sábado, 30 de octubre de 2010

Yasunari Kawabata y las formas de la ausencia

Yasunari Kawabata y
las formas de la ausenci
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"La literatura no hace sino registrar

los encuentros con la belleza"

Sent. n º 001/05



Acaso nadie como Yasunari Kawabata, primer premio Nobel de literatura de Japón, en el año 1968, nos ofrezca tantos argumentos para avalar la tesis sobre la existencia de un goce que precede a la auténtica comprensión, sobre alguna suerte de magia que anticipa el descubrimiento.

El final de sus historias siempre se presenta de manera abrupta. El silencio nos indica que todo ha acabado, la sucesión de páginas se interrumpe sin que el relato nos hubiera permitido presumirlo. La vertiginosa sensación que nos depara es confusa, gozosamente confusa. Las novelas de Kawabata parecen no terminar.

Y sin embargo, a pesar de la incómoda certidumbre de que existe un secreto crucial y determinante que se escapa, siempre se produce la sospecha de que se ha asistido a un encuentro exclusivo con la Belleza.

La Academia Sueca también lo entendió así, y elogió de las obras de Kawabata su percepción de la belleza tradicional de Japón.

Algunas novelas de Kawabata:

Diario íntimo de mi decimosexto aniversario, 1925

La Danzarina de Izu, 1925

País de nieve, 1947

Primera nieve en el mote Fuji, 1959

Mil grullas, 1959

La casa de las bellas durmientes, 1961

Kyoto, 1962

Lo bello y lo triste, 1965

El clamor de la montaña, 1970

El maestro de Go, 1972

Respecto a la dificultad para desentrañar los delicados mecanismos que tejen sus historias, retazos de una sensibilidad tan ajena a nuestra cultura occidental, no puede soslayarse la resignación que nos impone una escritura traducida. En La verdad de las mentiras, en oportunidad de reflexionar sobre La casa de las bellas durmientes, una de las novelas más representativas de Kawabata, Vargas Llosa confiesa haberse preguntado muchas veces cuánto se habrá perdido en el trasiego de los signos originales a los recios vocablos españoles, cuántos matices, alusiones, perfumes, referencias o mensajes subliminales habrán desaparecido en el viaje lingüístico de una historia que está tan cargada de simbolismo y de misterio como un texto de alquimia.

Kawabata mismo nos habla de la imposibilidad de toda traducción en Lo bello y lo triste.

Otoko abre el diccionario para consultar el ideograma "pensar" y al repasar los restantes significados siente que el corazón se le encoge. El mismo Kanji que designa "pensar" también significa añorar, ser incapaz de olvidar y estar triste.

Bajo estas condiciones, pareciera imposible no ser poeta habiendo nacido en Japón.

En cualquier caso, si bien es innegable la admiración de Kawabata por obras tradicionales de la literatura de Japón, tales como El libro de la almohada, de Sei Shonagon y El Relato de Genji, de Murasaki Shikibu, construidos a partir de una constante incorporación de nuevas piezas, sus influencias lejos están de agotarse allí. Una mención especial merece Proust y su técnica del fluir de la conciencia.

La literatura no hace sino registrar los encuentros con la belleza, nos explica en ocasión de la conferencia celebrada en Hawai al año siguiente a que le fuera entregado el Nobel y cuyo sugestivo título es "Presencia y descubrimiento de la belleza". Mishima, su discípulo y amigo, le escribe de inmediato ponderando la frescura de la experiencia sensorial que se desprendía de sus palabras y el modo en que sintió evocado a Proust:

"Recuerdo esa pintura que hace Proust de una cocina, usted recuerda: el pasaje en que describe con los menores detalles un cuchillo cuya parte expuesta a los rayos del sol tiene el aspecto cambiante del terciopelo, o incluso de las gotas de rocío que, con sus tintes irisados, parecen fundirse en el aire".

Kawabata había relatado la fascinación que sintió una mañana que, sentado en un lujoso hotel, tuvo la visión de varias mesas dispuestas en una terraza, con cientos de vasos colocados boca abajo brillando como diamantes bajo el sol. Sentencia entonces que la literatura no hace sino registrar tales encuentros con la belleza. Su vida entera estará atravesada por el deseo de acceder a aquella belleza, deseo hecho literatura.

En La casa de las bellas durmientes, su mejor novela, el viejo Eguchi, de sesenta y siete años, se entrega a un curioso placer: acostarse con muchachas jóvenes y hermosas que duermen desnudas. No importa lo que haga, ellas continuarán dormidas de principio a fin, sin siquiera advertir su presencia. En el relato "Un pueblo llamado Yumiura", una mujer hermosa se presenta de improvisto en la casa de Kozumi y le cuenta que treinta años atrás él le ofreció matrimonio en su propio cuarto, en Yumiura. Kozumi no puede recordar nada. "Tal vez no exista una felicidad tal que nos lleve a decidir no olvidar". El erotismo y la soledad indisolublemente ligados en cada página. Ausencia que es olvido y muerte.

En la conferencia de premiación por el Nobel, Kawabata recuerda las palabras de Akutagawa cuando éste expresa que no sabe cuándo alcanzará la resolución necesaria para matarse y que, sin embargo, la naturaleza es para él más bella de lo que nunca había sido antes. "La naturaleza es bella —dice Akutagawa—, porque viene a mis ojos en los últimos momentos".

Rynosuke Akutagawa se suicidó tras explicar fríamente las razones que lo impulsaban a tal decisión.

Kawabata no simpatiza con ése ni con ningún suicidio y dice: "por más alejado que uno pueda estar del mundo, el suicidio no es una forma de iluminación".

Escribe en Mil grullas que la muerte no podía ser la respuesta, que la muerte sólo interrumpe la comprensión.

Como Akutagawa, como Mishima, como si sólo se tratase de una tradición más que no pudiese ignorar, Kawabata terminó por suicidarse en abril de 1972.

© Miguel Sardegna

miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar

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