sábado, 23 de agosto de 2008

LIBERTAD

Libertad
Louis Cattiaux
L. Cattiaux, (Valenciennes 1904 ? París 1953) Capítulo XXXI de la "Física y metafísica de la pintura".

El arte es la más pura culminación del amor a uno mismo;
¡se traiciona a sí mismo y miente a los demás
quien busca complacer a los otros por medio de su arte!
Lanza del Vasto.


La libertad del espíritu y del alma es indispensable para realizar la captación y la proyección artística; es el resultado del equilibrio de las facultades y de las funciones del ser por la unión interior. Puede decirse que el artista está liberado, cuando se encuentra libre del miedo a hacerlo mal y de la voluntad de hacerlo bien.

El artista ha de permanecer inmutable en medio de lo movedizo, libre en el mundo, coadjutor del Dios que crea el Universo.

Al ser la sensibilidad su único medio de comunicación con la creación y al no intervenir el intelecto más que en segundo lugar como ordenador de la inspiración, necesariamente, se ha de proteger dicha sensibilidad generadora por el ejercicio de una ascesis. Ya que la aptitud natural para “sentir”, con facilidad se puede transformar en sufrimiento, en susceptibilidad, en irritación perpetua e incluso convertirse en orgullo delirante.

Por eso insistimos en la utilidad de la práctica de una ascesis del desapego y del olvido de sí mismo, que se obtienen por la comunicación con los maestros espirituales y por la meditación cotidiana.

“El genio puede hundirse en la locura, la santidad jamás” (Libro Desconocido).

La santidad posee en efecto esa guarda extraordinaria que se llama humildad y que es la libertad conquistada en medio de las trampas de la apariencia mundana. El santo no se toma en serio, no se enorgullece de lo que no le pertenece, nada le pertenece aquí abajo excepto la paciencia de la criatura y la alabanza del creador.

El artista verdadero es aquel que ha arrojado de la boca el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, que hace bien lo que tiene que hacer y que no se preocupa del efecto que produce en los demás; aunque hubiera de morir a causa de su no conformidad con la visión circundante.

El artista explora la vida, se pierde en ella y se reencuentra en ella.

En la verdadera obra de arte, como en la creación, no existe el aburrimiento, es la señal de su común origen divino.

El artista, deseoso de adquirir el estado de libertad indispensable para el logro de la creación artística, ha de imponerse una disciplina mental de la misma manera que ha de practicar una disciplina artesanal, a fin de alcanzar la maestría en la expresión física de su arte.

Tendrá que luchar a cada instante para conservar el abandono, la facilidad de improvisación, la fantasía, la audacia y la alegría que animan la obra de arte.

Deberá mantener presente en su espíritu la única finalidad interior, libre de toda preocupación concerniente al juicio del público.

Tendrá que esforzarse en trabajar en ese estado de doble visión al que condiciona la verdadera inspiración, la verdadera poesía del alma, estado segundo que engendra la extrema lucidez, libera la propia volición y manifiesta la euforia indispensable para toda creación artística.

Habrá de sustituir la voluntad, la tensión y la aplicación, por los dones de la gracia, de la intuición y de la sensibilidad, es decir, deberá intentar mantener durante su trabajo el mayor desapego posible frente al motivo de su obra y frente a la opinión ajena.

Su visión interior deberá primar siempre sobre la objetividad exterior, a fin de que la sugestión se refuerce al extremo.

La inspiración no se ha de cargar con ninguna regla, con ninguna repetición, con ningún esfuerzo, con ninguna molestia, con ninguna prudencia, con ninguna economía, con ninguna moral ni con ninguna razón, ya que el arte es como la boda entre la paciencia y la fantasía, la imprudencia y el gusto, la improvisación y el orden, lo invisible y lo cotidiano, el espíritu y el peso del color.

Es la más gran audacia unida a la mayor maestría, la perfecta desenvoltura que raya la locura, pero que nunca se hunde en ella.

El arte que desenreda el caos de la sensibilidad es, ante todo, “espagiria”, ya que separa y reúne. No posee ninguna razón, es decir, ni porqué ni cómo, y, sobre todo, se opone irremediablemente a la sensatez y al sentido común.

El artista ofrece todo lo que tiene, a fin de no ser poseído por nada; renueva la creación para propio placer; su locura se parece a la sabiduría divina.

Crea en el olvido de sí mismo, cuando alcanza el manantial luminoso del Ser donde todo se hace y deshace perpetuamente.

Por medio de la oración, permanece en contacto con los maestros espirituales a los que ama, ya que sabe que la inspiración viene de Dios por su ministerio; esto es un secreto que muy pocos conocen. Ya que pocos hombres saben pedir, como también son pocos los hombres que saben dar o recibir con amor.

Bendigamos, pues, en nuestros corazones a quienes nos ayudan a ser más libres, es el único agradecimiento que aceptan y devuelven a la fuente divina, única inspiradora y única donadora perfecta.

“Libertad o muerte” para el artista más que para ningún otro hombre; esta fórmula es peligrosamente cierta durante todos los días de su vida. Mejor aún, lo que debería decorar con letras capitales los muros de su taller es la inscripción: “gratuidad o muerte”, ya que el arte es libertad, amor, gratuidad, magia y vida.

Primero hemos de romper nuestra prisión desde dentro,
y la liberación vendrá al mismo tiempo desde fuera.
El Mensaje Extraviado

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