleva la conquista del alma para un pretendiente o pretendienta con aspiraciones heroicas internas latentes, el símbolo y la sincronicidad pueden investirlos como prometidos atrapados en los obstáculos que tiende contra el compromiso y conquista de su amante-alma un “padre-marido” o una “madre-esposa”.

En el triángulo amoroso, como símbolo, pero también a menudo en la parodia de la realidad, el “rival” se delata como la sombra saturnal recíprocamente de cada pretendiente. Como padre-amante del anima, es a la vez el padre propio del pretendiente, y así se ponen en juego todas las fuerzas centrales de la psique en torno a la individuación del sujeto, tanto los aspectos del Eros como los del Logos, tanto la conquista exterior como la interna. En relación al caso práctico que estoy usando como ejemplo, la personalidad de aquel deshinibido padre tirano proxeneta del sueño resultó que escondía en efecto rasgos remotos del sujeto que fue necesario actualizar e integrar en el nivel adecuado. Su aspecto dionisiaco, su rebeldía interna, su capacidad de travesuras, al mismo tiempo que toda su capacidad para dedicarse tan responsable y seriamente “como un padre” a una profesión marginal y vanguardista, debieron ser desenterrados, bebidos, vividos e integrados trabajosamente. Todo ello entrelazado íntimamente con el problema relacional y amoroso que le planteaba a la vez, por adentro y en el correlato externo, su ánima amada.

Por eso allí donde una historia de amor presenta un conflicto de rivalidad, insto siempre a prestar atención a lo que “el otro” le está diciendo al sujeto sobre sí mismo, y a no sólo ocuparse en el significado de la persona de su interés erótico, pues así es como tanto nos dice sobre Edipo el mismo Layo. En general pobre amor es aquel que no incluye la guerra, pues la pasión de atracción entre los elementos es real de veras cuando incluye la enemistad entre ellos, propia de las naturalezas.

Dentro de estos contextos es donde el “triángulo edípico” luce con el brillo, la potencia y la actualidad que le es más adecuada como arquetipo, en un juego cada vez más serio, más individual, más profundo (y también más peligroso), y no en lo que los adultos podemos percibir, más bien como inferencia de la constelación activada dentro de nosotros mismos, en los incipientes reflejos del arquetipo en la infancia.

Lo que el Edipo nos cuenta a su modo también lo hacen al suyo, a veces de manera mucho más reveladora y directa, todos los cuentos donde aparecen princesas poseídas por magos oscuros, doncellas a rescatar de las mazmorras de castillos gobernados por tiranos, víctimas de barba azules en apuros y, especialmente, los mitos medievales sobre los problemas del amor cortesano, como el famosísimo triángulo entre Lancelot, Arturo y Ginebra, o el Tristán e Isolda. Como diría Jung, estas leyendas surgieron en una época semejante a la nuestra desde más de un punto de vista.

El Edipo trata con símbolos menos diferenciados, por eso quizás su validez sea más extensa en tiempo y ubicación, pero estos cuentos nos transmiten destellos muy acabados y muy modernos sobre una temática que debido a la renovada inquietud cada vez más vibrante del alma, propia de momentos críticos, y por ello del ánimus-ánima, están plantados cada vez más impúdicamente delante de nuestras narices, sobre nuestras mesas...y camas. Los conflictos matrimoniales crecen en extensión y en intensidad, y la triangulación empieza a parecer la forma sombría favorita de un patrón de atracción cada vez más popular en mitad de todo este caos del corazón y la cabeza.

Ya lo sabemos, cuando el sol pierde su brillo es tragado por la noche, y la luna entonces asume el mando. La Diosa vuelve a preguntarnos sobre el amor y sobre el sentido de la vida, planteando acertijos geométricos imposibles de solucionar con una mente matemática.

Pero todos estos problemas necesitan ser tratados aparte, no caben en un mero epílogo como éste.



Raúl Ortega
Terapeuta de orientación junguiana



(35) Op. Cit en (10)

(36) Op. Cit en (14)

(37) Op. Cit en (11)

(38) En su libro la prostituta sagrada, Nancy Qualls Corbett propone como componentes arquetípicos de la Coniunctio, en legítimo incesto, a la Prostituta sagrada del templo y al Extranjero.

(39) Op. Cit en (31)

(40) Op. Cit en (10)

(40b)Joseph Campbell, Op Cit en (8b)

(41) “En el himno gnostico al alma, el hijo es enviado por los padres a buscar la perla perdida de la corona del padre. Esa perla está en el fondo de una profunda fuente cuidada por un dragón en Egipto, en el concupiscente y ávido mundo de las riquezas físicas y espirituales. El hijo y heredero parte en busca de la joya y se olvida a si mismo y olvida su tarea en la orgía de los placeres mundanos egipcios, hasta que una carta del padre le recuerda cuál es su deber. Se encamina hacia el agua y se sumerge en las oscuras profundidades de la fuente, en cuyo fondo encuentra la perla que ofrece a la divinidad suprema” Jung, C.G., Op Cit en (10)

(42) C. G. Jung: Recuerdos, Sueños, Pensamientos. Ed Seix Barral, Barcelona, 1991.

* Home
* Presentación
* Iniciación
* Ensayos
* Citas
* Tipología
* Multimedia
* Consultorio

No hay comentarios: