sábado, 14 de agosto de 2010

TRENTREN Y CAICAIVILU

TRENTREN Y CAICAIVILU

En el remoto pasado del pueblo mapuche, dos espíritus muy poderosos se encarnaron en gigantescas serpientes.

Una, caicaivilu, agitaba en el mar su profundo odio al género humano. La otra, trentren, miraba con afecto al hombre desde la cumbre de un cerro.
Un día caicaivilu se propuso la destrucción de los seres, haciendo subir las aguas del mar. Trentren, que desde la cumbre observó la retirada del mar que precede a un maremoto, dio oportuno aviso a los “hombres de la tierra”. Los llamó a trepar al monte, donde ella los pondría a salvo, junto a los animales y las aves.

Pumas y zorros, llamas y huemules; peucos y torcazas, queltehues, pidenes y chucaos olvidaron enemistades o recelos, corriendo y volando juntos hacia la salvación.

La respuesta humana, en cambio, fue mucho más lenta. Estaban los ancianos que se negaban a dejar su tierra “de toda una vida”, las mujeres que querían cargar con todo, desde el telar hasta las piedra de moler. Y no faltaban los incrédulos, los indecisos que “ya lo pensarían” y los que “no pasa na”.

Entretanto, las aguas subían incontenibles, arrasando chozas, ahogando a los confiados y a los lentos, que iban quedando convertidos en peces, mariscos o peñascos.

Sólo un pequeño grupo avanzaba hacia la cumbre, mientras el mar lamía sus talones. El poder destructivo de caicaivilu parecía triunfante, pero trentren no abandonaba a la raza amiga, elevando la altura del cerro a medida que subían las aguas.

Gracias a ese truco lograron salvarse una o dos parejas, a las que aún se les impuso una pena más: debieron ofrecer en sacrificio a uno de sus pequeños hijos, que arrojado al mar logró calmar la furia de caicaivilu, con lo cual las aguas retrocedieron lentamente hacia sus playas.

Todos los pueblos de la tierra guardan la memoria de un diluvio, y el lector de hoy ya habrá comprendido que ésta es la visión del diluvio mapuche.

Por lo tanto, el valeroso pueblo cantado por Ercilla en la Araucana descendía de aquellos milenarios sobrevivientes.

Y es notable que la ola invasora respondieran con los mismos legendarios recursos: su resistencia física, la protección de su naturaleza y el sacrificio de sus hijos.

Floridor Perez