miércoles, 1 de abril de 2009

Alquimia

Alquimia
Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta,

La alquimia desde siempre ha venido soportando afirmaciones que no se corresponden con su verdadero contenido. Su nombre basta para arraigar en los desinformados la suposición de que se está en presencia de un conocimiento o más bien de una práctica combinada de brujería y magia negra. La creencia de que se trata de una ciencia dedicada a la fabricación de extraños “potingues”, alienta tales suposiciones. Los que han sido capaces de entrar en contacto con conocimientos menos superficiales, otorgan a esta ciencia metalúrgica la cualidad de misteriosa por lo que tiene de secreta y en otro orden, de incitar a la ambición de los investigadores codiciosos, empeñados en lograr la transformación del plomo en oro. En fin, no alargaremos esta lista de imprecisiones y falsedades, ya que vale más desentrañar lo que es la alquimia, pues de ese modo quedarán disipadas otras ocurrencias fundadas en el desconocimiento de su esencia, como la afirmación totalmente falsa de que la alquimia es el antecedente arcaico de la química actual.

Titus Burckhardt

Sin cubrir el empeño de los historiadores sólo recordaremos que el oro, pieza fundamental para el entendimiento de importantes aspectos de la alquimia, es un metal apreciado desde los tiempos más remotos por todas las civilizaciones hasta que el hombre occidental, inveteradamente codicioso, decidió cambiar el sentido de este metal, atravesando el significado de la tradición milenaria para recorrer el camino del oro sagrado hacia el oro profano.

Las antiguas civilizaciones consideraban al oro como el más preciado metal, seguido de la plata. Se revestían con oro muros y santuarios y se fabricaban de oro macizo los instrumentos del culto; eran de oro las coronas reales, cuando los reyes asumían la condición de monarcas de lo celestial y lo terrenal vistiendo las dos caras de Jano, y eran de oro los atributos sacerdotales. Esa cercanía del metal dorado con el ámbito de lo sagrado lo tornaba inaccesible al uso cotidiano de la población. Era el oro un medio físico que auxiliaba a los creyentes en el acercamiento a Dios; a su Dios, cualquiera fuera su religión o concepción de lo sagrado. En esta visión hierofánica del hombre primitivo, el oro y la plata se asimilaban al sol y a la luna, astros venerados desde siempre por los hombres de todas las culturas. Al margen de que la metalurgia fuera en las primeras civilizaciones una tarea exclusivamente sacerdotal, en mayor medida, si cabe suponer, debió ser la manipulación del oro y de la plata un trabajo de competencia exclusiva de los oficiantes del culto por la relación estrecha de tales metales con los sentimientos sacros.

En este sentido, no cabe hablar de un simbolismo cuando se hace referencia al sol y a la luna porque el sol y la luna no representan aspectos sagrados sino que son esencialmente sagrados por sí, que es lo que aísla a estos metales de su uso popular. Cuando su verdadera naturaleza se fue agrietando con el tiempo, aun perduraron su influencia y naturaleza cuando, por necesidades prácticas posiblemente, se comenzó a acuñar moneda que no podía ser sino de oro y plata. El cobre sobrevino mucho después a fin de “abaratar” el valor de la moneda en el mercado de productos y tornar accesible el cambio representativo a toda la población; el valor sagrado se transformó en un valor de cambio para eliminar la dificultad del trueque. Como siempre ocurre, una vez abierta la puerta no puede ser cerrada. Ciertos retornos son históricamente imposibles. Fue el primer paso hacia la denigración del oro celestial que terminó convertido en oro comercial.

La alquimia fue el receptáculo donde se guardó el significado del oro en su concepción más esplendorosa. Y fue también, desafortunadamente, la causa que impulsó la creencia errónea de que el afán de todo alquimista consistía en la transformación del plomo en oro. Esta suposición quedó abolida definitivamente a partir del siglo XVII y especialmente el XVIII, cuando los científicos acodaron sin hesitación que es imposible sacar oro del plomo o de cualquier otro metal inferior porque un metal no se puede transformar en otro. Así quedó al descubierto la creencia inane que atribuía a los alquimistas la codiciosa tarea de buscar oro a bajo precio transformando el plomo mas, también quedó en evidencia la verdadera esencia del trabajo del alquimista; esto es, a través de los distintos pasos de la Obra, ir logrando la transformación del alma de los hombres hacia su perfección, o como dice Titus Burckhardt (Alquimia, Plaza y Janés, 1976):”La alquimia puede ser definida como el arte de la transformación del alma”.Sí que hay transformación en la alquimia, pero está referida al alma y no a los metales.

A su vez, esta transformación ha de ser observada intelectualmente desde otra perspectiva: esta conversión o transformación que en términos profanos es del plomo al oro, ha de ser entendida como una transformación espiritual y por consiguiente, no es otra cosa que el retorno del hombre imperfecto iniciando el camino de regreso a su fuente: Dios, el Absoluto, o el Eterno, según se quiera. Siguiendo esta orientación se puede colegir que la alquimia es la conservadora de los principios sagrados de la Ciencia Tradicional, a la que acoge para preservarla de la codicia y la ignorancia, y en otro sentido, la que se repliega en el Ser para expandir su realidad secundaria que es propia de todas las ciencias particulares o terrenales. Es como si desde la tierra se elevara a través de los actos de iniciación y tras ellos desde los del rito alquímico, a los estados superiores del Ser. En otras palabras: desde la manifestación hacia la indiferenciación donde los seres individuales se diluyen en un ámbito similar al No-Ser.

Todo lo dicho no se acomoda a la idea de que la alquimia sea una religión, que no lo es. Lo que se puede admitir sin ambages es que el tema de la salvación es propio de las teologías al uso, lo que no excluye que los alquimistas sean personas creyentes, psicológicamente afianzadas en los dogmas sagrados y hasta en los mandatos morales de las religiones que practican. ¿Acaso se puede intentar un perfeccionamiento del alma renegando del Ser Supremo?. Una alquimia atea o agnóstica no es concebible en términos estrictos. Es concebible, en cambio, que el alquimista se prepara para la salvación en el modo en que su religión la conciba, realizando la Obra que es, quiérase o no, la transformación del alma imperfecta hacia la perfección que le posibilite el acceso a esos estados superiores donde habitan las almas que están en contacto inmarcesible con Dios.

La alquimia es una ciencia terrenal, propia de la realidad relativa del Ser y sin embargo, a diferencia de las demás ciencias particulares de orden terrenal, tiene una relación directa con lo sagrado. Ni un físico, ni un químico, ni un paleontólogo o un biólogo cuando trabajan, alimentan en su interior la espiritualidad que anima a la totalidad de la labor científica de los alquimistas. Por ello, resulta del todo errónea la afirmación de que la alquimia sea el precedente científico de la química actual, error que parece derivar de una falsa apreciación de Lavoisier, y que lamentablemente perdura hasta la fecha. La propia ciencia lo explica de la manera siguiente.

En la ciencia metalúrgica tradicional no se puede hablar solamente de alquimia como manifestación única de tal ciencia. Ya en el Occidente medieval se podía distinguir la tarea distinta de los alquimistas, los arquimistas y los espagiristas. Los arquimistas estaban dedicados a desarrollar o “poner en blanco” las ideas metafísicas de los alquimistas. Eran los arquimistas profundos conocedores de la transmutación de los metales, de su recíproco comportamiento y de los distintos métodos de fusión, fundición y cualidades de cada uno de ellos, de suerte que eran los traductores de las ideas de los alquimistas, mediante una realización práctica de sus fórmulas. Los espagiristas, en cambio, se limitaban a poner en práctica las fórmulas ya decantadas por los arquimistas las que, como se acaba de decir, provenían de los estudios llevados a cabo por los alquimistas (ver, por ejemplo, la explicación dada por Fulcanelli en Las Moradas Filosofales, p. 57 y ss., Plaza y Janés, 2000). Mientras los alquimistas filosofaban, los arquimistas traducían a la realidad práctica sus pensamientos para que los espagiristas obraran conforme tales principios. El antecedente histórico de la química actual no es, pues, la alquimia, ni siquiera la arquimia, sino la espagiria. Es lo que explica claramente Fulcanelli en su citada obra, pág. 66: “Creemos haber cumplido con nuestro propósito y haber demostrado, en la medida en que nos ha sido posible, que el antepasado de la química actual no es la vieja alquimia, sino la espagiria antigua, enriquecida con aportaciones sucesivas de la alquimia griega, árabe y medieval”. No se piense que pese a esta especialización de tareas, los alquimistas estuvieran impedidos o desconocieran la práctica de la Obra; tampoco los arquimistas porque quien puede lo más, puede lo menos.

Finalmente, trataremos un tema singularmente apropiado a la alquimia: el de su secretismo. En realidad, nada más lejos de la verdad el atribuirle al conocimiento alquímico la condición de “secreto”. Lo secreto, por definición, no puede ser conocido o de lo contrario dejaría de ser secreto. Los alquimistas más prestigiosos suelen decir que la alquimia es oscura porque está oculta. Algo que está oculto no se adecua a la condición de secreto porque lo secreto no puede ser conocido, mientras que lo oculto puede ser descubierto y de hecho lo es, sólo que es algo que está al alcance de muy pocos.

Sabido es que los alquimistas solían utilizar pseudónimos para esquivar las persecuciones a que eran sometidos por esa inveterada costumbre de hostigar y terminar aniquilando lo que se teme por ser desconocido. Ocultaban sus fórmulas, sus descubrimientos y sus nombres. Por ello, trataremos este aspecto de la alquimia dando nombres que no se corresponden, con toda seguridad, con la identidad verdadera de quienes fueron sus poseedores. Los maestros alquimistas suelen designar a los arquimistas y espagiristas como “químicos vulgares”, reservando para ellos el nombre de “filósofos químicos.

A la pregunta de ¿por qué razón los alquimistas eran reacios a comunicar los descubrimientos que constituían los fundamentos de su ciencia y saber?, se debe responder que, además de evitar la vulgarización de sus conocimientos, la razón más elocuente radicaba en la necesidad esconder tan celestiales conocimientos a un vulgo capaz de hacer un mal uso de ellos incitados por la codicia que despierta el oro. La codicia era un defecto humano que ponía en guardia siempre a un buen alquimistas. Para ocultar tal sabiduría solían hacer uso de simbolismos, metáforas y analogías. Hoy se podría añadir que no sólo el oro tienta a los ambiciosos, sino también la fama. Un ejemplo de esto es el gesto inadmisible de Einstein, revelando la teoría de la relatividad, que sirvió de soporte para la ciencia físico-matemática, no obstante tratarse de una fórmula meramente especulativa, como que, cuando le preguntaron a Einstein para qué servía, contestó: “Para nada, pero ¿verdad que es hermosa? Einstein fue un alquimista delator. No se pudo resistir a la gloria de su descubrimiento, y lo dio a conocer.

Aclarado que la sabiduría alquímica no es secreta sino que está oculta, repasaremos algunas opiniones que al respecto han dejado escrito algunos maestros de esta ciencia. Un alquimista de identidad desconocida y que se hacía llamar Artefius, decía: “Tú, pobre insensato, ¿serás lo bastante necio como para creer que nosotros revelamos clara y abiertamente el más grande y más trascendental de todos los secretos, de forma que pudieras tomar nuestras palabras al pie de la letra? Te aseguro en verdad, pues no soy tan celoso como otros filósofos, que aquel que quiera interpretar de acuerdo con el significado ordinario de las palabras lo que han escrito los otros filósofos; es decir, los otros alquimistas, se perderá en los pasadizos de un laberinto del que nunca podrá salir, pues le faltará el hilo de Ariadna para orientarse y hallar el camino”.

Geber, autor de "Summa Perfectionis", importante obra alquímica del siglo XIII, cuyo origen se ignora pues su nombre está encubierto con ese pseudónimo, decía que “No se debe exponer este arte con palabras totalmente oscuras; pero tampoco hay que explicarlo con tanta claridad como para que todos puedan entenderlo”. Y Sinesio, un maestro que puede haber vivido en el siglo IV d. JC., afirmaba que “Los verdaderos alquimistas se expresan siempre a través de imágenes, figuras y metáforas, para que puedan entenderlos sólo las almas sabias, santas e iluminadas por el saber”

El alquimista Nicolás Grosparmy aclaraba por si se sigue dudando acerca de este tema que “Se engañan quienes se imaginan que hemos escrito nuestros libros para ellos, cuando en realidad, los hemos escrito para arrojar fuera a todos aquellos que no pertenecen a nuestra secta”. El uso excesivo de la palabra “secreto” debe ser entendido como algo no transmisible a cualquiera; y en todo caso, lo que está oculto, que es el verdadero significado que los alquimistas quieren darle. Esos “secretos” alquímicos sólo pueden ser conocidos por un iniciado.

Como es natural, en este estudio se ha tocado tan sólo de modo superficial el fenómeno histórico de la alquimia, bien entendido que el propósito era el de lavar un poco la cara de una ciencia mal entendida por los supuestamente bien informados y perseguida por quienes ignoran los conocimientos básicos de todo saber. Un propósito modesto el nuestro, que servirá, tal vez, para abrir una brecha de curiosidad en quienes se interesen por una sabiduría tan antigua y provechosa para el hombre.

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