domingo, 7 de febrero de 2010

Objetos Mapuches

En los flujos y reflujos de una vida en común, el mapuche interactúa con los objetos que produce en una permanente proximidad, en torno a las tareas que aseguran el mantenimiento o la renovación de la vida (1). Su actitud y accionar responde, en este sentido, al íntimo vínculo con la naturaleza. En un universo sin distancia -que no se nos arroja ante nuestros sentidos como el mundo articulado por occidente, el que se nos entrega desde la llegada de los españoles a la que denominarán América y del que son reflejos los objetos ejecutados por dicha civilización-, el hombre de la tierra realiza su vida en primer término aplicando el conocimiento y el trabajo. Avido observador distingue claramente los ciclos propios de las estaciones del año, leyendo los signos que permiten el adecuado crecimiento de las plantas y animales que le proveerán para su subsistencia; pudiendo controlar las fuerzas naturales mediante un esfuerzo físico y mental que se expresa por medio de un trabajo guiado por sus conocimientos y mediante su reflexión, como asimismo atendiendo al legado de sus antepasados y de su comunidad. Sin embargo, ha aprendido que a despecho de toda previsión y mucho más allá de sus esfuerzos hay agentes y fuerzas que pueden un año, conceder beneficios de fertilidad sin que hayan sido conquistados por la fatiga, según su fe se consigna que ha sido gracias a los designios de dioses, como Ngnechen dueño de la creación, quien puede procurar que todo marche mejor y más fácilmente, provocando que aparezcan en el momento justo el sol, la lluvia, etc., pero otros años los mismos agentes traen mala suerte y desventura, los persiguen desde el principio hasta el fin y obstaculizan sus esfuerzos más denodados y sus conocimientos mejor fundados. Para aplacar esas influencias, como las de los weküfe, demonios que enferman a las personas, lleva a cabo procesos rituales.

En todas estas operaciones con las que busca vincularse y controlar el mundo, los objetos que produce como extensiones de su sistema de creencias, emergen evidenciando una supremacía de lo táctil sobre lo visual, cuestión que puede distinguirse en los elementos que componen la misma ruka, casa, por la propia estructura de ésta (2), y en los enseres y útiles que ella cobija, tal cual lo vemos en los tranatrapihue o morteros para el ají, siendo los de piedra "macizos, de contornos muy variables y de forma generalmente tosca, labrados en bloques que se asientan naturalmente sobre una base firme y presentan una cara superior adecuada para ser excavada por presión y frotamiento prolongado" (3), en el ñillawaca, recipiente de ubre de vaca, en el witrü, cuchara de madera, o en el kullkull, instrumento de viento fabricado con un cuerno de vacuno que lleva un corte en el extremo como embocadura y que es utilizado para hacer llamados, siendo su uso de carácter social. Preeminencia de lo táctil que igualmente se confirma en instrumentos utilizados en juegos como el palin o de la chueca, al elemento empleado en este juego se le llama weño, siendo un palo encorvado en su extremidad más gruesa con el cual golpean una pequeña pelota; o en celebraciones como el machitun, ceremonia de sanación, diagnóstico yo tratamiento de un enfermo, o en el nguillatun, rogativa comunitaria solemne que se realiza cada cierto tiempo, puede ser dos, cuatro o seis años, en ésta presenciamos el rewe, tronco descortezado del árbol de laurel (Laurelia sempervirens), maqui (Aristotelia chilensis) o canelo (Drimys winteri chilensis) -su árbol sagrado-, el que labrado con peldaños se entierra, sobre monedas de plata, como especie de símbolo representativo de una comunidad o sector, propiciándose desde su sólida estructura una comunión con las fuerzas benéficas,

Abundante o escasa la materia utilizada para tales objetos, que surgen mediante diestras operaciones técnicas imbuidas de un gesto manual ejecutado por medios más bien rudimentarios (4), es moldeada a través de una pulsión que se traspone visualmente en huellas inmediatamente palpables en la sola contemplación de la cosa, como ocurre en la alfarería donde de la greda mezclada originalmente con polvo obtenido de la piedra llamada Öcu, vemos aparecer los metawe, cántaros o jarros para contener liquido, el ketru metawe, jarro pato utilizado con fines rituales (5), las challa u ollas, etc., o como vemos en los textiles, donde de la lana de oveja, hilada previamente con mucho cuidado y hasta hace unas décadas teñidas íntegramente con hierbas, como el relvún (Galium chilense), cuyo resultante era el color rojo, o el espino michay (Berberis linearifolia) que tiñe de amarillo, aparecen las mantas, chamales, frazadas, fajas para la cabeza (trarilonko) y para la cintura (trariwe), las que reflejan en los rastros de "imperfecciones" patentes en ellas, señas expresivas de vida, la del productor, que aún cuando reitera formas tradicionales (6) las marca con su impronta. Así las cosas (chemkdn), en cada caso se nos entregan en una profundidad que las hace aparecer como un abultamiento, promovido por un gesto que capta la fuerza de la materia, respondiéndole ésta en un ritmo acompasado. La mano hacedora -de la cual brotan en cestería el llepu, recipiente hecho de fibra de voqui (Lardizabala biternata) que sirve para estilar y servir cereales, como también el chünüwe,(7) cedazo de madera y cuero agujereado, o el sukill, colgante pectoral de plata-, aquí no es un instrumento, es más bien la extremidad por donde se prolonga la fuerza de la naturaleza, y que provoca el desbordamiento de la materia en un gesto que se nutre de los latidos profundos del cuerpo. Dándose que gesto y materia son en el objeto que encarna su unión, exactos contemporáneos, densidad que la estructura plástica del objeto confirma, y en el que las piezas múltiples que lo componen no exhiben una demarcación de sus articulaciones, tal cual acaece en el kultrung (8), instrumento de percusión consistente en una vasija de madera cubierta de cuero (de chivo, oveja o caballo), que cumple diversas funciones sociales. La más importante es servir a la machi, persona elegida por un espíritu superior para asumir en ceremonias de médico, tanto en lo físico como en lo psíquico y social.

Así, en todos los objetos, su construcción parece más vegetal que vertebrada, cada parte se abre hacia su vecina, entregándose como continuidad del entorno-ambiente al que pertenecen, en un compás donde ellos no se abstraen del mundo que lo rodea, sino que son su eco. Permaneciendo próximos al hombre, sin mostrarse frágiles ni sólidos.



Referencias Bibliográficas Consultadas:

* A.A.V.V., Al cuidado de: Martino, Ernesto, Magia y Civilta, 1º; edición. Milán-Italia, Editado por Garzanti, s.f.
* Bachelard, Gastón, La Poética del Espacio, 2º reimpresion argentina, Buenos Aires-Argentina, Editorial Fondo de Cultura Económica, 1991.
* Coña, Pascual, Memorias de Un Cacique Mapuche. 2º edición, Santiago- Chile, Editorial dra-Instituto de Investigación en Reforma Agraria, abril de 1973.
* Dillehay, Tom D.; Gordon, Américo, "El Simbolismo en el Ornitomorfismo Mapuche. La Mujer Casada y el Ketru Metawe, en: Actas del VII Congreso de Arqueología, Santiago-Chile, Editorial Kultrung, 1977.
* Hernández S. Arturo; Ramos P., Nelly; Cárcamo Luna, Carlos, Diccionario Ilustrado, mapudungun, español, inglés, 1ª edición, Santiago-Chile, Editorial Pehuen, agosto de 1997.
* Joseph, H. Claude, La Vivienda Araucana, 1º edición, Santiago-Chile. Ediciones Universidad de Chile, s.f.
* Moles, Abraham y otros, Los Objetos ("Colección Comunicaciones"), Buenos Aires-Argentina, EditoriaI Tiempo Contemporáneo SA., 1971.

Lynda E Avendaño Santana

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