martes, 2 de septiembre de 2008

SOCRATES


SÓCRATES



El “problema de Sócrates”



Sócrates es, sin duda, una de las figuras más fascinantes de la historia de la filosofía, hasta el punto de ser considerado, en ocasiones, como la personificación de la misma. Sin embargo, antes de entrar a examinar la vida o el carácter de tan singular filósofo debemos enfrentarnos, o por lo menos tener en mente el siguiente problema: Sócrates, al parecer, nunca escribió nada. Lo que sabemos acerca de su doctrina o pensamiento se debe a fuentes indirectas. El Sócrates que conocemos es, pues, una reconstrucción a partir de esas fuentes y, puesto que éstas no son neutrales y desapasionadas sino que nos presentan a un Sócrates diferente cada una, nos queda la duda acerca de si la imagen que hemos reconstruído es fiel al “Sócrates histórico”, tal y como se denomina a la persona real cuyo carácter hoy pretendemos dilucidar.


Sócrates (470-399 a. C)

Esta cuestión ha sido denominada “El problema de Sócrates”, y no ha encontrado hasta el momento una solución satisfactoria. Las fuentes a las que hacíamos alusión son, principalmente, cuatro:

1) Por un lado la comedia de Aristófanes “Las nubes”. En ella se nos presenta a un Sócrates ridículo que, subido a un cesto, intenta investigar acerca de los fenómenos meteorológicos, además de hacer prevalecer las razones injustas sobre las justas, como un sofista inmoral. Esta caracterización es, muy probablemente, falsa. En parte porque el texto de que hablamos es una comedia, no una reconstrucción histórica, y la exageración y caricaturización del personaje resulta casi obligada en aras a conseguir efectos cómicos. Por otro lado Aristófanes era un conservador que pretendía atacar a los sofistas por el cuestionamiento por parte de éstos de ciertos aspectos de la tradición. Tomando a Sócrates por un sofista más (como harán no pocos atenienses), centrará en él sus críticas y burlas.


ESTREPSIADES -- ... ¡Calla!, ¿y quién es ese hombre suspendido en el aire de un cesto? (...)

EL DISCIPULO -- Sócrates.

E.-- ¡Sócrates! Anda y llámale fuerte.

D.-- ¡Sócrates! ¡Sócrates!

SOCRATES-- Mortal. ¿Por qué me llamas?

E.-- Ante todo, te ruego que me digas qué es lo que haces ahí.

S.-- Camino por los aires y contemplo el Sol.

E.-- Por tanto, ¿miras a los dioses desde tu cesto y no desde la tierra? Si no es que...

S.-- Nunca podría investigar con acierto las cosas celestes si no suspendiese mi alma y mezclase mis pensamientos con el aire que se les parece. Si permaneciera en el suelo, para contemplar las regiones superiores, no podría descubrir nada porque la tierra atrae a sí los jugos del pensamiento: lo mismo exactamente que sucede con los berros.

E.-- ¿Qué hablas? ¿El pensamiento atrae la humedad de los berros? Pero, querido Sócrates, baja, para que me enseñes las cosas que he venido a aprender.

S.-- ¿Qué es lo que te ha hecho venir?

E.-- El deseo de aprender a hablar. Los usureros, los acreedores más intratables me persiguen sin descanso y destruyen los bienes que les he dado en prenda.

S.-- ¿Cómo te has llenado de deudas sin apercibirte?

E.-- Me ha arruinado la enfermedad de los caballos, cuya voracidad es espantosa. Mas enséñame uno de tus discursos, aquel que sirve para no pagar. Sea cual fuere el salario que me pidas, juro por los dioses que te lo he de satisfacer.

Las nubes , Aristofanes

No obstante la obra de Aristófanes nos indica por otro lado varias cosas: en primer lugar que es más que probable que Sócrates se dedicase efectivamente al estudio del mundo natural en su juventud (aunque posteriormente se desencantase de este tipo de investigaciones, que ya no le interesaban en el momento en que la comedia se representó por primera vez, en el año 423 a. C.), pues el público reconocía a Sócrates en la imagen que Aristófanes ofrecía, aunque ésta estuviese distorsionada. En segundo lugar podemos apreciar que ya desde su juventud, por un motivo u otro, Sócrates contaba con cierto grado de popularidad.

2) En segundo lugar contamos con los testimonios de Jenofonte, quien conoció personalmente a Sócrates y que nos habla de un ciudadano ejemplar aunque carente de la brillantez, fuerza y profundidad filosófica del Sócrates platónico.

3) Platón es quien más referencias nos ha dejado acerca de Sócrates, el que fue su maestro y a quien admiró toda su vida. Sócrates se convierte en el protagonista de numerosos diálogos en los que se debate sobre los más diversos temas o en los que se narra el juicio y cumplimiento de la condena a muerte del maestro. Puesto que los diálogos platónicos sufren una evolución a lo largo de la vida de su autor por la cual Platón, de forma progresiva, pone en boca de Sócrates sus propias teorías, para averiguar cómo fue el Sócrates histórico se toma en consideración las primeras obras platónicas, especialmente el “Critón” y la “Apología de Sócrates”.

4) Por último contamos con el testimonio de Aristóteles, considerado generalmente un “historiador” honesto que pretende ceñirse a la verdad a la hora de describir el pensamiento de filósofos anteriores. Ahora bien, él no llegó a conocer a Sócrates directamente y aunque sin duda pudo contrastar numerosas fuentes, puesto que éstas no han llegado hasta nosotros no podemos verificar su autenticidad o, al menos, su coherencia con el resto de referencias con las que contamos.

Así pues, esta es la materia a partir de la cual trataremos de recomponer al filósofo. Existen otras fuentes, como las Vidas de los más ilustres filósofos griegos , de Diógenes Laercio, pero debido a que son bastante posterioress no se han mencionado como fundamentales (aunque podamos mencionarlos más adelante). Por lo general, y como hemos anunciado, nos serviremos de los primeros diálogos platónicos considerándolos los más fidedignos.



7.2. Vida y carácter de Sócrates

¿Cómo es posible no enamorarse de Sócrates?

Luciano de Crescenzo

Sócrates nace en el año 470 a. C. en Atenas, ciudad en la que vivirá toda su vida y de la que apenas saldría, salvo para realizar una visita al oráculo de Delfos y como guerrero hoplita, en cumplimiento de sus deberes como ciudadano. Precisamente uno de los rasgos más característicos de Sócrates es la intesa vinculación y unión que sentía con Atenas y el profundo respeto hacia sus leyes. El propio Sócratess señala que esta actitud se debe a la existencia de un pacto entre el individuo y las leyes de la ciudad. En la medida en que cada persona decide permanecer en la ciudad, en Atenas en este caso (y, pudiendo hacerlo, no marcha a otro sitio) se compromete al cumplimiento de las leyes.

La profunda interiorización de este pacto por parte de Sócrates configura en él una personalidad de una integridad y firmeza ejemplar. En cumplimiento y obediencia de la ley Sócrates no sólo muestra una gran valentía en los momentos en los que luchó como hoplita que mencionábamos anteriormente (tres ocasiones, para ser más exactos, las batallas de Potidea, Delión y Anfípolis, en los años 432, 424 y 422 a. C., contando Sócrates con 38, 46 y 48 años, respectivamente), sino que también muestra su valor en la actitud cívica, oponiéndose a una decisión tomada por toda la asamblea, la cual, movida por la cólera y el afán de venganza, pretendía juzgar a ocho generales simultáneamente a pesar de estar prohibidos ese tipo de juicios comunitarios. Volverá a mostrar su valentía dos años más tarde cuando, bajo el gobierno de los “Treinta tiranos”, se negó a la detención ilegal de otro ciudadano que le había sido encomendada a él y a otras cuatro personas. Platón, en boca de Sócrates, narra estos acontecimientos en su “Apología de Sócrates”:

“Aquel gobierno, a pesar de su violencia, no logró atemorizarme para que cometiera una acción injusta. Al contrario, cuando salimos del tolo, los otros cuatro partieron para Salamina y trajeron a León, pero yo, al salir, me marché a mi casa. Y esto me hubiera costado probablemente la vida si aquel gobierno no se hubiera disuelto tan pronto.”
Apología de Sócrates , Platón

Esta valentía e integridad, que tendrá su momento cumbre frente al juicio y condena que pondrá fin a su vida, como veremos más adelante, no es el resultado de un ímpetu furioso, sino que, por el contrario, es la consecuencia de una actitud reflexiva. Con ella pasamos a considerar otro aspecto del carácter de Sócrates, que es su continuo vivir filosofando, su permanente crítica tanto de sí mismo como de los demás:

“ Por todas partes vengo sin hacer otra cosa que persuadiros a los más jóvenes y a los más viejos que antes y con más empeño que de vuestros cuerpos os preocupéis de vuestra alma de modo que sea lo mejor posible, y vengo proclamando que la virtud no deriva de la fortuna, sino que, al contrario, de la virtud derivan la fortuna y todos los demás bienes humanos, tanto privados como públicos .”


Sócrates (a la derecha) dialogando con varios personajes, entre ellos Alcibíades, a la izquierda. Detalle del cuadro de Rafael “La escuela de Atenas”

Esta actitud responde a diversos motivos (como veremos más adelante cuando tratemos los objetivos de la filosofía socrática), pero ahora queremos destacar la visión que el propio Sócrates tenía de sí mismo y de su modo de vida:

“Si cuando los jefes que vosotros elegisteis para mandarme en Potidea, en Anfípolis y en Delion me asignaron un puesto, yo aguanté como el primero donde ellos me habían colocado y arrostré el peligro de muerte, mi conducta sería gravemente reprochable, atenienses, si abandonara mi puesto por miedo a la muerte o a cualquier otra cosa, ahora cuando el dios, como he creído y aceptado, me ordena que viva filosofando e investigándome a mí mismo y a los demás.”
Apología de Sócrates, Platón

Al hacer alusión a “el dios”, Sócrates se está refiriendo en realidad al oráculo de Delfos, el cual, respondiendo a la pregunta formulada por Querofonte acerca de si había alguien más sabio que Sócrates, respondió negativamente. Cuando el filósofo supo la respuesta del oráculo quedó muy sorprendido y sumamente perplejo y se propuso desentrañar el sentido oculto de las palabras del oráculo, pues era consciente de no ser el más sabio de los hombres. Pregunto, por tanto, y examinó a aquellos generalmente tenidos por sabios, también a los políticos y finalmente a los artesanos. Lo que descubrió fue que los dos primeros grupos no eran verdaderamente sabios aunque se tomaban por tales. Con respecto a los artesanos constató que efectivamente sabían acerca del área en la que se ocupaban, pero que con la misma seguridad se pronunciaban acerca de temas ajenos a su materia y pretendían saber de igual manera. Sócrates concluyó que si era el más sabio se debía a que era el único consciente de su ignorancia, mientras que los demás, desconociendo tanto como él, ignoraban además su propia ignorancia.

Sócrates consideró que el oráculo le exigía la indagación filosófica (así como el método concreto de búsqueda, si bien esta cuestión se analizará en un apartado propio) e interpretó que el oráculo le encomendaba una misión a la que no podía renunciar. Este suceso, que tanto influyó en Sócrates, así como el precepto, también procedente del oráculo, “Conócete a ti mismo”, marcan la vida y el carácter de Sócrates y la figura que nos ha llegado hasta nosotros, la del tábano que, con sus continuas preguntas muestra que los que pretenden saber son ignorantes en realidad, el tábano decidido a despertar a cuantos se relajen en el ejercicio de la virtud, y al despertar a los individuos concretos, despertar por igual a la ciudad.



7.3. Objetivos de la filosofía de Sócrates

Para entender adecuadamente qué es lo que pretende Sócrates debemos resaltar, del contexto que ya hemos analizado, los aspectos más importantes frente a los que reacciona, y estos son la crisis de la polis, el movimiento sofístico y el funcionamiento de la democracia. Tres aspectos que están íntimamente ligados, resultando difícil precisar en qué medida unos son causa o efecto de otros. El problema fundamental, en cualquier caso, es la crisis de la polis, la pérdida de la vinculación que los ciudadanos sintieron por la ciudad en tiempos más remotos (pero no más allá de las batallas de Maratón , en el 490 o de Salamina, en el 480 a. C. en las que, como ya se ha dicho, los persas fueron derrotados y el prestigio y auto-confianza de la polis se afianzó.

Por lo que respecta al movimiento sofístico, éste introdujo el individualismo de tipo egoísta en el que sujeto y estado se enfrentan, así como el relativismo en todo tipo de cuestiones, ya sean legales, filosóficas, morales, culturales, etc. No obstante, como hemos dicho, no se debe pensar por ello que los sofistas fueron exclusivamente causa de la decadencia de la polis, pues en muchas ocasiones estos pensadores no hicieron más que dar respuesta a problemas que ya estaban planteados.

Por lo que al funcionamiento de la democracia se refiere, Sócrates observó consternado que las asambleas y los líderes políticos se dejaban llevar más por las pasiones que por la razón.

Así pues: ciudad en crisis, valores puestos en cuestión, educación sofística orientada al éxito en la asamblea e influencia de los demagogos unido todo ello a la toma de conciencia popular del caos al que llevaba la política imperialista ateniense, lo que procuraba a su vez un estado de ánimo general más proclive al miedo y a la toma de decisiones de forma compulsiva que a la reflexión calmada. Todos estos son elementos de un círculo vicioso que se alimentaba a sí mismo.

A todo ello se enfrenta Sócrates. Su objetivo es recuperar la unidad perdida, pero es consciente de que una vez introducido el individualismo no hay marcha atrás. Así pues, Sócrates, como ha señalado Tomás Calvo, buscará su objetivo precisamente por medio de aquello que disgregaba la sociedad: un individualismo más pleno y consciente capaz de asumir de una forma personal el pacto con las leyes de la polis. En definitiva, la extensión de la propia actitud socrática, y es que Sócrates busca la reforma de la ciudad a través de la reforma del ciudadano, pues uno y otro no son sino dos caras de una misma moneda.



7.4. El método socrático.

Puesto que Sócrates mismo ha afirmado que no sabe nada y que su sabiduría radica en el reconocimiento de su ignorancia ¿de qué forma puede ejercer una función educativa y enseñar a los demás lo que pueda ser la virtud?

El método socrático se compone de dos momentos o fases. En la primera de ellas hace uso de la ironía y acosa a su interlocutor con preguntas para mostrar que el conocimiento que éste creía tener no es tal. Sócrates pregunta por una definición general de aquello acerca de lo cual versa la conversación y cuando alguien le ofrece una, aquél muestra como determinado contraejemplo pone en cuestión la corrección de la definición propuesta.

“ Recuerda que no te he pedido que me muestres una o dos de las muchas acciones que son piadosas, sino que me muestres la forma misma a que nos referimos, aquella en virtud de la cual todas las acciones piadosas son piadosas. ¿Acaso no has afirmado que las acciones impías son impías y las piadosas son piadosas en razón de una forma única? ¿O no lo recuerdas?
- Si, lo recuerdo.
- Muéstrame, pues, cuál es esta forma para que, poniendo en ella la mirada y usándola como paradigma, pueda yo decir de todo lo que concuerda con ella -lo hayas hecho tú o cualquier otro- que es piadoso y de lo que no concuerda con ella que es impío.”

Demostrada la falsedad de las definiciones comunes, Sócrates no se contenta tampoco para averiguar qué sea la justicia con la mera enumeración de actos considerados justos, sino que pretende averiguar qué es aquello que esos actos tienen en común en base a lo cual son considerados justos. Esta es ya la segunda fase de su método, la mayéutica , que él mismo compara con el trabajo que ejercía su madre, el de comadrona, pues, afirmaba Sócrates, si la partera se ocupa de ayudar a dar a luz a los hombres, él se dedicaba a ayudar a éstos a dar a luz a las ideas (“maieutike” es, en griego, el arte de la comadrona).



7.5. El intelectualismo moral

La insistencia por parte de Sócrates en la búsqueda de definiciones de lo que sea lo justo o lo bueno tiene su fundamento en la identificación que Sócrates establece entre el saber y la virtud. Según Sócrates, conocer lo bueno supone obrar bien. De nuevo tenemos dos caras, conocimiento y virtud, de una misma moneda. Sócrates no puede concebir que alguien que conozca el bien obre mal. La famosa frase de (?), “ Veo el bien y lo apruebo, y sin embargo elijo el mal ”, es inconcebible para Sócrates, para quien sólo se obra mal por ignorancia.

Esta postura lleva a consecuencias ciertamente paradójicas. Si nadie obra mal si no es por ignorancia, debemos deducir que nadie obra mal voluntariamente; no hay, por lo tanto, responsabilidad alguna por parte del sujeto que obra mal (aunque se podría argumentar que el ignorante es responsable en la medida en que es responsable de su ignorancia, pero eso nos llevaría a otro tipo de problemas).

En la base de esta concepción se encuentra una imagen de la naturaleza humana excesivamente racionalista, en la que los elementos irracionales no tienen cabida. Platón, uno de los continuadores de la filosofía socrática, ya no aceptará esta identificación tan estrecha entre saber y virtud, aunque la necesidad de la primera para la obtención de la segunda seguirá siendo de una importancia vital (al fin y al cabo la polis imaginada por Platón no es sino el gobierno de los sabios).



7.6. El juicio de Sócrates

Sin duda Sócrates debió contraer para sí, de forma involuntaria, numerosos enemigos con su actitud de permanente crítica (aunque también fuese autocrítica); por otro lado Sócrates mantenía lazos de amistad con políticos como Alcibíades (al que había salvado la vida en una de sus valerosas actuaciones militares), que el pueblo despreciaba, no sin razón, pues había llevado a Atenas a la ruina para traicionarla después, o con Critias, antiguo discípulo de Sócrates que llegó a ser la cabeza del gobierno de los “Treinta tiranos”. Finalmente la comedia de Aristófanes a la que nos referimos al comienzo del análisis de la figura de Sócrates había calado entre la gente. El propio Sócrates se refiere a ella en estos términos:

“Sócrates comete delito: actúa indebidamente investigando los fenómenos subterráneos y celestes, haciendo prevalecer el argumento peor y enseñando todas estas cosas a los demás.

De algo así se trata. Todo esto, en efecto, lo habéis visto con vuestros propios ojo en la comedia de Aristófanes: un Sócrates moviéndose de acá para allá, diciendo que volaba y proclamando muchas otras necedades de las cuales yo no sé ni poco ni mucho”.

Por todo ello no resulta sorprendente que Meleto y Anito, que habían luchado contra Critias por la instauración de la democracia acusasen a Sócrates de supuestos delitos contra la religiosidad y la moralidad. La acusación, tal y como se recoge en los “Recuerdos de Sócrates”, de Jenofonte, afirmaba:

“Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pithos contra Sócrates, hijo del Sofronisco de Alópece: Sócrates comete delito por no reconocer los dioses que reconoce la ciudad y por introducir nuevas divinidades. También comete delito por corromper a los jóvenes. Se solicita la pena de muerte.”
Recuerdos de Sócrates , Jenofonte

La acusación (con la afirmación “ por introducir nuevas divinidades ”) hace referencia a un aspecto de Sócrates que todavía no hemos tratado. Dentro de la religiosidad del filósofo examinamos la importancia del oráculo, sin embargo, además de éste Sócrates afirmaba que su “daimon” particular le dictaba lo que debía hacer y lo que no (si hacemos caso a Jenofonte) o sólo le indicaba lo que no debía hacer (si hacemos caso a Platón). El daimon es un ser intermedio entre los dioses y los hombres que actuaba de intermediario entre ambos. Sócrates se refiere a él como una voz que le aconseja y le persuade.

Según Sócrates, fue su daimon quien le prohibió preparar un discurso en su defensa para el juicio. Llegado éste, Sócrates no se defendió bien y tras una primera votación fue condenado por una escasa mayoría. A los acusados se les permitía, una vez declarada su culpabilidad, proponer una pena alternativa a la de la acusación. Sócrates simplemente reiteró que él no había hecho nada en contra de la ciudad ni de sus leyes, antes al contrario, por lo que debería ser incluso recompensado. Esta afirmación se tomó como una arrogancia y enfureció al tribunal que, en una segunda votación, se decantó claramente por la pena de muerte.

Sócrates pudo tal vez haber salvado su vida ofreciendo el destierro como pena alternativa (e igualmente si hubiese preparado un discurso, u ofrecido el discurso que para él había elaborado otro orador, como leemos en los diálogos platónicos), pero probablemente para él habría sido una pena mucho mayor el tener que marchar de su ciudad en semejantes condiciones.

El juicio que sufrió Sócrates puede parecernos hoy día simplemente una tremenda injusticia, pero un examen más cuidadoso presenta la situación de otra manera. Hegel, en sus “Lecciones sobre la filosofía de la historia universal”, analiza el proceso de la siguiente manera:

“En Sócrates vemos representada la tragedia del espíritu griego. Es el más noble de los hombres; es moralmente intachable; pero trajo a la conciencia el principio de un mundo suprasensible, un principio de libertad del pensamiento puro... y este principio de interioridad, con su libertad de elección, significaba la destrucción del estado ateniense. El destino de Sócrates es, pues, el de la suprema tragedia. Su muerte puede aparecer como una suprema injusticia, puesto que había cumplido perfectamente con sus deberes para con la patria, y había abierto a su pueblo un mundo interior. Mas, por otro lado, también el pueblo ateniense tenía perfecta razón, al sentir la profunda conciencia de que esta interioridad debilitaba la autoridad de la ley del estado y minaba al estado ateniense. Por justificado que estuviera Sócrates, tan justificado estaba el pueblo ateniense frente a él. Pues el principio de Sócrates es un principio revolucionario para el mundo griego. En este gran sentido, condenó a muerte el pueblo griego a su enemigo y fue la muerte de Sócrates la suma justicia. Por alta que fuera la justicia de Sócrates, no menos alta fue la del pueblo ateniense, condenando a muerte al destructor de su eticidad. Ambas partes tenían razón. Sócrates no murió, pues, inocente; esto no sería trágico sino simplemente conmovedor. Pero su destino es trágico en el verdadero sentido.”
Lecciones sobre la filosofía de la historia universal , Hegel

Si a esto le unimos el ya mencionado objetivo de Sócrates de superar el individualismo egoísta que separa al individuo de la ciudad, precisamente a través de un individualismo auto-consciente, lo trágico de la paradoja se hace más evidente. En palabras de Tomás Calvo:

“ La paradoja de Sócrates consiste, creo, en intentar unir el individuo con la ciudad precisamente por medio de lo que los separa : la reflexión. Anito tenía razón cuando veía en la reflexión un elemento disolvente de la polis. Pero Anito no comprendió que Sócrates aspiraba a lo mismo que él, a la integración del ciudadano con la ciudad, si bien pretendía lograrlo desde un estado reflexivo, de madurez, del ciudadano .”



7.7. La muerte de Sócrates

Por una casualidad, en el momento en que Sócrates fue juzgado y condenado no estaba permitido en Atenas realizar ninguna ejecución, por lo que Sócrates tuvo que esperar varios días en prisión hasta que el momento fuese el oportuno. Algunos de los diálogos platónicos están dedicados a describir esos días. Los amigos de Sócrates le ofrecieron una huída, sobornando para ello a los guardas, pero Sócrates no aceptó tal cosa y argumentaba con los discípulos acerca del deber de obedecer las leyes en cualquier circunstancia. Platón nos describe los últimos momentos de la vida de Sócrates y la muerte del maestro. Éste, tranquilo y relajado, habla acerca de si la muerte es un bien o un mal, y de la posibilidad de que el alma sea inmortal. Sus discípulos y compañeros, conforme se acerca el momento fatal, van angustiándose hasta romper en lágrimas muchos de ellos. Sócrates, que se había despedido previamente de su mujer y de sus hijos precisamente para evitar esta situación, va consolando a cada uno como puede.

Finalmente entra el carcelero con la cicuta, y haciendo todo cuanto éste dice, Sócrates la bebe con calma ante la desesperación de sus amigos.

Cuando el veneno comienza a obrar su efecto, Sócrates se tiende. Tiempo atrás, mientras conversaba con uno de sus alumnos, afirmaba Sócrates que el sabio debía permanecer impasible incluso ante la muerte. Le increpó aquel que eso mismo no sería capaz de afirmarlo y de cumplirlo en el mismo momento de morir y afirmó que ofrecería un gallo al dios Esculapio si Sócrates era capaz de mantener lo que decía. Llegado el momento, antes de que el veneno acabase con su vida, el filósofo miró a aquel discípulo y, sonriendo, le dijo, “recuerda que debemos un gallo a Esculapio”.

Este es el fin de Sócrates, el hombre que Platón consideró como “el más justo y bueno de todos los hombres”. De muchos filósofos nos han ido quedando, con el paso del tiempo, sus obras, sus escritos y su doctrina, mientras la persona, el ser humano que vivió, pensó y sintió tras ellos se ha ido desdibujando con el tiempo. En el caso de Sócrates su pensamiento ha sido verdaderamente enigmático y nos vemos obligados a especular sobre lo que verdaderamente llegó, o no, a pensar. Sin embargo, como ser humano, dotado de un carácter peculiar, de una forma única de sentir y de vivir, su imagen ha sobrevivido al tiempo y al olvido. Ejemplo de valentía, de honestidad, de sabiduría y de integridad, este es el Sócrates que brilló en Atenas, y el Sócrates que ha quedado para la posteridad.

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