sábado, 7 de febrero de 2009

La Sociedad Lunar de Birmingham


Noche del 31 de Diciembre de 1775, la luna ilumina la invernal oscuridad mientras unas sombras recorren el vestíbulo de un señorial caserón de Birmingham. Una gran puerta de madera se abre, las sombras se internan en el edificio y se convierten en elegantes figuras ávidas de emociones nuevas. Aquella noche, un grupo de hombres de ciencia y empresarios, que anteriormente ya se habían reunido informalmente bajo el nombre de Círculo Lunar, decidieron dar un paso más y formar una sociedad destinada a cambiar el mundo. Puede parecer algo ingenuo, pero lograron su objetivo plenamente. El pequeño grupo de catorce inquietos intelectuales, apasionados de la industria, la tecnología y la ciencia, nunca publicó el contenido de sus discusiones, jamás originó papeles que dejaran constancia de sus animadas conversaciones y, sin embargo, cinceló el futuro que hoy es presente. No se vea en aquello una conspiración, nada más lejos de la realidad, la idea era cenar bien, beber un buen licor y, al amor de la lumbre, discutir sobre las máquinas y la ciencia como agentes del cambio de una sociedad agraria a una industrial.

En aquella noche nació la Sociedad Lunar de Birmingham, cuyos miembros se conocían a sí mismos como “los lunáticos”. En verdad, las gentes comunes que veían en la distancia las actividades de los lunáticos seguramente pensaran que, al menos, algún tornillo parecía faltarles. La luna, además de su poder simbólico, tenía otros “poderes”. A la hora de volver a sus casas, bien entrada la noche, nada mejor que contar con el resplandor de la luna llena para circular por los caminos, así que el grupo decidió reunirse las noches en que la luna, en su máximo esplendor, alumbraba la tiniebla.

¿Qué sucediá en las cenas de La Sociedad Lunar? Aunque no queden actas de las conversaciones, son muchos los recuerdos que han sobrevivido de aquellas excitantes reuniones. Se hablaba de todo, sin límite, sin ningún orden establecido previamente, la libertad reinaba con alegría. Allí, sentados en sus cómodos sillones, discutían sobre política, arte, ciencia, máquinas, dinero y, sobre todo, del mundo futuro. Las apasionantes sesiones tuvieron protagonistas igualmente memorables, como James Watt, padre de la máquina de vapor, el polifacético Erasmus Darwin, William Herschel, astrónomo real descubridor de Urano, empresarios industriales como Matthew Boulton, siempre inquieto pensando en nuevas máquinas. También disfrutaban de aquel paraiso de libertad John Wilkinson, William Murdock o Joseph Priestley, el químico que descubrió el oxígeno y Samuel Galton. Lejos, muy lejos, en los Estados Unidos, otro miembro no oficial de la Sociedad en la distancia también aportaba sus inquietas ideas a través de las cartas que enviaba a alguno de sus amigos británicos. Se trataba, nada más y nada menos que de Benjamin Franklin.

Así, entre industriales, científicos y artistas, se estaba dando forma, probablemente de manera inconsciente, a un nuevo mundo. De las discusiones, surgieron reacciones y decisiones. Influyeron en la política de los Estados Unidos, en el desarrollo de la Revolucion Industrial y la Revolución Francesa, en el triunfo de la ciencia y la técnica, en definitiva, en el gran salto de Occidente. La máquina de vapor prácticamente nació allí, porque los lunáticos eran apasionados del empleo de tal tecnología en la industria y el transporte. Pensaron en futuros ferrocarriles rápidos, en factorías gigantescas automatizadas, en la mecanización del campo… No eran más que ideas, divagaciones, especulaciones apasionadas.

Pero, de la idea se pasó a la acción, y el germen que nació bajo la luz de la luna creció para dar forma a la Revolución Industrial. Como si de un plan maestro se tratara, en poco tiempo la máquina de vapor había triunfado en todas las áreas imaginados por los lunáticos, el campo empezó a transformarse, las factorías progresaron como nunca antes se había visto y nuevos tipos de gran industria, desde la textil a la química, cambiaron la faz del mundo. En medio de todo aquello, los protagonistas de la Revolución, con toda la intención aunque puede que sin darse cuenta del gran cambio que estaban ideando, fueron los que, de forma directa, lograron que los frutos de sus “locas” conversaciones nocturnas se convirtieran en tecnologías e ideas novedosas que hicieron nacer la era de las máquinas. El propio Erasmus Darwin, abuelo del ínclito Charles, era un librepensador de lo más curioso, con sus propias ideas sobre el origen de la Tierra y un concepto “evolutivo” de las especies que, aunque no muy correcto, parecía ser algo así como una semilla que germinó magistralmente con su nieto.

Cuando, a comienzos del siglo XIX, la Sociedad Lunar se disolvió, sus miembros seguramente sintieron que habían liberado un genio portentoso, pues su objetivo se había cumplido, la electricidad, la nueva química, la industria del acero, las ideas democráticas, la libertad de pensamiento, en definitiva, la esencia de Occidente, había eclosionado de forma imparable, tan arrolladoramente como el movimiento de las grandes máquinas de vapor que daban vida ya por entonces a las nuevas factorías de las que se alimentó el Imperio Británico.

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Bibliografía recomendada: Investigación y Ciencia año. Nº71, Agosto de 1982. La Sociedad Lunar de Birmingham. Richtie-Calder, Lord.
En la imagen: Caserón en el que nació la Sociedad Lunar, hoy convertido en museo.

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