jueves, 8 de enero de 2009

El antiguo Egipto y el éxito en la vida

El antiguo Egipto y el éxito en la vida
La investigación y el conocimiento de los fundamentos de la llamada ‘civilización’, o si se quiere, ‘cultura’ faraónica, aportan una enorme riqueza al estudioso que se ve ampliamente recompensado como consecuencia de dicha actividad intelectual. Quiero decir que, profundizar en el mundo de lo egipcio, ofrece una panoplia de lecciones éticas que serían de enorme utilidad a esta sociedad en la que vivimos y que, muchas veces, parece haber perdido su norte.
El antiguo Egipto y el éxito en la vida


Ante esa desorientación que produce la evidencia de la permanente ausencia de valores de referencia en nuestra convivencia diaria, resulta muy satisfactorio regresar al mundo del ‘pensamiento egipcio’, bucear en sus contenidos y extraer alguna conclusión. Creo firmemente que una gran parte de la irresistible atracción que ejerce sobre nuestra mente lo faraónico, lo egipcio antiguo, tiene su más sensible fundamento en la impresión de ‘armonía’ que se desprende de sus elaboraciones éticas y religiosas.

Las biografías más célebres de personajes de alto nivel en la sociedad egipcia que han llegado hasta nosotros tratan de fundamentarse en lo que la egiptología ha llamado ‘las enseñanzas’ o ‘la sabiduría’ egipcia. Es decir, una serie de principios morales con fundamento en el respeto a la máxima ley por el orden universal que parece regir todo y que ellos denominaban como ‘la Maat’. Esta gran abstracción parece haber sido el basamento cimentador de su civilización.

Y lo cierto es que no existe parcela de la vida humana que no haya sido considerada a la luz de tal reflexión universal.

Un supuesto de evidencia de lo que decimos se ve reflejado en el concepto de lo que para los egipcios suponía alcanzar el éxito en la vida.

Las elites egipcias nos comunican la idea de que el hombre y su trayectoria vital podían torcerse por multiplicidad de errores, uno de los cuales era la ignorancia. El desconocimiento de los principios elementales de comportamiento social era una aberración insoportable a los ojos de los sabios egipcios.

Estos principios se enseñaban recomendando leer las instrucciones que los padres daban a sus hijos. La experiencia vital acumulada por las generaciones que habían vivido antes era un caudal inagotable de sabiduría. Por tanto, aprender, instruirse, era la primera obligación del egipcio que quería tener éxito en la sociedad egipcia.

Podría decirse que esto no es nada nuevo, ni ajeno a lo que nuestros propios valores han proclamado hasta hace poco tiempo.

Pero, sobre esta idea crucial de huir del ignorante, del hombre que no quiere aprender de las experiencias del pasado, primaba otra de carácter absolutamente subjetivo. Se trata del rechazo de las personas que poseen una naturaleza gobernada por las pasiones personales, lo que, a los ojos egipcios comportaba un gran peligro, no solo para quien actuaba bajo el imperio de sus pasiones, sino para quien cometía el error de relacionarse en cualquier forma con aquél.

Las enseñanzas egipcias distinguen dos clases de temperamentos: el hombre ‘apasionado’ y el hombre ‘autodisciplinado’, al cual denominan como ‘el hombre silencioso’. El hombre apasionado es gárrulo, pendenciero, avaro, arrogante, arbitrario. Por el contrario, el ‘hombre silencioso’ es paciente, modesto, calmado y, sobre todo, dueño de sí mismo en todas las circunstancias.

Las enseñanzas de Amen-em-Ope analizan las consecuencias que sufrirán cada una de estas dos clases de personas:

‘En cuanto al hombre apasionado en el templo, es como un árbol que crece al aire libre. De repente sobreviene la pérdida de follaje, y encuentra su fin en los astilleros, (o) es llevado fuera de su lugar, y el fuego es su vestidura mortuoria…Pero el hombre verdaderamente silencioso se mantiene aparte. Es como un árbol que crece en su jardín. Florece y duplica su fruto. (Se encuentra) delante de su señor. Sus frutos son dulces, su sombra es grata y llega a su final en el jardín’.

Pero, como bien señalaba Frankfort, es sencillo malinterpretar el ideal del ‘hombre silencioso’. Este concepto no implicaba la exaltación de la sumisión, la mansedumbre u otra actitud fundamentada en lo religioso, no era esa la cuestión.

Esta reflexión era la consecuencia del análisis de un comportamiento ético. Este ‘hombre silencioso’ era el que alcanzaba el éxito social, tal era el perfil con el que los altos funcionarios se orientaban para triunfar en la vida.

Los egipcios creían que la persona que era víctima de su incontinencia verbal y pasional ponía en riesgo su éxito por la violencia que generaba su actitud; con ello destruía su integración armónica en el orden existente que todo rige, el único principio a nivel de comportamiento social que, a la larga, resulta efectivo.

La verdadera sabiduría era para los egipcios el auténtico poder. Pero, para alcanzar aquella y este había que dominar los propios impulsos, siendo el silencio, no un signo de humildad o cobardía, sino de superioridad manifiesta.

El que se involucraba en situaciones en las que existía el riesgo de ser arrastrado por los propios sentimientos, especialmente si estos tenían su origen en la envidia, el despecho, el odio, o la venganza, correría la peor de las suertes…verse ridiculizado y, finalmente, apartado de la vía del éxito.

Por eso Amen-em-Ope aconseja: ‘…deja paso al que ataca, detente ante el intruso, duerme una noche antes de hablar, porque la tormenta estalla como una caña en llamas…apártate del hombre víctima de sus pasiones, retírate, abandónale a sus demonios, Dios sabrá como contestarle…pónte en manos de Dios y tu tranquilidad abatirá a tus enemigos. ¡Mira, el cocodrilo no emite ningún ruido, y por ello causa un gran temor!’.

Francisco J. Martín Valentín
Egiptólogo

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