viernes, 31 de octubre de 2008

LA DOBLE VIDA DE MARTIN HEIDEGGER


La doble vida de Martin Heidegger
Hoy se cumplen 30 años de la muerte del controvertido filósofo alemán. Su búsqueda de un nuevo sistema de valores le llevó al nazismo, lo que no le impidió caer en el adulterio con una discípula judía
JUAN FRANCISCO FERRÉ/

POLÉMICO. Las teorías de Heidegger han estado en el ojo del huracán durante estas tres décadas. / SUR

Treinta años del affaire Heidegger


A Heidegger le gustaba contar una anécdota de la vida de Heráclito que consideraba esencial para comprender el destino de la filosofía en este mundo. Quizá sea esclarecedor trasladar esa anécdota a la controvertida figura del así llamado 'filósofo del ser'. Pongámonos en la posición de los visitantes extranjeros que deciden un día visitar a Heidegger en su famosa cabaña de la Selva Negra y que al llegar a las inmediaciones de la misma lo sorprenden calentándose junto a un horno en zapatillas y gorro de dormir. Dados los antecedentes, no sería impensable que uno de los extranjeros bromeara sobre el horno y, aludiendo al más siniestro episodio de la historia del siglo XX, se atreviera a insinuar que, habiendo sido Heidegger cómplice de Hitler, ese horno era un horno crematorio.

Mientras otro de los visitantes, escandalizado por el humor negro de su colega, simplemente manifestaría que para él la actitud de Heidegger, buscando en el horno algo del calor que parecía faltarle a su vida, revelaba la soledad y el aislamiento que habría podido experimentar en los años de la posguerra. Un tercero hablaría todavía del significado de las llamas en la meditación sobre el ser.

Al acercarse después al filósofo aterido, los visitantes le oirían decir: «Pasen adentro. También aquí habitan los dioses», dándoles a entender que, a pesar de lo que pudieran pensar, la vida cotidiana no es un obstáculo al pensamiento, sino un estímulo.Sin embargo, los visitantes deberían leer también ese enunciado como sutil apología de sí mismo: «Si me juzgan desde fuera, podrían pensar que soy otro del que soy, pero si me entienden bien, cosa que nadie ha hecho hasta ahora, sabrán exactamente lo que quise decir en cada momento».

El filósofo charlatán

El problema es que Heidegger, según su amante y discípula Hannah Arendt, era un mentiroso contumaz. ¿Por qué creer entonces en sus palabras más que en sus obras? El 'caso Heidegger', en este sentido, podría representar, más que un error de afiliación política, un grave problema de desdoblamientos y multiplicaciones de personalidad, enmascaramientos y disfraces varios.

Es difícil decidir, por tanto, qué parte de la palabrería fáustica de Heidegger es menos capciosa: si su insistencia exasperante en la pregunta del ser («¿por qué el ser y no más bien la nada?»), la vindicación de la autenticidad y el rechazo asqueado del mundo («in-mundo») contemporáneo, la necesidad de las raíces, el habitar la tierra y la aceptación del ser-para-la-muerte; o su mitificación y mixtificación del lenguaje, la concepción monógama y casi monomaníaca de la filosofía y el pensar, por no hablar de sus senderos del bosque que se extraviaban en círculos excéntricos y nunca llegaban al "claro" del ser, o su más que cuestionable aproximación al arte y la literatura.

La teología del ser

El designio fundamental de la empresa heideggeriana consistió, en primer lugar, en poner la filosofía pura por encima de la ciencia moderna y de sus acólitos la filosofía de la ciencia y el positivismo, y después, una vez reconocida la primacía histórica de la técnica y, sobre todo, una vez probada en la realidad de la praxis política el carácter temporalmente inviable de sus tesis, colocar por encima de todo lo existente una nueva religión («una meta-teología», según George Steiner).

Se ha señalado a menudo que el discurso religioso constituía una impronta esencial de su vida y su pensamiento: nació católico y quiso ordenarse sacerdote, se aproximó luego al culto protestante, y murió como católico. Desde 'Ser y tiempo' (1927) su filosofía se puede concebir como la reformulación en un lenguaje filosófico de las verdades que la teología cristiana fue incapaz de procurarle. Según Herman Philipse, la condición inconclusa de esta obra podría estar ligada al hecho de que Heidegger esperaba que su escritura le devolviera, por gracia divina, la creencia en las certezas de la fe.

Pero no fue así y, a partir de ese momento, se dedicó a «deconstruir» lingüísticamente sus propios fundamentos y replantearse en términos místicos la cuestión del ser. Sin embargo, no es convincente su hipótesis de que Heidegger odiara el cristianismo hasta el punto de que su compromiso con los nazis y su pretensión de ofrecer una alternativa filosófica a la espiritualidad humana surgieran de un impulso luciferino o rebelde similar al de Lutero.

Es evidente que Heidegger no consiguió nunca apartarse del contacto con lo religioso. De hecho, su pensamiento entroncaría fácilmente con cualquier forma de fundamentalismo, esto es, de sacralización de los «fundamentos» de un pueblo, una tierra, una cultura, una raza o una creencia.

Heil Heidegger

En el ideario nacional-socialista Heidegger reconocería una solución práctica a la ecuación política de la modernidad: cómo gestionar el poder y la técnica en una sociedad de masas dominada por un creciente nihilismo. Descartadas las opciones democrática y comunista, el nazismo resolvía para Heidegger dicha problemática sin traicionar sus convicciones pequeño-burguesas, combinando un control absoluto de la técnica con la resurrección de la mitología y los valores supremos de la tierra y la raza germánicas como fundamento genuino de la cultura occidental. En esto mismo residía, como declara en su 'Introducción a la Metafísica' (1935), la «verdad interna y la grandeza de este movimiento».

Para desesperación de sus seguidores, Víctor Farías probó definitivamente que el cuerpo filosófico de Heidegger se revestía, de la cabeza a los pies, con el uniforme nazi. En la posguerra se vanagloriaba proclamando, con evidente cinismo, «quien piensa a lo grande, se equivoca a lo grande». Su error, por tanto, no fue sólo político o moral: Heidegger sucumbe también como filósofo ante el poder y la fascinación de la «bestia rubia» y la barbarie ideológica hitleriana (con el ridículo añadido de que los nazis nunca le hicieron mucho caso). Indudablemente, su error reveló el alcance verdadero de su pensamiento y su deseo de radicar la filosofía en la radicalidad (en cierto modo inhumana) de los procesos históricos.

Por otro lado, si se analiza correctamente se verá que el pensamiento de Heidegger es acaso el último en poseer una ambición total derivada de la conciencia de la consumación de la metafísica y el fin de la filosofía con el triunfo de la técnica como manifestación mundial de la voluntad de poder. Era lógico, en este sentido, que la voluntad de poder que sustentaba ese pensamiento acabara en una aplicación totalitaria del mismo.

El ser y los malos tiempos

Nuestra época era para Heidegger, además de un paradigma decadente, una de las más oscuras y peligrosas de la historia. La convergencia inevitable de las democracias occidentales hacia las formas totalitarias y tecnocráticas, como explica Giorgio Agamben, su más importante discípulo actual, sería la confirmación negativa de la tesis heideggeriana de que los estados autoritarios están en correspondencia más efectiva con la voluntad de poder emanada de la técnica planetaria que los democráticos.

En todo caso, el pensamiento de Heidegger, como diagnosticaron los neo-filósofos Luc Ferry y Alain Renaut, representa la mayor amenaza intelectual contra el pensamiento democrático y la democracia como sistema de gestión del poder político y la tecnología en la era de la mundialización de la voluntad de poder del capitalismo. Conocer a Heidegger es, por tanto, conocer las debilidades y tentaciones de nuestras sociedades y también a nuestro enemigo interior: un adversario tenaz al que, como en la historia de la filosofía concebida por él como una sucesión de máscaras enmascaradas, conviene desenmascarar para convertirlo en nuestro aliado eficiente.

Hannah y Martin

Derrida confesaba hace unos años que en caso de ser posible habría querido interrogar a Hegel o a Heidegger sobre su vida sexual, obligándoles al mismo tiempo a admitir que no se podía separar su pensamiento filosófico de sus vidas privadas. Sin embargo, Derrida reconocía que el género de dicha interrogación debería tener más dignidad que un porno vulgar.

En el caso de Heidegger se equivocaba: sólo una mirada pornográfica sabría 'desocultar' en condiciones el romance adúltero de la judía Hannah Arendt y el filósofo filonazi Martin Heidegger. Si nos interrogáramos sobre la conducta de ambos en la cama (posiciones, actitudes, hábitos, preferencias, fetichismos, manías, etc.) veríamos tambalearse segundo a segundo, y luego desplomarse, no sólo las verdades primordiales de la ontología fundamentalista de Heidegger, sino los principios humanistas y democráticos con los que Arendt (la musa paradójica de 'Ser y tiempo') erigió su discurso ético y político.

Lo siento por Derrida, pero yo también, como sugiere Steven Shaviro, preferiría ser espectador de los episodios de ese «porno vulgar» escenificado por Hannah y Martin en la «casa del ser» (el improvisado guión la localiza unas veces en la buhardilla de ella en Marburg, otras en la cabaña emboscada de él en Todtnauberg y otras aún en hoteles anónimos), antes que leer ningún otro egregio tratado de cualquiera de los dos. Quizá sea mi retorcido modo de declarar que prefiero la novela, cualquier novela, a la filosofía, cualquier filosofía, cuando se trata de hablar de la condición humana y la vida, cualquier vida. Incluida la del filósofo Martin Heidegger.

1 comentario:

Anónimo dijo...

A mí me gustaría verlos a Heidegger como Nietzsche leyendo esta, tu carta de amor a un anónimo… ¡como reirían!
Que atrevidos somos!, con nuestros gustos y sanciones...
Puedes alquilar una película, si deseas ver porno vulgar... o, practicarlo;
Puedes haber estudiado 60 años filosofía o literatura... tienen el virus del estilo periodístico... como el mio.

ramiro ugade, 31, costa rica